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domingo, 17 de enero de 2016

El Cártel - Don Winslow

PRIMERA PARTE
LEVANTARSE DEL SUEÑO
Ya es hora de levantarnos del sueño.
Romanos 13,11

1

LOS APICULTORES
Creemos que podemos fabricar miel sin compartir el destino de las abejas.
MURIEL BARBERY,
La elegancia del erizo

Abiquiú, Nuevo México
2004
Suena la campana una hora antes de que amanezca.
El apicultor, liberado de una pesadilla, se levanta.
Su pequeña celda dispone de una cama, una silla y una mesa. Una ventanita en la gruesa pared de adobe da al camino que conduce a la capilla; la grava es plateada bajo la luz de la luna.
En el desierto las mañanas son frías. El apicultor coge una camisa de lana marrón, unos pantalones caqui, unos calcetines gruesos y zapatos de trabajo. Se dirige por el pasillo al baño comunal, donde se cepilla los dientes y se afeita con agua fría, y luego forma cola con los monjes que van a la capilla.
Nadie habla.
A excepción de los cánticos, las oraciones, las reuniones y las conversaciones imprescindibles en el trabajo, el silencio es la norma en el Monasterio de Cristo en el Desierto.
Viven según los dictados del salmo 46, versículo 10: «Estad quietos y conoced que yo soy Dios».
Al apicultor le gusta que sea así. Ya ha oído suficientes palabras.
La mayoría eran mentiras.
En su mundo anterior, todos, incluido él mismo, mentían por costumbre. Cuando menos, uno tenía que mentirse a sí mismo para seguir poniendo un pie delante del otro. Mentía a los demás para sobrevivir.
Ahora busca la verdad en el silencio.
Busca a Dios en él, aunque ahora cree que la verdad y Dios son una misma cosa.
Verdad, quietud y Dios.
Cuando llegó, los monjes no le preguntaron quién era ni de dónde venía. Vieron a un hombre de ojos tristes, con el pelo todavía oscuro pero entreverado de canas y unos hombros de boxeador algo caídos, aunque todavía fuertes. Dijo que buscaba paz, y el hermano Gregory, el abad, respondió que paz era lo único que poseían en abundancia.
El hombre pagó su pequeña habitación en efectivo y al principio se pasaba el día vagando por el desierto, entre los ocotillos y las salvias, paseando hasta el río Chama o subiendo la ladera. A la postre llegó a la capilla y se arrodilló en la parte posterior mientras los monjes entonaban sus oraciones.
Un día, la ruta lo llevó hasta el apiario —situado cerca del río, ya que las abejas necesitan agua— y vio al hermano David manipulando las colmenas. Cuando el hermano David precisó ayuda para mover unos paneles, como era natural en un hombre casi octogenario, él se ofreció. A partir de entonces iba a trabajar cada día al apiario, donde echaba una mano y aprendía la profesión, y cuando, meses después, el hermano David anunció que por fin había llegado la hora de jubilarse, propuso a Gregory que ofreciera el puesto al recién llegado.
—¿Un hombre lego? —preguntó Gregory.
—Se le dan bien las abejas —respondió David.
El recién llegado desempeñaba su labor en silencio y satisfactoriamente. Acataba las normas, asistía a la oración y era el mejor que habían tenido nunca en el apiario. Bajo sus cuidados, las abejas producían una miel de primera calidad, que el monasterio utilizaba en su marca de cerveza, ofrecía a los turistas en tarros de doscientos veinticinco gramos o vendía en Internet.
El apicultor no quería saber nada de la vertiente comercial. Tampoco quería servir las mesas de los huéspedes que pagaban por un retiro, ni trabajar en la cocina o en la tienda de obsequios. Él solo quería atender a sus abejas.
Cuando lo hacía le dejaban en paz, y lleva aquí más de cuatro años. Ni siquiera saben cómo se llama. Es simplemente «el apicultor». Los monjes latinos lo apodan el Colmenero. La primera vez que se dirigieron a él les sorprendió que dominara el español.
Los monjes, por supuesto, hablaban de él las pocas veces que les permitían mantener conversaciones informales. El apicultor era un fugitivo, un gánster, un ladrón de bancos. No, había huido de un matrimonio desdichado, de un escándalo, de un asunto trágico. No, era espía.
La última teoría ganó especial credibilidad tras el incidente del conejo.
En el monasterio había un gran huerto del que los monjes obtenían sus verduras. Como la mayoría de los huertos, era un imán para las plagas, pero había un conejo en particular que estaba causando estragos. Tras una acalorada reunión, el hermano Gregory dio permiso para ejecutar al animal. De hecho, insistió en ello.
La tarea le fue encomendada al hermano Carlos, que se hallaba frente al huerto tratando de dominar la pistola de aire comprimido y su propia conciencia, en ningún caso con demasiado éxito, bajo la atenta mirada de los demás monjes. Le temblaba la mano y se le llenaron los ojos de lágrimas cuando levantó el arma e intentó apretar el gatillo.
Justo entonces pasó por allí el Colmenero, que volvía del apiario. Manteniendo el paso, arrebató la pistola al hermano Carlos y, aparentemente sin apuntar o tan siquiera mirar, disparó. El balín alcanzó al conejo en el cerebro y murió en el acto. Luego, el apicultor le devolvió la pistola y siguió caminando.
Desde entonces se especulaba que había sido agente especial, un 007. El hermano Gregory zanjó las habladurías, que, al fin y al cabo, son pecado.
—Es un hombre en busca de Dios —dijo el abad—. Eso es todo.
Ahora el apicultor se dirige a la capilla para las vigilias, que comienzan a las cuatro en punto de la mañana.
La capilla está hecha de adobe y los cimientos de piedra se extrajeron de las colinas de roca rojiza que flanquean la cara sur del monasterio. La cruz es de madera y ha sufrido los estragos del sol; dentro, cuelga sobre el altar un único crucifijo.
El apicultor entra y se arrodilla.
El catolicismo fue la religión de su juventud. Comulgaba a diario, pero abandonó. Le resultaba ilógico; se sentía muy lejos de Dios. Ahora, él y los demás monjes cantan en latín el salmo 51: «Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza».
Los cánticos lo sumen en una suerte de trance y, como siempre, le sorprende que haya transcurrido una hora y que haya llegado el momento de ir al comedor a tomar el habitual desayuno de avena con una tostada de trigo seco y té. Luego vuelven a rezar, esta vez los laudes, justo cuando el sol asoma por encima de las montañas.
Le encanta este lugar, sobre todo a primera hora de la mañana, cuando la delicada luz baña los edificios de adobe y el sol tiñe el río Chama de un dorado resplandeciente. Se deleita en esos primeros rayos cálidos, en el cactus tomando forma a medida que se repliega la oscuridad, en el crujir de sus pies sobre la grava.
Aquí hay sencillez y paz, y eso es lo que él quiere.
O necesita.
La rutina diaria es siempre la misma: vigilias de 4.00 a 5.15, seguidas del desayuno. Después las laudes de 6.00 a 9.00, trabajo de 9.00 a 12.40 y luego un almuerzo rápido y frugal. Los monjes trabajan hasta las vísperas, a las 17.50, toman una cena ligera a las 18:20 y rezan las completas a las 19.30. Después se acuestan.
Al apicultor le gustan la disciplina y la reglamentación, las largas horas de trabajo en silencio y las horas aún más largas de oración, en especial las vigilias, porque le encanta que se reciten los salmos.
Después de los laudes, atraviesa el valle camino del apiario.
Sus abejas —la variante europea, Apis mellifera— están saliendo a disfrutar del calor de primera hora de la mañana. Son inmigrantes; la especie se originó en el norte de África y fue transportada a América por colonos blancos en el siglo XVII. Su vida es corta. Una obrera puede vivir entre unas semanas y unos meses, y una reina puede durar tres o cuatro años, aunque se conocen algunos casos que han vivido hasta ocho. El apicultor se ha acostumbrado a la atrición; cada día muere un uno por ciento de sus abejas, lo cual significa que, cada cuatro meses, la colonia está habitada por una población totalmente nueva.
Eso es irrelevante.
La colonia es un superorganismo, es decir, un organismo formado por muchos organismos.
El individuo no importa.
Lo único que importa es la supervivencia de la colonia y la producción de miel.
Las veinte colmenas Langstroth están construidas con cedro rojo y tienen una estructura rectangular móvil, tal como dicta la comodidad y exige la ley. El apicultor levanta la tapa exterior del recipiente de miel de una de las colmenas y comprueba que haya producto en abundancia. Luego la vuelve a poner en su sitio cuidadosamente para no molestar a las abejas.
Se cerciora de que el agua esté fresca.
Después coge la bandeja inferior de una de las colmenas, saca la pistola Sig Sauer de 9 milímetros y mira si está cargada.

