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domingo, 21 de octubre de 2007

Montalbán: dueño de la novela...negra

*** A Centellas se le caen los ojos hacia las bolsas violetas de las ojeras, se le caen las mejillas, la sotabarba, pero en cambio sigue teniendo el cuerpo delgado, y ahora estuchado en un traje caro, tan caro que Carvalho jamás podría adivinar el precio, ni siquiera se atrevería a entrar en una sastrería donde vendieran trajes así.
[...] Hace más de cinco años que su marido la ha dejado. Demasiado tiempo para conservar sentimientos. Antes era diferente. Ahora hay que elegir entre tener sentimientos o ver la televisión. Le contaré un caso personal que tal vez la conforte. A un hombre se le muere su madre. La quiere mucho, pero aquella misma noche dan un partido importante de fútbol, claro, por la televisión. El hombre llorará hasta el comienzo del partido, luego verá el partido, cenará cualquier cosa mientras perjura que está desganado y luego llorará a su madre, intermitentemente, hasta altas horas de la madrugada. Cuando la entierre quedará ligeramente aliviado. La rutina. Por la televisión quizá den ese día una película que le recuerde la infancia. Su madre le dió unas pesetas para que la viera, incluso quizás de espaldas a su padre. Contemplará la película completamente entregado. Le gustará. No le gustará. Y se echará a llorar. Y así, mientras viva.
[...] Al igual que un barco a la deriva, con los motores anegados, el timón roto y el capitán borracho, la Andaluza avanzó por el breve recorrido desde la puerta del despacho de Carvalho hasta la silla de los clientes y se dejó caer; encallada en un escollo.
El hermano pequeño

*** Aquella mujer tenía entre los treinta años y un día y los cuarenta años y una noche. Sobretodo la noche, la noche le pesaba en las ojeras de luto lento, como su caminar de cuerpo presuntamente poderoso, presuntamente porque casi lo oculta con una gabardina de protagonista de película francesa años treinta, un puerto, bruma, Jean Gabin con el ala del sombrero caída sobre los ojos. También podría ser la gabardina de la triste heroína de Milord, en el supuesto caso de que la protagonista de la canción de Piaf fuera una trottoir con gabardina. Carvalho siempre la había imaginado así y se dejó ganar por la recién llegada, le entregó su cansacio de día inútil, sumado a otros días inútiles, destinados a perseguir maridos infieles; pero no ya a la antigua usanza, aquellas persecuciones condicionadas por el amor y los celos, la posesión y el miedo a perder el sentido del destino.

El exhibicionista

*** Llovía. No había luna, las aguas bajaban carretera abajo invitando poco a poco a la navegación, pero un amigo es un amigo y vivir una novela policiaca al estilo Agatha Christie era una tentación para Pepe Carvalho, tan ubicado en la novela negra. Así que se subió a su coche y fue a buscar la otra ladera de la montaña, en la avenida del Tibidabo, donde se alzaba la mansión de la viuda Riutorts, la dama descerebrada. Y allí, en la puerta del jardín, en otros momentos solemne y ahora maltratado por la lluvia y el barro, le esperaba el mayordomo con un gabán sobre el pijama, un paraguas y la lluvia empapándole las zapatillas. No parecía darse cuenta. Había perdido todas las flemas. En el actual estado de ánimo era incapaz de vender una máquina falsificadora de verdad ni a falsificadores profesionales. Esperó Carvalho estar bajo cubierto para hacer las preguntas inteligentes, sabedor como era de que es imposible hacer preguntas inteligentes ni cuando se está nadando, ni cuando se está bajo una lluvia torrencial. El agua es mala consejera de preguntas inteligentes. Pero en cuanto estubo a cubierto en un recibidor que parecía un salón de baile de máscaras modernistas, las preguntas inteligentes se le borraron porque allí le esperaban tres personas, dos hombres y una mujer, más mohínos que unos contrabandistas detenidos por la policía.
El cofre de las tres joyas

sábado, 15 de septiembre de 2007

La Soledad acompañada del pavo asado (Cuento de Navidad) - Manuel Vázquez Montalbán

Pero cuando se cernieron las fiestas inevitables, Antonio Ferrer había trasladado La Odisea a un castillo de Orriols en Gerona, y la obsesión por cómo cumplir el expediente de la liturgia de la felicidad cebada se alternaba con la angustia por no saber estar a la bajura de su circunstancia. Entre comer fuera de casa y refugiarse en ella acompañado de una botella de knockando Gran Reserva y un bocadillo de mejillones en escabeche de lata, quedaba el recurso de cocinar para sí mismo, como una Babette que naufraga en una isla desierta. Rechazó la propuesta de Fuster de sumarse a un festín familiar en su pueblo, Villores, temeroso de ir de puntillas, como un intruso en el ritual añejo de una familia grande y antigua abocada a los recuerdos digestivos, a esas melancolías húmedas que suceden a las saciedades absolutas, y por todo ello se empujó a sí mismo a meterse en el mercado de la Boquería a comprar mecánicamente un menú mestizo que le dictaba implacable la memoria: aceitunas rellenas, bacalao remojado, ñoras, un pavo, jamón, salchichas, ciruelas confitadas, orejones, piñones, desguace de una receta que tenía completa en algún rincón de su cerebro. Luego recurrió a la turronería del pastelero chocolatero escultor Capdevila, comprobó que le quedaban algunas botellas de Gramona Brut Nature en su bodega excavada bajo el jardín de Vallvidrera. Decidió no hacer la escudella y "carn d'olla" porque cualquier "pot au feu" está reñido con la desolación de la comida sin compañía. Contemplaba una y otra vez todas aquellas naturalezas muertas en el nicho del frigorífico, como si repasara los ahorros de la nostagia y acariciara con la mirada los materiales de una construccción rigurosamente conmemorativa. Pero en la trastienda de su conciencia, la evidencia de que se había roto la familia artificial que había acumulado recogiéndola de los containers humanos de Barcelona, le enfrentaba a una premonición de su propia muerte.