domingo, 15 de febrero de 2015

Dorón Benatar: El libro de los nombres muertos - Aída Berliavsky

Dorón, año actual 


EL ritual de todos los días para Dorón Benatar consistía en desperezarse como podía cuando saltaba la alarma del despertador y la radio comenzaba a vomitar sin pudor noticias sobre casos de corrupción urbanística, enfrentamientos entre facciones rivales en esta y la otra parte del mundo, machos despechados con manos ensangrentadas después de haber pasado a navaja a quienes decían amar por encima de todo, y así en un suma y sigue tan caótico que lograba hacer que el joven abandonara la cama rápido en busca de la ducha bajo la que sentir la frescura del nuevo día. El agua sobre el rostro despertaba y fortalecía mejor que nada.
   Una vez limpio y afeitado tomaba un breve y ligero desayuno compuesto por más bien poco, como corresponde a un soltero descuidado, y acababa vistiéndose con lo que encontraba. Esa mañana, Dorón enfundó su cuerpo de treinta y dos años en unos pantalones vaqueros, botas italianas de cordón, jersey azul marino de cuello alto, gorro tejido con el que mantener a raya su abundante mata de pelo castaño oscuro, amplia bufanda que anudó coquetamente a su cuello y un abrigo. No podían faltar sus gafas oscuras, que ocultaban unos ojos azules de mirada profunda y con las que se permitía mirar fijamente sin despertar recelo a las personas con las que se cruzaba y recortar a tijera cada uno de sus gestos y movimientos hasta que desaparecían a su espalda.
   Siempre fue un gran observador, incluso desde niño, y ahora, quizá debido a la deformación profesional producto de su oficio, había convertido esa característica en un entretenido ejercicio con el que mantener despiertos sus sentidos mientras caminaba por las calles de Madrid evitando caer en los soliloquios a los que tan aficionado era y que tan peligrosos resultan si se tiene que ir pendiente de aceras reventadas y zanjas sin señalizar. En su caso lo hacía abiertamente, sin disimulo; no había dado dos pasos cuando ya estaba metido en sus propios pensamientos y hablando solo. Prefería eso que hacer lo que hacen otros chiflados que intentan disimular haciendo como que mantienen conversaciones telefónicas a través del manos libres del móvil. No saben que su cara los delata; si uno se les queda mirando fijamente un instante, bajan la cabeza, desvían la mirada y su tono de voz se reduce hasta caer en el murmullo. Los demás, los que sí hablan por el móvil, ni siquiera se dan cuenta del ridículo que hacen confesando ante todos sus intimidades, máxime cuando la conversación transcurre en un autobús.
   "¿Falta de pudor?", se preguntó. "No, tontería de la buena", se respondió de inmediato.
   Al pasar frente al teatro Alcázar, Dorón se paró atraído por las fotos expuestas en su marquesina, que mostraban escenas de la obra Gorda, de Neil Labute, una áspera crítica a ese mundo que vive obsesionado por el culto al cuerpo y que exige a las mujeres, y ahora también a los hombres, sufrir una extrema delgadez casi cadavérica para que luego esa misma sociedad les acuse de anoréxicos crónicos con el dedo inquisidor. No entendía cómo el hecho de comer, un acto que además de primario era cada día más sugerente, se podía convertir en un drama para muchas personas. Había llegado a la conclusión de que para esos hombres y mujeres la superficialidad prima sobre todo lo demás o bien habían elevado a la categoría de dioses a toda esa legión de popes de la moda que con la boca pequeña decían adorar las curvas femeninas y luego escarnecían sin piedad a quienes ellos consideraban gordos. Eso sí, cuando esos mismos maestros y maestras del hilo y la aguja querían echar un polvo lleno de lujuria, no buscaban a un ser lánguido y escuálido, sino a un cachas de discoteca, se dijo observando al detalle las fotos de la representación.
   "Esos metrosexuales dirán lo que quieran, pero esta gorda apetece y enamora". Ya había caído en uno de sus soliloquios de rigor.
   Detalles como esa marquesina teatral reflejaban para Dorón la personalidad de Madrid, un espectáculo inagotable a cualquier hora del día que le obligaba en ocasiones a pararse embelesado ante un edificio, un escaparate o la barra de un bar repleto de tapas con la misma actitud y disposición que lo hacían los turistas perdidos en los detalles, sobrepasados por la belleza que observan; estos últimos eran fácilmente identificables por su lento caminar, su mirada dirigida al cielo y no al suelo y porque congestionaban la acera con sus paradas improvisadas para fotografiarlo todo.
   "Seguramente son de provincia", pensaba cuando los veía. "Los capitalinos viven inmunizados ante la majestuosidad que proporciona la gran ciudad. Si acaso algún domingo se dejan impresionar observando con atención pausada lo que su mirada no registra a diario por ir siempre con prisas y sin ganas."
   Cuando en un vano intento por excusar su indiferencia escuchaba a alguien recurrir al tópico "tantas veces pasando por aquí y hasta ahora no me había dado cuenta", lo remitía a su cuarto nivel de recuerdo para no contar con él, y si además remataba la faena añadiendo "es que va uno pensando en tantas cosas", lo borraba de un plumazo.
   Para él, Madrid era Sherezade, la ávida mujer del sultán de Las Mil y Una Noches que se salvó de no ser degollada como sus antecesoras gracias a su capacidad para sorprender. Todas las noches contaba al maligno consorte una historia tan interesante que evitaba concluir para mantener el interés por la misma, lo que obligaba al sultán a dejarla con vida en su deseo de escuchar el final día tras día.
   Así era la ciudad para Dorón, una historia interminable cada vez más interesante que no podía ser devorada de un solo bocado.

El marciano - Andy Weir

1

ENTRADA DE DIARIO: SOL 6

Estoy bien jodido.
Esa es mi considerada opinión.
Jodido.
Llevo seis días de lo que deberían ser los dos meses más extraordinarios de mi vida y que se han convertido en una pesadilla.
Ni siquiera sé quién leerá esto. Supongo que alguien lo encontrará, tarde o temprano. Tal vez dentro de cien años.
Para que conste: yo no fallecí en sol 6. Desde luego, el resto de la tripulación así lo cree y no puedo culparlos. Tal vez habrá un día de duelo nacional por mí y en mi página de la Wikipedia pondrá: «Mark Watney es el único ser humano que ha muerto en Marte.»
Y será cierto, con toda probabilidad. Porque seguramente moriré aquí, pero no lo habré hecho en sol 6 ni cuando todos creen.
Vamos a ver, ¿por dónde empiezo?
El Programa Ares. El intento de la humanidad de llegar a Marte, de enviar gente a otro planeta por primera vez y expandir los horizontes de la humanidad y bla, bla, bla. La tripulación de la misión Ares 1 cumplió su cometido y todos regresaron como héroes. Hubo desfiles y fueron recompensados con la fama y el amor del mundo.
La de la misión Ares 2 consiguió lo mismo en un lugar diferente de Marte. Recibieron un firme apretón de manos y una taza de café caliente cuando llegaron a casa.
La de la misión Ares 3... Bueno, esa era mi misión; vale, no mía per se. La comandante Lewis era quien estaba al mando. Yo solo era un miembro de la tripulación. El de menor graduación, de hecho. Solo habría estado «al mando» de la misión de haber sido el último que quedara.
Mira por donde, estoy al mando.
Me pregunto si recuperarán esta bitácora antes de que el resto de miembros de la tripulación mueran de viejos. Supongo que volverán a la Tierra sanos y salvos. Chicos, si estáis leyendo esto: no fue culpa vuestra. Hicisteis lo que teníais que hacer. En vuestra situación, yo habría hecho lo mismo. No os culpo, y me alegro de que sobrevivierais.


Supongo que debería explicar cómo funcionan las misiones a Marte para cualquier profano en la materia que pueda estar leyendo esto. Llegamos a la órbita de la Tierra del modo habitual, en viaje ordinario hasta la Hermes. Todas las misiones Ares utilizan la Hermes para ir a Marte y volver. Es realmente grande y costó un montón, así que la NASA solo construyó una.
Una vez llegados a la Hermes, cuatro misiones adicionales no tripuladas nos trajeron combustible y víveres mientras nos preparábamos para el viaje. Cuando estuvo todo listo, partimos hacia Marte. No íbamos muy deprisa. Atrás quedaron los días de quemar cantidades ingentes de combustible químico y de las órbitas de inyección transmarcianas.
La Hermes está propulsada por motores iónicos. Expulsan argón por la parte posterior de la nave a mucha velocidad para conseguir una pequeña cantidad de aceleración. La cuestión es que no precisa tanta masa reactiva, así que un poco de argón (y un reactor nuclear para dar potencia) nos permitió acelerar de forma constante hasta aquí. Te asombraría la velocidad que puedes alcanzar con una pequeña aceleración durante un período prolongado.
Podría obsequiaros con historias sobre lo mucho que nos divertimos en el viaje, pero no lo haré. No me siento con ganas de revivirlo ahora mismo. Baste con decir que llegamos a la órbita de Marte ciento veinticuatro días después de despegar sin estrangularnos unos a otros.
Desde allí tomamos el VDM (vehículo de descenso a Marte) hasta la superficie. El VDM es básicamente una lata grande con algunos propulsores ligeros y paracaídas. Su único propósito consiste en llevar a seis humanos de la órbita de Marte a la superficie sin matar a ninguno.
Y ahora llegamos al gran truco de la exploración de Marte: mandar todo lo necesario por anticipado.
Un total de catorce misiones no tripuladas depositaron todo lo que necesitaríamos durante las operaciones de superficie. La NASA hizo todo lo posible para que todas las naves de suministros aterrizaran aproximadamente en la misma zona, y su trabajo fue razonablemente bueno. El material no es ni de lejos tan frágil como los seres humanos y puede impactar en el suelo con mucha fuerza, aunque tiende a rebotar mucho.
Naturalmente, no nos enviaron a Marte hasta que confirmaron que todos los suministros habían llegado a la superficie y sus contenedores estaban intactos. De principio a fin, contando las misiones de suministro, una misión a Marte dura unos tres años. De hecho, ya había material de la misión Ares 3 en camino cuando la tripulación de la Ares 2 todavía estaba regresando a casa.
El elemento más importante de los suministros de avanzadilla, por supuesto, era el VAM. El vehículo de ascenso desde Marte. En él volveríamos a la Hermes una vez terminadas las operaciones de superficie. El VAM aterrizó con suavidad (a diferencia del festival de rebotes de los otros suministros). Por supuesto, se mantenía en comunicación constante con Houston, y si hubiera tenido problemas, habríamos pasado de largo Marte y proseguido sin siquiera pisar su superficie.
El VAM está muy bien. Resulta que gracias a una serie de reacciones químicas con la atmósfera marciana, por cada kilogramo de hidrógeno que traes a Marte puedes producir trece kilos de combustible. Es un proceso lento, eso sí. Hacen falta veinticuatro meses para llenar el depósito. Por eso lo mandan mucho antes de que lleguemos aquí.
Puedes imaginar el disgusto que me llevé cuando descubrí que el VAM ya no estaba.

jueves, 18 de diciembre de 2014

El caso del mayordomo asesinado - Marco Malvaldi

Epílogo

FLORENCIA, sábado I de julio de 1895

Finalmente, después de largas pruebas, he conseguido obtener el brazo de gitano salado que probé en el transcurso de mi tan extraña visita al castillo de Roccapendente. Tras varios fracasos, he entendido que es fundamental añadir los ingredientes en orden, uno a la vez, y dejar cocer cada uno el tiempo necesario, ya que cada componente de este pastel requiere su tiempo para adquirir la consistencia y el sabor correctos.
También resulta fundamental que los ingredientes sean de la máxima calidad, aunque esto lo sabe todo el que cocine: no existen los pimientos como categoría platónica e inmutable, cada pimiento es distinto. Sin embargo, si se encuentra un comerciante de confianza y se está con los ojos bien abiertos, sin tirar la pieza podrida, sino cortando con un cuchillito la parte fea, se puede gastar muy poco dinero.
Pero dejemos estos comentarios de viejo chocho. A continuación transcribo la receta, que he decidido realizar sólo para mi gusto y el de mis invitados y que no reproduciré en mi manual; me gusta narrar las anécdotas ligadas a cada plato, y en este caso son tantas las historias que tendría que contar que exigirían un libro aparte.

Brazo de gitano salado

Atún en aceite, 500gr; Pimientos amarillos, 2; Pan duro, 300gr; Aceitunas negras, 100gr; Huevos, 2; Leche, 2 dl, Aceite, 3 cucharadas; Mantequilla, 20 gr; Pan rallado, 40 gr; Nata, de la más fina, 0,5 dl; Tallos de apio de un palmo de longitud, 2; Perejil, unas hojitas.

Si se dispone de aceitunas ligures, el plato gana mucho.
Pasar los pimientos por el fuego para pelarlos con facilidad, frotándolos sobre papel absorbente; mondarlos, quitarles las semillas y cortarlos en trocitos. En una sartén grande, sofreír el apio en tiras finas y cuando coja color, añadir el pimiento y cocer por el tiempo de un saludo a una hermosa dama.
Entre tanto, ablandar el pan en la leche después de que hierva.
Agregar el atún, tras desmenuzarlo con un tenedor, y dejar que se reduzca. A continuación, sin parar de revolver, añadir las aceitunas deshuesadas, el pan ablandado y escurrido, perejil, sal y pimienta. Dejar enfriar.
Pasar la mezcla a un cuenco, incorporar los huevos y trabajar bien con las manos; ligar con la nata.
Engrasar una fuente de aluminio y espolvorear con la mitad del pan rallado; verter la mezcla, cubrir la superficie con el resto del pan rallado y cocerlo en el horno o en el horno de campaña.
Esta receta servirá para cuatro personas, e incluso más, si se conforman.

martes, 16 de diciembre de 2014

El señor del carnaval - Craig Russell

11

[...]
Cuando se acercaba a la Jungfernstieg oyó música. Fabel vio a un grupo de unos doce hombres y mujeres cantando en un idioma que no hacía falta comprender para saber que su canción hablaba sobre el dolor y la tristeza. El coro permanecía en la ancha acera, a pocos metros del arco déco de entrada al Alsterhaus. Tres hombres de aspecto eslavo, cual pescadores en un río, trataban de atraer la atención de los transeúntes. Uno de ellos se acercó a Fabel.
—Estamos recogiendo firmas, señor. Me pregunto si puedo pedirle un poco de su tiempo.
—Me temo que...
—Lo siento, señor, no quiero retenerle, pero, ¿ha oído usted hablar del Holodomor?
El eslavo lo miraba con ojos serios e inquisitivos. Fabel se fijó en sus ojos, de un azul penetrante y frío, como el cielo de aquella mañana de invierno. Sintió una sacudida en el estómago al recordar a otro eslavo de ojos penetrantes que había conocido.
—¿Es usted ucraniano? — le preguntó Fabel.
—Sí, lo soy. — El eslavo sonrió—. El Holodomor fue el genocidio deliberado de mi pueblo, llevado a cabo por la Unión Soviética y Stalin. Murieron entre siete y diez millones de ucranianos, un cuarto de la población. Los soviéticos los dejaron morir de hambre entre 1932 y 1933. —Con un gesto abrió la carpeta que sostenía debajo de su sujetapapeles, llena de viejas fotos en blanco y negro, imágenes de la miseria humana: niños escuálidos, cuerpos tirados por las calles, enormes fosas comunes en las que echaban cuerpos cadavéricos. Las imágenes eran reminiscencias de las que Fabel había aprendido a asociar al Holocausto—. Hubo un momento en el que cada día morían 25.000 ucranianos. Fuera de Ucrania, prácticamente nadie sabe del Holodomor. Incluso allí, hasta después de la independencia no empezamos a hablar de ello abiertamente. Rusia todavía se niega a reconocer que el Holodomor fue un acto deliberado de genocidio, y lo atribuye a la colectivización incompetente de los comisarios de Stalin.
—¿Y ustedes lo cuestionan? — dijo Fabel. Miró el reloj para saber cuánto tiempo le quedaba antes de encontrarse con Suzanne en la planta superior del Alsterhaus.
—Es una falsedad absoluta — prosiguió el eslavo, impertérrito—. La gente se moría de hambre en toda la Unión Soviética por la absurda manía de Stalin de colectivizarlo todo, eso es cierto, pero en 1927 empezamos a «ucranizar» nuestro país. Convertimos el ucraniano, no el ruso, en nuestra lengua oficial. Stalin nos vio como una amenaza, de modo que trató de exterminarnos dejándonos morir de hambre, y eliminó a más del 25 por ciento de la población. Por favor, su firma nos ayudará a que este crimen sea reconocido por lo que fue: un genocidio. Necesitamos que el gobierno alemán, el inglés y otros hagan lo que España ya ha hecho y reconozcan formalmente el Holodomor como un crimen contra la humanidad.
—Lo lamento. No digo que no vaya a apoyar su postura, pero no puedo firmarle esto hasta que sepa más de lo que ocurrió. Necesito investigar más por mi cuenta.
—Lo comprendo — le dio un folleto a Fabel—. Aquí se indica dónde puede encontrar más información, no sólo de nuestra organización. Pero, por favor, señor, cuando haya leído todo esto, entre en nuestra página web y añada su nombre a nuestra lista.
Cuando Fabel levantó la vista del folleto el ucraniano ya estaba abordando a otro transeúnte de la marea que llenaba la acera.


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http://es.wikipedia.org/wiki/Holodomor

lunes, 1 de diciembre de 2014

Dolores Redondo: Ofrenda a la tormenta

13

[...]
   Amaia se quedó en silencio durante unos segundos, desvió la mirada de los inquisitivos ojos de Sarasola y miró a través de la ventana hacia el oscuro cielo de Pamplona. Los hombres permanecían en silencio, conscientes de que a pesar de la quietud aparente en la mente de la inspectora los engranajes giraban a toda velocidad. Cuando Amaia volvió a mirar al interior de la sala y a Sarasola, las dudas en su rostro habían sido sustituidas por la determinación.
   —Doctor Sarasola, ¿sabe qué es un Inguma? 
  —Mau mau o Inguma. No qué es, sino quién es. La demonología sumeria lo llama Lamashtu, un espíritu maligno tan antiguo como el mundo, uno de los demonios más horribles y despiadados, sólo superado por Pazuzu, que es el nombre que los sumerios dan a Lucifer, el primer y más importante demonio. Lamashtu arrancaba de los brazos de las madres a niños de pecho para comerse su carne y beberse la sangre, y también provocaba la muerte súbita de los bebés en la cuna. Esa muerte súbita durante el sueño provocada por algún ser maligno está presente en las culturas más antiguas. En Turquía recibe el nombre de «demonio aplastante»; en África, su nombre se traduce literalmente como «demonio que cabalga a tu espalda»; la etnia hmong lo llama «demonio torturador», y en Filipinas se conoce como bangungut, y el ser que lo provoca es una vieja que recibe el nombre de Batibat. En Japón, el síndrome de muerte súbita durante el sueño se conoce como pokkuri. El pintor Henry Fuseli lo retrató en su famoso cuadro La pesadilla; en él se ve a una joven dormida en un diván y a un demonio que se sienta sobre ella con gesto ruin mientras, ajena a su presencia, la mujer parece sufrir atrapada en un mal sueño. Recibe muchos nombres, pero su proceder es siempre el mismo: penetra por la noche en la estancia de los que duermen, se sienta sobre sus pechos y en ocasiones aprieta su cuello causándoles una terrible sensación de ahogo que puede ocurrir dentro de la propia pesadilla, de la que son conscientes, pero en la que no pueden despertarse ni moverse. Otras veces Inguma aplica su boca sobre la del durmiente robándole el aliento hasta que muere.

Jorge Martínez Reverte : Gálvez entre los leones

[...]
—Muy agudo, muy agudo. Bueno, has empezado muy bien. Se trata de que lleves la dirección de comunicación de una empresa de ese estilo en Asturias. La gran diferencia, y ahí está el valor añadido, es que los habitantes de la cueva estarán vivos. O sea, que los visitantes podrán compartir con ellos los paseos, las jornadas de caza, las comidas... Genial, ¿no? Una idea revolucionaria. Imagínate lo que puede ser para una familia de Madrid pasar un fin de semana, todos vestidos con pieles, durmiendo en una cueva llena de seres primitivos, haciendo fuego para calentarse, comiendo con las manos, montando a lomos de asturcones sin silla... Una experiencia inolvidable. No hay nada que se le parezca en todo el mundo. Lo hemos estudiado. El nuevo gobierno asturiano necesita ideas. Ya he hablado con los de arriba y nos van a dar las subvenciones que haga falta. En Asturias no funciona el turismo, porque el tiempo es siempre imposible de predecir, y si se predice es para anunciar que va a ser malo. Nosotros hemos encontrado la solución a ese problema. ¿Conoces tú algo más estable que una cueva? Siempre la misma temperatura, y no llueve. Lo mismo en invierno que en verano. O sea, que encima nos va a salir barato. Todas las ayudas públicas y poca inversión. Y ni hay que hablar con Hacienda, porque dependemos de una fundación que se ocupa de buscar adaptación a minorías étnicas. ¿Qué te parece?    —Asombroso.
   ¿Había algo más que decir?
    Después de semejante exposición me tomé la copa de anís. Y al cabo de media hora salí del bar con una generosa propuesta de trabajo que comprendía mil euros limpios al mes, alojamiento gratuito fuera de la cueva, ayuda para comida y un teléfono móvil de última generación. Si quería Internet para uso particular, me lo tendría que contratar yo. Pero, en las horas de trabajo, sería a cargo de Bigoret y los suyos, porque en la cueva, eso sí, habría wi-fi.
   —Una ucronía. —Me dejé llevar por la pedantería.
   —No, no, sin cables. Wi-fi quiere decir sin cables.
 Asombroso.
   Pero más asombroso aún fue que Bigoret me entregó dos mil euros para los primeros gastos.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Verás el cielo abierto - Manuel Vicent

   Antes de la guerra esa alquería tenía una sencillez habitable, pero nada confortable. Se componía de un salón con chimenea y un altillo donde había un camastro, un desván y una galería abierta a poniente, de una austeridad huertana. Tenía una cocina muy rudimentaria, con un aljibe, pero la comida se guisaba a la intemperie cuando el tiempo era bueno, y todas las funciones fisiológicas también se realizaban bajo el cielo azul o lleno de estrellas. Detrás había un establo para dos caballerías y una corraliza para los aperos de labranza. Los únicos muebles eran dos mecedoras y un sillón de muelles que yo conocí ya desventrado. Desde la carretera real se accedía a aquella alquería por un camino de palmeras y lo más hermoso eran los naranjos que la rodeaban, algunos jazmines y madreselvas, el kaki, el membrillero, el cerezo y la morera, que daban sombra a la pequeña explanada de tierra batida que se extendía ante la puerta de la casa. Aquel paraíso me fue revelado después de la guerra, cuando todo era ya una ruina habitada por un fantasma. Dentro ya no quedaba nada, ni siquiera una silla rota, salvo aquel sillón rojo que el fantasma usaba para meditar sobre las plagas de las frutas o para descansar de regreso de las cacerías.
   Cuando estuve allí por primera vez yo tenía seis años y recuerdo que en una de las paredes desconchadas colgaba un calendario atrasado y cada una de sus doce hojas correspondía a un cuadro del museo del Prado. A la sombra de la morera, mientras daba grasa a los cañones de su escopeta o fabricaba sus propios cartuchos con un artilugio alemán, mi tío me contaba historias, que yo unas veces creía y otras no. Un día me dijo:
   —En guerra, por ese camino de las palmeras llegó en busca de refugio un convoy militar que se dirigía a Cataluña desde Valencia por la carretera real. Eran tres camiones con una carga tapada con telas embreadas al mando de seis oficiales de la República, con tres conductores milicianos y un paisano, en total diez, y yo les tuve que dar de comer a todos, lo recuerdo como si fuera ayer. Había cazado unas codornices, las naranjas y los kakis estaban maduros, tenía frutas confitadas y aceitunas amargas. Había distintas hierbas de ensalada, pan de higo y toda clase de hortalizas para el puchero. Esos militares comieron tres días seguidos de lo que yo les di. Pasó una cosa extraña. En cuanto llegaron, el caballo comenzó a relinchar como nunca lo había hecho hasta entonces. Relinchó tres noches seguidas sin parar, casi hasta la extenuación, mientras el convoy estuvo aquí. Uno de aquellos hombres, que decía ser artista escultor, me preguntó:
   —¿Qué le pasa al animal?
   —No lo sé —le dije.
   —Tanto relincho no será un mal presagio, ¿verdad?
   —Los caballos siempre delatan cuándo cerca de ellos sucede algo muy importante.
   Entonces el capitán que iba al mando bromeó diciendo que a lo mejor el animal relinchaba porque la carga que llevaban era de mucho valor, y no añadió nada más. Eran unas cajas de madera numeradas y en cada tapa estaban escritos con alquitrán los nombres de cuadros famosos que venían en los libros de la escuela.
   Para dar fuerza a sus palabras el tío Manuel dejó de dar grasa a la escopeta, puso su mano en mi hombro y habló con más lentitud.
   —Mira, esta alquería llena de telarañas como ahora la ves fue durante unos días el museo del Prado. Muchos de sus cuadros, los de Goya, de Velázquez y del Greco, estuvieron en ese establo cubiertos con paja y otros fueron diseminados por debajo de los naranjos o colocados dentro de la alberca vacía tapados con ramas de morera. ¿Me crees o no me crees?
   —Sí.
   —Trae el calendario.
   Mi tío extendió el calendario sobre sus rodillas y comenzó a pasar las láminas, una por cada mes, mojándose con saliva la yema del dedo índice. A continuación señaló el membrillero cuajado de fruta.
   —Mira, los membrillos están ya dorados, ¿los ves? Son los mismos que en este bodegón de Zurbarán aparecen en la hoja de octubre, el mes en que estamos ahora. Este cuadro estuvo colgado de ese mismo árbol mientras no muy lejos de aquí caían bombas. Y éstas son las famosas Meninas. Estuvieron en el establo y puede que este perro dormido fuera el que excitaba tanto al caballo. Ésta es La maja desnuda. Recuerdo que durmió bajo el limonero. Mira, éste es El jardín de las delicias. Aquí está representado el mismo pajar que hay en el corral y allí fue a parar. Y éste es el cuadro del pintor Rafael, que se titula Retrato de un cardenal desconocido. Para que las bombas no tuvieran un blanco fácil cada cuadro fue dispersado alrededor de la alquería por debajo de los árboles. Este cardenal pasó tres noches seguidas dentro de la alberca vacía. Seguro que sobre él saltaron las ranas y los sapos todavía húmedos. Y en esto llegaron los cazas a ras de los naranjos dando pasadas una y otra vez. Descargaban las bombas sobre la carretera real y las vías del tren de la estación de Nules y luego volvían y así estuvieron varios días y desde aquí se oía el estallido de la metralla, mientras los oficiales, aquel artista y yo, tumbados boca arriba, al anochecer, veíamos el resplandor de los incendios fumando hebra.

   Hasta hace poco creía que esta historia era una de las fantasías que, de niño, me contaba mi tío, el cazador, en su destruida alquería rodeada de naranjos. Yo la había incorporado a mi vida junto con el croar de las ranas y jugaba con ella según fueran mis sueños. No conocí a aquel caballo que fue descuartizado por un proyectil al final de la guerra, el único que cayó en aquel paraíso y que dividió al caballo en dos, y una mitad fue a parar al tejado de la alquería y la otra cayó al pie del árbol de kakis, pero, pasados los años, cuando ya vivía en Madrid, algunas veces también trataba de traspasar las puertas de la percepción como Aldous Huxley y me fumaba marihuana antes de visitar el museo del Prado buscando una luz interior que me permitiera verles las entrañas a las figuras de los cuadros. Un día, frente a La maja desnuda oí un angustioso relincho de caballo que llenó por completo toda la sala de Goya. Durante algún tiempo ese mismo relincho de muerte que salía desde el fondo de una explosión obedecía a mi voluntad siempre que lo convocaba, pero llegó un momento en que por más que lo buscaba no lo podía oír y me olvidé de ese juego.
   No hace mucho fui a visitar en el hospital al escultor Amadeo Gabino, que se hallaba muy próximo a la agonía. Hablamos de pintura. Me dijo que había amado sobre todas las cosas de este mundo un cuadro de Rafael, el Retrato de un cardenal desconocido. Casi balbuciendo me contó que su padre, que también había sido escultor, durante la guerra civil había acompañado a ese cuadro, junto con todo el cargamento del museo del Prado, desde Valencia, donde estuvo guarecido en las torres de Serranos, hasta el castillo de Perelada, siguiendo la retirada del Gobierno de la República hacia Cataluña.
   —Mi padre siempre me contaba que, antes de llegar a Vila-real, apareció por el mar una escuadrilla de cazas italianos que tenían la base en Mallorca y los camiones que formaban el convoy se vieron obligados a abandonar la carretera para refugiarse en una alquería y que allí pasaron varios días, mientras duró el bombardeo de un nudo ferroviario, atendidos por el dueño que les ofreció unas codornices maceradas con hierbas silvestres. Y eso debió de ser por el otoño porque mi padre siempre me hablaba de un árbol lleno de kakis, unas frutas tan rojas que parecían lámparas encendidas y que el dueño, al recogerlas para obsequiarles, parecía que iba apagando las ramas. También guardaba otra imagen que tampoco se le borró nunca, la de un caballo que no paró de relinchar tres noches seguidas. Me decía que no era el caballo del Guernica de Picasso, sino como los que pintaba Piero della Francesca, con la boca abierta al cielo y los dientes fuera, mucho más patéticos.
   Esta historia contada por unos labios balbucientes despertó las fantasías de mi niñez. Le pregunté si su padre le había dicho cómo se llamaba aquella alquería. El agonizante asintió con la cabeza. Iba a pronunciar una palabra que para mí sería una revelación, pero no lo hizo porque en ese momento se abrió la puerta de la habitación y entraron sus dos nietas adolescentes que acababan de llegar de Barcelona. Eran estudiantes del conservatorio y venían cada una con su violín. Amadeo Gabino las había llamado a Madrid para que tocaran para él en la habitación del hospital. Las adolescentes destaparon los estuches en silencio y al pie de la cama comenzaron a interpretar el allegro de Rosamunde, de Schubert, y, ante una melodía tan dulce y melancólica, mi amigo, pareciendo que se dormía plácidamente, se quedó con una sonrisa cristalizada, la cabeza ladeada, los ojos abiertos. Antes de que llegara el andante había muerto y sus nietas siguieron tocando hasta el final de la pieza. Me quedé sin oír el nombre de aquella alquería, pero en ese instante, cuando los violines enmudecieron, supe que aquella historia que me contó mi tío, el cazador, era cierta.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Milena o el fémur más bello del mundo - Jorge Zepeda Patterson

40

Milena

2012

 El grupo denominado los Flamingos estaba integrado por hombres que se tomaban muy en serio la satisfacción de sus placeres. Y no se trataba de placeres comunes. Llevaban más de diez años reuniéndose una vez al mes y la definición de lo que era diversión había evolucionado considerablemente desde los primeros días. Comenzaron a frecuentarse a fines de los años noventa, cuando Vila-Rojas, exitoso abogado granadino afincado en Marbella, encontró a tres excompañeros dedicados a asuntos emparentados con el suyo: el blanqueo de dinero en la Costa del Sol. Uno de ellos, Javi Rosado, había sido su condiscípulo en la universidad en Sevilla; otro, Jesús Nadal, un colega del trabajo de sus días en Londres, cuando hacía encomiendas para el departamento jurídico de Barclays; y el tercero, Andrés Preciado, a quien conoció durante su paso por Wall Street. En los siguientes meses sumó a otros dos y al paso de los años se convirtieron en una docena. Todos tenían en común que eran españoles, ninguno de Marbella pero todos del sur, incluido un hotelero canario. Cuando comenzaron a reunirse, sus edades fluctuaban entre los treinta y cinco y los cincuenta años. Ninguno de ellos participó en el primer boom turístico de los setenta y los ochenta, más parecido a la fiebre del oro del Viejo Oeste que a la generación de un polo de desarrollo. Llegaron más tarde, a principios de los años noventa, durante el período en que Jesús Gil y Gil tenía a Marbella en un puño y la corrupción institucionalizada era un imán para el dinero de la mafia. Sucedió en el puerto turístico lo que antes en Cancún, Punta del Este o Miami: fueron elegidos primero como lugar de residencia por capos de distintos giros criminales gracias a un común denominador, eran lugares de placer con autoridades laxas. Tiempo después, los nuevos residentes rusos, árabes y europeos aprovecharon las posibilidades de inversión que ofrecía el crecimiento explosivo bajo arreglos discrecionales. Cuando el fenómeno del lavado financiero adquirió dimensiones industriales a mediados de los noventa, personas como Vila-Rojas y sus amigos se hicieron imprescindibles: abogados, financieros con experiencia internacional, excontables de transnacionales. Hacían el trabajo que los rudimentarios empresarios crecidos en torno al pintoresco alcalde marbellí no podían realizar. La primera generación estaba integrada por constructores y especuladores inmobiliarios de viejo cuño, capaces de multiplicar cincuenta veces el valor de una hectárea gracias a sus argucias para influir en la obra pública y en la recalificación de terrenos. No obstante, carecían de los contactos internacionales o de las habilidades para manejar el trasiego financiero de los flujos millonarios de origen clandestino que comenzaron a llegar a la costa española. Vila-Rojas y otros como él resultaron los gestores ideales para mediar entre los empresarios tradicionales y los operadores de los capitales ilegítimos de varios continentes. Los Flamingos creció como una reunión de amigos; sin embargo, al pasar el tiempo comenzaron a verse a sí mismos como los auténticos titiriteros de la vida del puerto. Apenas se veían más allá de la reunión mensual y no solían trabajar unos con otros, aunque ocasionalmente alguna operación los hiciera coincidir. Aun así, esas sesiones generaban entre ellos una complicidad inmediata; les parecía que solo en el interior de ese círculo podían sincerarse y mostrarse tal como eran: los verdaderos amos de la ciudad. Se obligaban a sí mismos a mantener un perfil bajo frente a la ruidosa corte de Jesús Gil y los que le sucedieron, caracterizados por los desplantes típicos de nuevo rico. Solo en esas reuniones, al verse entre los suyos, confesaban su desprecio por la rusticidad de la élite local y se entregaban a placeres y exuberancias en las que no incurrían el resto del mes. En un principio se reunían en un salón del hotel Fuerte el último viernes de cada mes. El mote los Flamingos lo aportó el jefe del restaurante del hotel cuando percibió la frecuencia con que los apellidos Rojas y Rosado aparecían en la reserva que el grupo hacía del salón privado. Enterado del apodo que se le había asignado al grupo entre el personal del hotel, uno de los miembros celebró la ocurrencia y recordó que así se llamaba uno de los hoteles de Las Vegas en el que se refugiaba el legendario Rat Pack formado por Frank Sinatra, Sammy Davis y Dean Martin, entre otros. Casi sin proponérselo, el resto de los integrantes pronto comenzó a llamarse a sí mismo los Flamingos. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Vestido de novia - Pierre Lemaitre

Sophie


 Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, jadeante. Léo está pegado a ella, inmóvil, y tiene su cabeza en el regazo. Con una mano ella le acaricia el pelo y con la otra intenta secarse los ojos, pero con movimientos desordenados. Llora. Algunos sollozos se convierten en gritos, chilla, le sale de las entrañas. Cabecea. A veces, la pena es tan intensa que se golpea la parte de atrás de la cabeza contra el tabique. El dolor la reconforta un poco pero no tarda en notar que todo se le vuelve a derrumbar por dentro. Léo se porta muy bien, no se mueve. Baja los ojos hacia él, lo mira, le estrecha la cabeza contra el vientre y llora. Nadie puede imaginarse lo desgraciada que es.

martes, 4 de noviembre de 2014

El caso Collini - Ferdinand Von Schirach


   Leinen quería ir a la salida de los abogados, pero anduvo en sentido contrario hasta que una funcionaria lo interceptó y le indicó el camino. Luego tuvo que esperar unos minutos ante la puerta de cristal blindado hasta que se abrió el portón. Se fijó en que encima de la puerta el enlucido estaba desconchado. Miró a los funcionarios que controlaban los carnets e introducían los nombres en registros. Allí, donde los hombres ocupaban celdas, donde esperaban una condena o la libertad, el mundo era reducido. No había profesores ni manuales ni discusiones. Todo era grave y definitivo. Podía intentar librarse del juicio. No tenía por qué defender a Collini, ese tipo había matado a su amigo. Era fácil poner fin al asunto, todo el mundo lo entendería.
   Ya fuera, cogió un taxi y se fue a casa. El panadero gordo estaba sentado en una silla de madera ante su establecimiento, bajo una sombrilla.
   —¿Qué tal está? —preguntó Leinen.
   —Hace calor. Pero dentro aún más. Leinen se sentó, inclinó la silla sobre las patas traseras y se apoyó contra la pared. Miró al sol entornando los ojos. Pensó en Collini.
   —Y usted, ¿qué tal está? —le preguntó el panadero.
   —No sé qué hacer.
   —¿Cuál es el problema?
   —No sé si debo defender a un hombre. Ha matado a otro al que yo conocía bien.
   —Pero es usted abogado, ¿no?
   —Mmm... —Leinen asintió.
   —Mire, todas las mañanas subo la persiana a las cinco, enciendo la luz y espero a que llegue el camión frigorífico de la fábrica. Meto la masa en los hornos y a partir de las siete me paso el día vendiendo lo que sale de ellos. Los días malos me quedo dentro; los buenos salgo aquí, al sol. Preferiría hacer pan como Dios manda en una panadería como Dios manda con utensilios como Dios manda e ingredientes como Dios manda. Pero así son las cosas.
   Una mujer con un dálmata pasó por delante y entró en la tienda. El panadero se levantó y fue tras ella. A los pocos minutos salió con dos vasos de agua con hielo.
   —¿Entiende lo que quiero decir? —preguntó.
   —No del todo.
   —Puede que algún día vuelva a tener una panadería como Dios manda. Hace tiempo la tuve, pero la perdí al divorciarme. Ahora trabajo aquí, es lo que hay. Así de sencillo. —Se bebió el vaso de un trago y masticó un cubito de hielo—. Es usted abogado, tiene que hacer lo que hacen los abogados.
   Estaban a la sombra, mirando los transeúntes. Leinen se acordó de su padre. En su mundo todo parecía sencillo y claro, no había secretos. Había intentado disuadirlo de que se hiciera abogado defensor. Con esa profesión no se podía ser decente, porque todo era demasiado complicado, le había dicho. Leinen recordó una cacería de patos en invierno. Su padre disparó y un ánade real se estrelló con fuerza contra el estanque helado. El perro de su padre, que aún era joven, salió corriendo sin que se lo ordenaran. Quería cobrar el ave. En el centro del estanque el hielo era fino, el animal se hundió, pero no se dio por vencido. Atravesó a nado el agua helada y llevó el pato a la orilla. Sin decir palabra, su padre se quitó el chaquetón y secó al animal con el forro. Luego lo llevó a casa envuelto en el chaquetón. Su padre se pasó dos días con el perro en las rodillas, frente a la chimenea. Cuando el animal se recuperó, se lo regaló a una familia del pueblo. No valía para la caza, había afirmado.
   Leinen le dijo al panadero que tal vez tuviera razón, y subió a su casa. Por la noche llamó a Johanna. Le dijo que no podía evitarlo, que tenía que seguir con la defensa de Collini.

sábado, 25 de octubre de 2014

Jo Nesbo - El leopardo y la manzana de Leopoldo

31
Kigali

[...]
   Se habían detenido entre dos hileras de barracas de lo que Harry comprendió que era una especie de centro de la ciudad de Goma. La gente corría de un lado a otro por el espacio abierto casi intransitable que separaba las tiendas. A lo largo de las fachadas de las casas había bloques de piedra negra apilados que funcionaban como cimientos. La tierra reseca parecía esmalte negro y un polvo de color gris se arremolinaba en el aire, que apestaba a pescado podrido.
   —Ahí —dijo Joe señalando la puerta de una de las casas de hormigón—. Espero en el coche.
   Harry se dio cuenta de que algunos de los hombres que había en la calle se detenían al verlo bajar del coche. Se percató de su mirada neutra y peligrosa, que no contenía ninguna advertencia. Eran hombres que sabían que los actos agresivos son más eficaces cuando no se avisa. Harry se fue derecho a la puerta, sin mirar a su alrededor, para demostrar que sabía lo que hacía allí, adónde iba. Llamó a la puerta. Una vez. Dos veces. Tres. ¡Mierda! Había hecho un viaje demasiado largo para...
   La puerta se entreabrió.
   Una cara blanca y arrugada asomó por la rendija y lo miró con extrañeza.
   —¿Eddie van Boorst? —dijo Harry.
—Il est mort —dijo el hombre con una voz tan ronca que sonó como los estertores de la muerte.
   Harry recordaba del colegio el francés suficiente para comprender que el hombre acababa de afirmar que Van Boorst estaba muerto. Apostó por el inglés.
   —Me llamo Harry Hole. Herman Kluit, que vive en Hong Kong, me ha dado el nombre de Van Boorst. He hecho un largo viaje. Quería hablar de la manzana de Leopoldo.
   El hombre parpadeó sorprendido. Sacó del todo la cabeza por la abertura y miró a derecha e izquierda. Luego, abrió la puerta un poco más.
—Entrez —dijo indicándole a Harry que pasara.
   Harry agachó la cabeza y la adelantó, y logró que las piernas lo siguieran en el último momento: el suelo de la casa estaba veinte centímetros por debajo del de la calle. Allí dentro olía a incienso. Y a algo más, que le resultaba familiar, el hedor dulzón y ácido a hombre mayor que lleva varios días bebiendo.
   Los ojos de Harry se habituaron a la oscuridad y descubrió al anciano escuálido y menudo, enfundado en un elegante batín de seda color burdeos.
—Scandinavian accent —dijo Van Boorst en el inglés de Hercule Poirot, y se llevó a los labios un cigarrillo con una boquilla amarillenta—. A ver si lo adivino. Desde luego, no es danés. Podría ser sueco, pero creo que es noruego, ¿no?
   Por una grieta de la pared que tenía a su espalda asomó las antenas una cucaracha.
   —Vaya, un experto en acentos.
   —Es un hobby, simplemente —dijo Van Boorst, halagado y satisfecho—. En los países pequeños como Bélgica tenemos que aprender a mirar hacia fuera en lugar de hacia dentro. ¿Y cómo está Herman?
   —Bien —dijo Harry; se giró a la derecha y vio dos pares de ojos que lo miraban sin interés.
   Uno, desde una foto que había colgada sobre la cama, en el rincón. Un retrato enmarcado de una persona con una barba larga y canosa, nariz grande, pelo corto, hombreras, cadena, sable. El rey Leopoldo, si Harry no andaba equivocado. El otro par pertenecía a una mujer que estaba tumbada de lado en la cama y que solo tenía una colcha sobre las caderas. La luz de la ventana le daba en los pechos pequeños, con la firmeza propia de la juventud. Respondió al gesto de saludo de Harry con una sonrisa que dejó al descubierto un diente de oro entre los demás, muy blancos. No podía tener más de veinte años. En la pared que quedaba detrás de su estrecha cintura Harry atisbó un perno clavado en una grieta del enlucido. Del perno colgaban un par de esposas de color rosa.
   —Mi mujer —dijo el belga—. Bueno, una de ellas.
   —¿Miss Van Boorst?
   —Algo así. Quieres comprar, ¿no? ¿Tienes dinero?
   —Primero quiero ver lo que tienes —dijo Harry.
   Eddie van Boorst se dirigió a la puerta, la abrió un poco y echó un vistazo. Luego la cerró y echó la llave.
   —¿Has venido solo con el chófer?
   —Sí.
   Van Boorst apagó el cigarrillo mientras escrutaba a Harry desde los pliegues de piel que se le formaban sobre los ojos cuando los entornaba. Luego se fue a un rincón de la habitación, apartó una alfombra de una patada, se inclinó y tiró de una anilla metálica. Se abrió una portezuela. El belga le pidió a Harry que bajara por el agujero en primer lugar. Harry supuso que era una regla fruto de la experiencia, e hizo lo que le pedía. Una escalera conducía a una oscuridad de boca de lobo. Después de siete peldaños, Harry notó el suelo bajo los pies. Acto seguido, se encendió una lámpara en el techo.
   Harry echó un vistazo a su alrededor. La habitación era lo bastante alta para él y tenía un suelo liso de cemento. Tres de las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de la mercancía habitual: pistolas Glock muy usadas, Smith & Wesson calibre 38 como la suya, cajas de munición, un Kalashnikov. Harry nunca había tenido en sus manos un ejemplar de aquella famosa automática rusa, cuyo nombre oficial era AK-47. Acarició la culata de madera.
   —Un original de 1947, el primer año de fabricación —dijo Van Boorst.
   —Parece que aquí todo el mundo tiene una —dijo Harry—. La causa de muerte más popular en África, según dicen.
   Van Boorst asintió.
   —Por dos razones muy sencillas. Cuando los países comunistas empezaron a exportarlas a este continente después de la guerra fría, un Kalashnikov costaba tanto como una gallina cebada en tiempo de paz. Y, en tiempo de guerra, no más de cien dólares. Por otro lado, funciona bien, con independencia de lo que hagas con él, y eso en África es importante. A los mozambiqueños les gustan tanto los Kalashnikov que han puesto uno en la bandera nacional.
   Harry detuvo la mirada en unas letras discretamente grabadas en una maleta negra.
   —¿Es eso lo que yo creo? —preguntó.
   —Märklin —dijo Van Boorst—. Un arma rara. Se fabricaron muy pocas, puesto que resultó ser un fiasco. Demasiado pesada y con demasiado calibre. La usaban para la caza de elefantes.
   —Y para la caza de personas —dijo Harry en voz baja.
   —¿La conocías?
   —Una mira telescópica con la mejor óptica del mundo. Que no es lo que se necesita para cazar elefantes a una distancia de cien metros, desde luego. Es un arma para atentados, ni más ni menos. —Harry pasó los dedos por la maleta mientras los recuerdos le venían a la memoria—. Sí, la conozco.
   —Te la vendo barata. Treinta mil euros.
   —Esta vez no he venido por un arma.
   Harry se volvió hacia la estantería que había en el centro de la habitación. Unas máscaras grotescas pintadas de blanco lo miraban desde los estantes.
   —Máscaras de los espíritus de los mai-mai —dijo Van Boorst—. Creen que si se rocían con agua sagrada, las balas no les harán daño. Puesto que las balas también se convierten en agua. La guerrilla mai-mai entró en guerra con el ejército del gobierno con arcos y flechas, gorros de baño en la cabeza y tapones de bañera por amuletos. I’m not kidding you, monsieur. Naturalmente, los pulverizaron. Pero a los mai-mai les gustan las armas. Y las máscaras pintadas de blanco. Y los corazones y los riñones de sus enemigos. Poco hechos, con puré de maíz.
   —Bueno —dijo Harry—. No esperaba que una casa tan sencilla tuviera un sótano tan repleto.
   Van Boorst se echó a reír.
—Cellar? This is the ground floor. Or was. Antes de la erupción de hace tres años.
   Harry lo comprendió. Bloques de piedra negra, esmalte negro. El suelo del piso de arriba, más bajo que el de la calle...
   —Lava —dijo Harry.
   Van Boorst asintió.
   —Corrió por todo el centro y se llevó por delante la casa que tenía junto al lago Kivu. Todas las casas de madera que había aquí se quemaron, esta casa de hormigón fue la única que quedó en pie, aunque casi enterrada en lava. —Señaló la pared—. Eso que ves ahí es la puerta de lo que era la planta baja hace tres años. Cuando compré la casa, puse la puerta por la que has entrado.
   Harry asintió.
   —Suerte que la lava no quemó la puerta e invadió también esta planta.
   —Como ves, las ventanas y la puerta están en la pared que da la espalda al Nyiragongo. No es la primera vez. Esa dichosa montaña escupe lava sobre la ciudad cada diez o veinte años.
   Harry enarcó las cejas.
   —¿Y la gente vuelve aquí a pesar de todo?
   Van Boorst se encogió de hombros.
   —Bienvenido a África, pero ese volcán es bloody useful. Si quieres deshacerte de un cadáver molesto, un problema bastante habitual en Goma, puedes echarlo al lago Kivu, naturalmente. Pero, entonces, todavía seguiría existiendo allá abajo. En cambio, si recurres al Nyiragongo... La gente cree que en el fondo de la mayoría de los volcanes hay lagos de lava ardiente y burbujeante, pero no es así. En ninguno. Salvo en el Nyiragongo. Mil grados Celsius. Si echas algo ahí, ¡puf! Vuelve a subir convertido en gas. Es la única forma que la gente de Goma tiene de llegar al cielo. —Se rió tanto que empezó a toser—. Yo mismo he presenciado cómo un buscador de coltán con más entusiasmo de la cuenta utilizó una cadena para bajar a la hija del jefe de una tribu que se negaba a firmar los documentos que le concedieran al buscador el derecho a la explotación minera en su zona. A veinte metros de la lava le ardió el pelo. A diez metros, la niña se encendió como una vela de sebo. Y a cinco metros, el cuerpo empezó a gotear. No exagero. La piel y la carne le caían a chorros del esqueleto... ¿Es esto lo que te interesa?
   Van Boorst había abierto un armario y acababa de sacar una bola de metal. Era brillante, estaba perforada con pequeños agujeros y era de un tamaño algo menor que el de una pelota de tenis. De un agujero algo más grande colgaba una cadena fina rematada por una anilla. Era el mismo instrumento que Harry había visto en casa de Herman Kluit.
   —¿Funciona? —preguntó Harry.
   Van Boorst soltó un suspiro. Metió el meñique en la anilla metálica y tiró. Se oyó un estallido y la bola de metal dio un salto en la mano del belga. Harry estaba atónito. De los agujeros de la bola salieron lo que parecían pequeñas antenas.
   —¿Puedo? —preguntó alargando la mano.
   Van Boorst le dio la bola y observó atento mientras Harry contaba las antenas.
   —Veinticuatro —dijo Harry.
   —Tantas como manzanas fabricadas —dijo Van Boorst—. Esa cifra tenía un valor simbólico para el ingeniero que la inventó y la fabricó: su hermana se suicidó a esa edad.
   —¿Cuántas tienes en ese armario?
   —Solo ocho. Incluido este magnífico ejemplar de oro. —Sacó una bola que lanzó un destello a la luz de la bombilla antes de que la guardara otra vez—. Pero esa no está a la venta, tendrías que matarme para echarle el guante.
   —O sea que has vendido catorce desde que Kluit compró la suya, ¿no?
   —Y cada una más cara que la siguiente. Es una inversión segura, señor Hole. Los instrumentos de tortura antiguos tienen un grupo de seguidores fiel y dispuesto a pagar, créeme.
   —Te creo —dijo Harry tratando de empujar hacia dentro una de las antenas.
   —Va con muelles —dijo Van Boorst—. Una vez que has tirado del hilo, el interrogado no puede sacarse la manzana de la boca. Ni él ni nadie, dicho sea de paso. Hay que ir al paso dos para que las agujas se retraigan. No tires del hilo, por favor.
   —¿El paso dos?
   —Dámela.
   Harry le dio la bola a Van Boorst. El belga introdujo un bolígrafo por la anilla de metal, lo sujetó en posición horizontal a la altura de la bola y luego soltó la bola. Al tensarse el hilo se oyó un nuevo chasquido. La manzana de Leopoldo se balanceaba a quince centímetros por debajo del bolígrafo y las afiladas agujas que sobresalían de las antenas brillaban a la luz.
   —Joder —soltó Harry.
   El belga sonrió.
   —Los mai-mai llamaban al aparato «el sol de la sangre». A quien muchos quieren, muchos nombres tiene.
   Dejó la manzana en la mesa, introdujo el bolígrafo en el agujero del que colgaba el hilo, tiró fuerte y tanto las agujas como las antenas desaparecieron con otro chasquido, con lo que la manzana real recuperó la forma redonda y lisa del principio.
   —Impresionante —dijo Harry—. ¿Cuánto?
   —Seis mil dólares —dijo Van Boorst—. Por lo general, aumento un poco el precio cada vez, pero a ti te la dejo al mismo precio por el que vendí la última.
   —¿Por qué? —dijo Harry, y pasó el dedo por el metal liso.
   —Porque vienes de muy lejos —dijo Van Boorst, y llenó la habitación del humo del cigarrillo—. Y porque me gusta tu acento.
   —Ya. ¿Y quién fue el último que la compró por seis mil dólares?
   Van Boorst se echó a reír.
   —Nadie sabrá que tú has estado aquí, y tampoco te voy a hablar a ti de mis otros clientes. ¿No le parece tranquilizador, señor...? Ahí lo tienes, ya se me ha olvidado el nombre.
   Harry asintió.
   —Seiscientos —dijo.
   —¿Perdón?
   —Seiscientos dólares.
   Van Boorst volvió a soltar la misma risotada corta de antes.
   —Ridículo. Pero la cantidad que mencionas es la que cuesta una visita guiada por la reserva, si quieres pasarte tres horas viendo gorilas de montaña. ¿Preferiría esta opción, señor Hole?
  

martes, 21 de octubre de 2014

Lexicón- Max Barry

[I] POETAS

[CUATRO]
[...]

 —Pensaba que eras historia —le dijo el chico de pelo rizado.
   Emily estaba pasando frente a la habitación del chico, pero ahora se detuvo. Estaba tirado en su cama. La chica angelical estaba dentro, con la espalda apoyada en la pared de piedra.
   —Solo precalentaba —respondió. Se disponía a marcharse cuando la chica se apartó de la pared y dijo:
   —Eh, quiero tu opinión. ¿Por qué crees que los profesores de este sitio tienen nombres falsos?
   Emily la miró, confundida.
   —Charlotte Brontë. Hay un profesor que se llama Robert Lowell y también un Paul Auster. ¿Te has fijado en el panel del vestíbulo? Dice que antes de Brontë, la directora era Margaret Atwood —señaló con las cejas arqueadas.
   —¿Y...? —preguntó Emily.
   —Son poetas famosos —dijo el chico—. Poetas famosos muertos, la mayoría. —Le dirigió una mirada divertida a la chica angelical—: No lo sabía.
   —Como si yo fuese a sentarme ahí a memorizar nombres de poetas —repuso Emily—. Por eso es por lo que voy a destrozaros en los exámenes, porque todo lo que sabéis es inútil.
   El chico esbozó una amplia sonrisa y la chica dijo:
   —No pasa nada. —Lo dijo en un tono que hizo que Emily quisiera pegarle—. Y la escuela no tiene nombre. Solo la llaman «la Academia». Un poco raro, ¿verdad?
   —Tú eres un poco rara —le soltó Emily.

   Gertie no volvió.
   —Los exámenes son eliminatorios —dijo el chico de pelo rizado, con la boca llena de pan de centeno. Estaban almorzando y él había ocupado la silla de Gertie—. Suspende uno y estás fuera. Puedes ir haciendo tus maletas.
   Emily estaba untando un bollo con mantequilla y detuvo el gesto de su mano a medio camino.
   —¿Quién te ha dicho eso?
   —Nadie. Me lo he imaginado. Es obvio, ¿no te parece? —dijo el otro, sin dejar de masticar.

   Charlotte apareció durante el almuerzo y miró a Emily de un modo que a ella no le gustó en absoluto. Luego se fue. Emily continuó comiendo, pero la comida formó una bola en su estómago. Más tarde, Charlotte y otro profesor la estaban esperando en el pasillo. Eso le recordó San Francisco, donde dabas un paso en la puerta de la casa donde habías pasado la noche y te dabas de bruces con dos prostitutas delgaduchas, con las caderas marcadas y los labios como culos de gato, temblando de rabia por cualquier agravio. Una deuda o algo que habías hecho.
   Charlotte le hizo una seña para que se acercase:
   —Emily, por favor.
   Sus tacones resonaron por el pasillo.
   Al llegar a su despacho, le indicó una silla. La habitación era más grande de lo que Emily había pensado. Tenía puertas que conectaban con otras estancias, en una de las cuales debía de dormir Charlotte, puesto que le había dicho que podía ir a verla en cualquier momento del día. Había una única ventana, que daba a un patio, y una mesa desordenada sobre la que había un jarrón con flores frescas.
   —Estoy decepcionada.
   —¿Lo está? —preguntó Emily.
   —Te ofrecimos una gran oportunidad. Nunca sabrás cómo de grande.
   —No sé de qué está hablando.
   —La sala de exámenes está vigilada.
   —Entiendo —dijo Emily. Hubo un silencio—. O sea, que está diciendo que he hecho algo mal.
   —¿Trampas? Sí. Eso estuvo mal.
   —Bueno, pues debería haberlo dicho. Debería haber dicho: «En realidad tenemos tres normas, la tercera es no hacer trampas».
   —¿Crees que es necesario decir eso?
   —Ese tío que me envió aquí desde San Francisco, Lee, sabía que yo engaño a la gente. Eso es lo que hago. Soy una timadora. ¿Me traen aquí pero de repente no puedo hacer trampas? Nunca me advirtieron.
   —Dije que las respuestas sinceras eran algo esencial.
   —En la prueba anterior. No en la del vídeo.
   —No vamos a discutir eso ahora —sentenció Charlotte—. Está de camino un conductor para recogerte. Por favor, coge tus cosas.
   —Bien —exclamó Emily—, que les jodan.
   —Puede que te hayan prometido una compensación por tu tiempo aquí. Desgraciadamente no va a ser así como consecuencia de tus trampas.
   —Zorra.
   La expresión del rostro de Charlotte no varió un ápice. Emily había esperado algún tipo de reacción por parte de alguien con aspecto tan monacal. Había dado por supuesto que Charlotte estaba furiosa, del modo en que lo hace la gente cuando rompes una de sus normas impuestas, pero lo cierto era que a Charlotte no parecía importarle.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Resurrección - Craig Russell

Cap. 3

—Desde el momento en que lo vi sospeché que había sido momificado —Brandt continuó explicando—. El doctor Severts, aquí presente, es un experto en la materia y yo mismo tengo un gran interés en las momias. Los cadáveres de los pantanos en los que usted piensa sufren un proceso totalmente distinto: los ácidos y los taninos de las turberas tiñen la piel de los cuerpos y los convierten, literalmente, en bolsos de cuero; a veces lo único que queda de ellos es su pellejo, mientras los órganos internos e incluso los huesos pueden disolverse y desaparecer. —Señaló el cuerpo con un movimiento de la cabeza—. Este tipo tiene la apariencia de las momias de los desiertos. El aspecto tan demacrado y la textura apergaminada de la piel... denotan que se desecó casi de inmediato en un ambiente privado de oxígeno.
—Y, a pesar de su aspecto, no murió recientemente. Pero, como pueden ver por la ropa, tampoco es una reliquia de la Edad Media. —Severts abarcó el área de la excavación en la que se encontraban con un movimiento de la mano—. Las evidencias que rodean el cuerpo me dan una idea de lo que ocurrió. Nuestros estudios geofísicos y los registros que tenemos de esta zona dan a entender que nos encontramos en un muelle de carga de la segunda guerra mundial.
Brauner pasó la mano por el ribete de piedrecitas brillantes. Cogió algunas y las hizo rodar entre los dedos.
—¿ Vidrio?
Severts asintió.
—Era arena. Prácticamente todo lo que hay aquí es básicamente la misma arena pálida. Es sólo que parte de ella se ha mezclado con ceniza negra mientras este anillo exterior ha sufrido una exposición a un calor tan intenso que se convirtió en toscos cristales de vidrio.
Fabel asintió con una expresión triste.
—¿Los bombardeos británicos de 1943?
—Esa es mi hipótesis —dijo Severts—. Encaja con lo que sabemos de esta zona. Y también con esta forma de momificación, que era un resultado habitual de las intensas temperaturas creadas por la tormenta de fuego. Me da la impresión de que este hombre se guareció en alguna clase de refugio antiaéreo junto al muelle, improvisado con bolsas de arena. Debió de producirse una explosión incendiaria muy cerca que, básicamente, lo horneó y lo enterró.
Los ojos de Fabel seguían clavados en el cuerpo momificado. Operación Gomorra. Los británicos descargaron bombas incendiarias y explosivos de alto poder sobre Hamburgo por la noche y los americanos durante el día, hasta llegar a 8.344 toneladas. En algunas partes de la ciudad, la temperatura del aire a cielo abierto superó los mil grados. Alrededor de cuarenta y cinco mil ciudadanos de Hamburgo ardieron en las llamas o murieron cocinados bajo ese intenso calor. Fabel contempló las facciones delgadas y demasiado afinadas, lo que se debía a que la carne bajo la piel había perdido toda su humedad. Se había equivocado. Por supuesto que había visto cuerpos así antes: en viejas fotografías en blanco y negro de Hamburgo y también de Dresde. Muchas personas habían sido horneadas y convertidas en momias sin estar enterradas; desecadas en pocos instantes, expuestas a llamaradas de altísimas temperaturas en las calles sin aire o en los refugios antiaéreos que se habían convertido en hornos de panadería. Pero jamás había visto uno de carne y hueso, aunque esa carne estuviera desecada.
—Es difícil creer que este hombre lleve más de sesenta años muerto —dijo por fin.
Brauner sonrió y palmeó el hombro de Fabel con su ancha mano.
—Es simple biología, Jan. Para que haya descomposición se necesitan bacterias; las bacterias necesitan oxígeno. Si no hay oxígeno, no hay bacterias y por lo tanto no hay descomposición. Cuando lo extraigamos, probablemente hallaremos alguna descomposición limitada en el tórax. Todos tenemos bacterias en las entrañas, y cuando morimos, son las primeras en ponerse a trabajar. De todas maneras, haré un análisis forense completo del cuerpo y luego se lo pasaré al Institut für Rechtsmedizin de Eppendorf para que realicen una autopsia. Tal vez todavía estemos a tiempo de confirmar la causa de la muerte, aunque yo apostaría un año de mi salario a que fue asfixia. Y podremos deducir aproximadamente la edad biológica del cadáver.
—De acuerdo —dijo Fabel. Se volvió hacia Severts y su estudiante, Brandt—. Creo que no será necesario bloquear el resto de la excavación. Pero si encuentran algo que se relacione o que ustedes crean que se relaciona con este cuerpo, por favor infórmenme de ello. —Le entregó a Severts su tarjeta de la Polizei de Hamburgo.
—Lo haré —dijo Severts. Hizo un gesto en dirección al cadáver, que todavía parecía darles la espalda, girando el hombro, como si tratara de regresar a un sueño groseramente interrumpido—. Al parecer no se trata de la víctima de un homicidio, después de todo.
Fabel se encogió de hombros.
—Eso depende de su punto de vista.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Los tipos duros no leen poesía - Alexis Ravelo

34

(...)
—Vale. Te lo voy a decir una vez, una sola vez, para que lo entiendas. De acuerdo: yo no trabajo para estos dos gilipollas. Mi jefe está bastante más arriba. Pero es que, por encima de mi jefe, hay otro. Y ese es todavía más peligroso que el mío. Tan peligroso que ahora mismo están a punto de desembarcar en el Muelle Deportivo tres mexicanos con los que no te agradaría encontrarte. Tipos muy violentos, ¿me entiendes? De esos que van cargados con cacharras y a los que les importa una mierda utilizarlas contra quien sea. Si me das la llave ahora y te dejas de chorradas, puede ser que yo llegue a tiempo de que se estén quietos. Pero, si no, la Melania, el abogado, tú y hasta yo mismo, nos vamos a acordar del día que nacimos. ¿Lo copias o te hago un mapa, listillo?
Monroy no se esperaba aquello. Podía tratarse de un farol. Pero había algo que le indicaba lo contrario: el temblor, la inquietud que pobló la voz del hombre grande al mencionar a los matones.
—Esto no es una broma —añadió el hombre, apartando una de las sillas y sentándose, obviando ya la posibilidad de cualquier amenaza—. Si les doy algo que los deje contentos, puede ser que escapemos. Si no, estamos todos de mierda hasta el cuello. Así que dime qué coño quieres. ¿Dinero? ¿Un seguro de vida? ¿La promesa de que nadie va a hacerte nada? Porque, como tardes un poco más, eso no voy a poder prometértelo ni yo.
—Solo quiero dos cosas. —Ante el respingo del hombre grande, Monroy se apresuró a aclarar—: No te preocupes. Las dos son sencillitas. La primera, que me digas dónde coño están la Escudero y el abogado.
—¿Y a ti qué más te da?
—Pues la cosa es que no terminamos de zanjar el negocio. No sé a ti, pero a mí no me gusta que me tomen el pelo dos pijos de mierda.
El hombre grande sonrió.
—Están en Mogán. En la villa de Hossman. Y no creo que se muevan de ahí hasta que llegue la criada mañana por la mañana. ¿Satisfecho?
—Sí —dijo Monroy, bebiéndose de un trago lo que le quedaba de cerveza.
—¿Y la otra cosa?
—Eso es todavía más fácil —respondió Monroy, eructando sonoramente—. Un euro.
El hombre grande comprendió y dejó escapar una risita. Se levantó y, rebuscando en su bolsillo, encontró una moneda que dejó sobre la mesa.
—Hay que reconocer que los tienes cuadrados, Eladio —opinó—. Bueno, ¿dónde está la llave?
—Detrás de ti. Tercera estantería a la derecha, dentro del Cuaderno de Nueva York, de...
—De Pepe Hierro —dijo el otro, volviéndose para buscar el libro, mientras Monroy se quedaba boquiabierto.
Al hombre grande no le costó localizar el libro, en la edición de tapas rosadas que conocía tan bien. Sacó de él el llavín, que pendía de un llaverito de plástico en el que estaba inscrito el número 23. Cuando se volvió nuevamente hacia Monroy, aún la boca de este dibujaba una O. Le pareció una reacción divertida, así que pensó que podía permitirse un pequeño alarde de erudición y recitó de memoria:

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Monroy enarcó las cejas. Luego sonrió.
—Esto no te cuadra.
—¿Por qué no? —dijo el hombre grande.
—Porque tú pareces un tipo duro.
—¿Y?
—Que se supone que los tipos duros no leen poesía.
—Vas a tener que dejar de ver tantas películas americanas, Eladio —dijo el otro, con sincera cordialidad.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sólo los muertos - Alexis Ravelo

24

***

Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.
El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.
—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?
Monroy la miró con pánico.
—Sarito, me vas a reventar... Si ya estoy embostado...
Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.
—Pero, mi niño, si no has comido nada... —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar...
—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla.
Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.
—Bueno, un cafecito sí —propuso.
—Ah. Eso sí.
Sarito fue a poner la cafetera al fuego.
—Mira que es exagerada esta mujer —dijo Paco Nieves, aún sonriente—. Si la dejas, te pone como al que hacía de Perry Mason.
Monroy mostró su acuerdo con un bufido y un gesto de la cabeza.
—Bueno, ahora que se fue para allá. ¿Qué es lo que te hace falta? ¿Tienes algún apuro de perras?
—No. De dinero voy bien. No te preocupes. Pero a lo mejor necesito borrarme del mapa unos cuantos días.
—Y te hace falta un sitio tranquilo...
—Lo cogiste rápido.
—Déjame pensar —dijo el viejo, cogiendo el teléfono inalámbrico que estaba en el aparador junto a él y quedándose con el aparato en la mano mientras repasaba en voz alta las posibilidades—. Mira... Ahora mismo tengo un apartamento libre en Maspalomas... Pero aquello es un agujero... ¿Qué te parece —añadió tras una pausa— si te vas para Teror? La casa está cuidadita. Tiene teléfono y la Internet ésa y todo...
—Hombre, me vendría de miedo. Pero ¿esa casa no la tiene tu hijo?
—Ellos sólo van de vez en cuando, los fines de semana.
—Ya. Lo que pasa es que yo no sé cuándo voy a ir ni cuánto tendré que quedarme. Fíjate, ni siquiera sé si voy con seguridad.
—Eso da igual, Eladio. Si te quieres quedar allí para siempre, te quedas. Al fin y al cabo, la casa es mía. Como si le faltaran casas a este... Espera, que lo voy a llamar para avisarlo...
Antes de que Monroy pudiera decir nada más, ya había marcado el número. Tras un instante, alguien contestó al otro lado de la línea.
—¿Carmita? ¿Qué pasó, querida...? Bien, bien... Todos bien... Oye, ¿está tu marido? Pónmelo, anda... —mientras esperaba, Paco Nieves sonrió a Monroy y le guiñó un ojo—. Blas... Sí, estaba buenísimo... Le faltaba un poco de sal, pero a tu madre le gusta más así, qué le vamos a hacer. Oye, una cosita, ¿tú vas a estar esta tarde en la ferretería de León y Castillo...? Ah, vale... Va a pasar por ahí Eladio Monroy a buscar las llaves de la casa de Teror... ¿Cómo que qué casa? ¿Cuál va a ser, zarandajo...? La necesita durante un tiempo... Eso me da igual... Que te estoy diciendo que me da igual... Le debemos unos cuantos favores... Tú también, aunque no lo sepas... Además, ¿de quién coño es la casa? ¿Tuya o mía...? Cuando yo me muera haces lo que te salga de los huevos, y tranquilo que me queda poco, pero por ahora te jodes y le das las llaves... No lo sé... Como si se la queda para él. Eso no es asunto tuyo... Y, además, mira, te voy a decir una cosa: esta tarde, cuando cierres, te vienes para acá, que vamos a hablar tú y yo... Bueno, se pasa luego por ahí. Hasta luego, mi hijo.
Y colgó. Monroy dijo entonces lo que llevaba rato queriendo decir.
—Joder, Paco, me podía haber ido a la de Maspalomas... No te quiero crear un problema con tu hijo...
—Mira, lo justo es lo justo. Y, además, a mí, mi hijo me tiene que obedecer porque sigue siendo mi hijo y porque todo sigue estando a mi nombre y al de Sarito. Y donde hay capitán no manda marinero. Y tú eras marinero. Así que ya sabes que aquí se hacen las cosas como yo diga y punto. Y esto va por ti también —le soltó el viejo, medio asfixiado.
En ese momento regresó Sarito con el café.
—¿Ya se están peleando otra vez? —Preguntó dejando la bandeja sobre la mesa.
—¿Y a usted qué le importa, señora? Métase en sus asuntos —dijo Paco.
Sarito rodeó la mesa, llegó hasta su marido, le agarró fuertemente la cabeza con ambas manos y le depositó un sonoro beso en la frente.
—¡Ay, mi calentón! ¡Que está todo el día enfofernado!
Monroy rompió a reír. Paco, agobiado por el zarandeo mimoso al que le sometía su mujer, protestaba.
—Sí, tú ríete, cabrón... Si la tuvieras que aguantar todo el día. Suéltame, mujer, que no soy un muñeco... ¡Que me sueltes, coño!
25 

lunes, 18 de agosto de 2014

Epopeya de Gilgamesh (S.XXVII a.C.)

Tablilla III


...
El se lavó la sucia cabellera, acicaló sus armas. La trenza de su pelo sacudió contra su espalda. Arrojó sus manchadas cosas, se puso otras limpias. Se envolvió en un manto franjeado y se abrochó un ceñidor. Cuando Gilgamesh se hubo puesto la tiara. La gloriosa Istar levantó un ojo ante la belleza de Gilgamesh:
«¡Ven, Gilgamesh, sé tú mi amante! Concédeme tu fruto. Serás mi marido y yo seré tu mujer. Enjaezaré para ti un carro de lapislázuli y oro. Cuyas ruedas son áureas y cuyas astas son de bronce. Tendrás demonios de la tempestad que uncir a fuer de mulas poderosas. En la fragancia de los cedros entrarás en nuestra casa. Cuando en nuestra casa entres. ¡El umbral y el tablado besarán tus pies! ¡Se humillarán ante ti reyes, señores y príncipes! El producto de colinas y de llano te ofrecerán por tributo. Tus cabras engendrarán crías triples, tus ovejas gemelos. Tu asno en la carga sobrepujará a tu mula. Los corceles de tu carro serán famosos por su carrera. ¡Tu buey bajo el yugo no tendrá rival!» Gilgamesh abrió la boca para hablar. Diciendo a la gloriosa Istar: «¿Qué daré a ti para que pueda tomarte en matrimonio? ¿Te daré aceite para el cuerpo y vestidos? ¿Daré pan y vituallas? [... ] comida digna de la divinidad, [... ] bebida propia de la realeza. (mutilado) [¿... si yo] te tomo en matrimonio? No eres más que un brasero que se apaga con el frío; Una puerta trasera que no detiene la ráfaga ni el huracán; Un palacio que aplasta al valiente [...]; Un turbante cuyo amparo [...]; Pez que ensucia a los porteadores; Odre que empapa al que lo carga; Piedra caliza que comba el baluarte de piedra; Jaspe [que ... ] país enemigo; ¡Calzado que oprime el pie de su propietario! ¿A cuál amante amaste siempre? ¿Cuál de tus pastores plugo a ti constantemente? Vamos, y mencionaré para ti tus amantes: De...[.. ] Para Tammuz, el amante de tu juventud. Has ordenado llantos año tras año. Habiendo amado al pintado pájaro pastor. Le lastimas, rompiendo su ala. En los sotos permanece, chillando: "¡Mi ala"! Después amaste a un león, perfecto en fuerza; Siete hoyas y siete cavaste contra él. Luego a un garañón amaste, famoso en la batalla; El látigo, el acicate y la brida ordenaste para él. Decretaste para él un galope de siete leguas. Decretaste para él una bebida de agua cenagosa; ¡Para su madre, Silili, ordenaste gemidos! Después amaste al guardián del rebaño. El cual siempre amontonó para ti pasteles. A diario sacrificó cabritos por ti; Pero tú le afligiste, trocándole en lobo. Para que sus gañanes le ahuyentaran. Y sus perros le mordieran las ancas. Luego amaste a Isullanu, jardinero de tu padre. Que te ofrecía siempre cestas de dátiles. Y diariamente adornó tu mesa. Tus ojos se levantaron hasta él, tú fuiste a él: "Oh Isullanu mío, ¡probemos tu vigor! ¡Extiende tu «mano» y toca nuestra «modestia»!" Isullanu te dijo: "¿Qué deseas de mí? ¿Acaso no coció mi madre, no he comido. Para que yo pruebe el manjar hediondo, impuro? ¿Protegen las cañas del frío?". Cuando le oíste hablar así. Le castigaste y le convertiste en un topo. Le colocaste en medio de. . [. ]; No puede subir... no puede bajar... Si me amas, me tratarás como a ellos». Cuando Istar oyó esto, Istar se enfureció y ascendió al cielo. Se adelantó Istar ante Anu, su padre. A Antum, su madre, fue y dijo: «Padre mío, ¡Gilgamesh ha acumulado insultos sobre mí! Gilgamesh ha enumerado mis hediondos hechos. Mi fetidez y mi impureza». (...)
Museo de Pérgamo, Berlín '14

miércoles, 13 de agosto de 2014

La selva de las almas - Jean-Christophe Grangé

18
...
 Jeanne vació la copa y soltó un pequeño hipido. Un ardor ácido en el fondo de la garganta. De repente, se sintió triste. Un camarero les trajo la carta de postres. Jeanne rehusó. Aubusson pidió dos copas más.
—¿Sabes? —prosiguió él con un tono más jovial—, en estos momentos estoy estudiando un pequeño problema. Una modificación que hizo Rimbaud en uno de sus poemas: «Ha sido encontrada. / —¿Qué? —La eternidad. / Es la mar / mezclada con el sol».
Jeanne no se acordaba exactamente del poema, pero sobre todo le traía a la mente una imagen. La del último plano de Pierrot el loco de Jean-Luc Godard. La línea del horizonte. El sol deslizándose en el mar. Las palabras en off de Rimbaud pronunciadas en voz baja por Anna Karina y Jean-Paul Belmondo...
—Querrás decir: «Es la mar, que se fue con el sol».
—No, justamente no. Rimbaud publicó dos veces ese cuarteto. La primera, en un poema titulado «La eternidad». La segunda, más tarde, en Una temporada en el infierno. Primero había escrito: «Es la mar, que se fue con el sol». Luego: «Es la mar, mezclada con el sol». En ese cambio, se pierde la idea de movimiento. Es una pena. Lo hermoso, en la versión inicial, es la idea de que la eternidad sea el resultado de un encuentro. Un infinito en camino hacia otro. A mi edad, lo que seduce son las ideas. Como si la muerte no fuese algo abrupto, sino una curva, un arco. Una pendiente suave...
—En tu opinión, ¿por qué lo cambió?
—Quizá porque sentía que iba a morir joven y no conocería ese movimiento. Rimbaud era un mensajero con prisas.
Jeanne alzó su copa:
—¡Por el cartero Rimbaud!

sábado, 9 de agosto de 2014

Esclavos de la oscuridad - Jean-Christophe Grangé

110
...
Salgo a toda prisa.
Sudor helado, sin aliento.
Rodeo el lago nuevamente y encuentro el paisaje de mi primer periplo. Las luces lejanas sobre las laderas de las colinas, titilando con suavidad, como brasas dispersas.
En Vevey, giro hacia Bulle y tomo la autopista E27; luego salgo de la vía rápida y subo hacia las cimas, en dirección a Spiez. Pienso en mi paso por el puerto de Simplon; parece que hayan transcurrido siglos desde la persecución por los túneles.
Wessenburg.
La información de Julie Deleuze es correcta: la dirección de la Villa Parcossola está indicada. Abandono la calzada brillante para tomar una carretera nevada. La expresión del paisaje cambia como la de un rostro. Los pinos, cada vez más densos, cada vez más negros. Los ventisqueros opacos, azulados, haciendo eco a las nubes aceradas, por encima de los montes.
Veo una señalización en un camino de pálida gravilla. Una vena blanca en el cuerpo negro del bosque. Me deslizo bajo las coníferas. Paso por una central eléctrica. Un bloque gris que emerge entre los matorrales y aumenta, misteriosamente, la soledad del lugar.
Después de una curva, los árboles se abren y revelan la villa.
Una estructura formada por varias terrazas de hormigón se apoya sobre las rocas, entre las que cae una cascada. Apago las luces y espero que la casa se perfile bajo la luz de la luna. Me recuerda una célebre obra de Frank Lloyd Wright, la Casa de la Cascada, concebida con el mismo principio. Suspendida sobre el agua.
Paro a unos cincuenta metros de la zona de aparcamiento. No hay ningún coche estacionado. Cojo la linterna eléctrica, los guantes de látex y salgo del coche de un salto.
Camino hacia la residencia, siguiendo siempre el costado más oscuro del sendero. El estrépito del torrente apaga el ruido de mis pasos sobre la gravilla.
Ahora abarco la villa con una sola mirada. Cada nivel, rematado por una terraza de hormigón, avanza sobre el torrente, desafiando las leyes de la física. La casa, maciza en la parte trasera, hace de contrapeso. Todo está oscuro. A la izquierda, dos torres cuadrangulares de ladrillo enmarcan un estrecho vestíbulo acristalado. El agua plateada y los pinos negros se reflejan en el cristal, creando la ilusión de que penetran en la casa.