martes, 17 de julio de 2007

Vázquez-Montalbán

Corcuera estaba triste. No quería ultimar su despedida y por eso había escogido una canción de adiós que puede batir todos los récords establecidos, por el procedimiento de tirar al y sacar del barranco a la pobre mujer, siempre con la promesa de que va a venir la parte más interesante. Pero resoplaba impaciente el caballo de la princesa Ana a la espera del picador y una vez Corcuera y la princesa a lomos, partió por la puerta de Maratón en el momento en que la melancolía se apoderaba del estadio, de Barcelona, de Cataluña y los desmemoriados medios de comunicación de un mundo sin memoria querían localizar a Margaret Michell para succionarle cuanto supiera de Atlanta. Circulaban contradictorios rumores sobre un plan de desembarco de la marina norteamericana en la futura capital olímpica, en el caso de que Bush ganara las elecciones presidenciales, en previsión de que hubiera allí narcotraficantes o armamento químico, conocida la habilidad de Sadam Hussein para esconder siempre lo que busca Bush. Al hacer balance de su contribución a los juegos Olímpicos, Carvalho asumió que no había diferido en nada al papel habitual y al ritual de hilo argumental, esta vez instrumentalizado por Samaranch y los sponsors para mantener la tensión entre el suelo y el subsuelo olímpico. La responsabilidad sobre la modernización de España pasaba otra vez íntegramente a Sevilla, la Expo, sus estertores finales y los políticos urbanos y globales empezaban a calcular cuánto dinero, cuánta gente, cuántos patrocinadores, cuántos deportistas eran necesarios para que todo lo construido con motivo de los Juegos siguiera teniendo sentido, es decir, finalidad. Es cierto que el alcalde Maragall, liberado de su encierro por un comando de la sociedad filantrópica de Arquitectos Amigos de los Príncipes, tomaría la costumbre cotidiana de visitar una por una todas las construcciones que habían modificado Barcelona, como si les pasara revista y a veces gritaba en éxtasis como si alguien acabara de ganar una medalla olímpica o batido un récord. Los enemigos políticos del alcalde preparaban las cuentas que iban a demostrar el despilfarro sin precedentes que haría de los ciudadanos, de sus hijos y de los hijos de sus hijos deudores externos e internos hasta bien entrado el siglo XXI. El Coronel Parra, trasladado al operativo de protección ante la posible invasión yugoslava, insistía en que las contradicciones se agudizaban y el filósofo Rupert Dos Ventos volvió a su recoleto jardín a terminarse el arroz hervido que le preparaba la vecina, no sin antes encarecerle a Carvalho que se hiciera un traje ético a la medida.
- Carvalho, la ética ya no puede ser prêt-à-porter, la ética debe hacerse a la medida. Yo tengo un amigo, ex joven filósofo, que ha montado una sastrería de éticas a la medida. Tenga su tarjeta. Es muy importante tener una ética a medida porque si no se tiene muy clara la eficacia de la razón de las normas de la propia conducta se estropea la columna vertebral del comportamiento y empiezan a aparecer por doquier hernias psicológicas.
- ¿Y si inevitablemente entras en crisis?
- No se ensimiste. Cambie la olla a presión, por ejemplo. El optimismo humano debe cimentarse en el inventario de los logros positivos y neutrales: la olla a presión, la lavadora eléctrica, la cinta aislante, la anestesia... Esi sí ha sido éticamente revolucionario. Pero sobre todo, no se ensimisme, porque el recurso del narcisismo es contingente y una persona ensimismada una de dos...
Vacilaba sobre cómo terminar la conferencia.
-Una de dos... qué...
-El hombre ensimismado fatalmente deviene en suicida o asesino...El soliloquio le conduce a la evidencia de que sólo se necesita a sí mismo y puede ultimar esa pulsión en la muerte. Y si no necesita a los demás ¿por qué el tabú del homicidio?
-¿Cuánto se debe por el consejo?
-Diez mil y la voluntad.
Sabotaje Olímpico (1993)

jueves, 25 de enero de 2007

El Cerebro de Kennedy

Pasaje de Cristo, callejón sin salida.

Las derrotas han de salir a la luz, y no ocultarse, pues son las derrotas las que nos hacen personas.
Aquel que no llega a entender sus derrotas no aprenderá nada para el futuro.

Fue como si hubiese sido víctima de una emboscada en un callejón oscuro. Lo cierto era que tuvo que abandonar las ruinas para adentrarse en una realidad de la que ella nunca se había preocupado...

Había vivido inmersa en aquellos polvorientos socavones practicados en la tierra o acuclillada sobre ánforas quebradas para intentar recomponerlas. Amaba las ruinas y nunca había caído en la cuenta de que el mundo que la rodeaba estaba derrumbándose. Era una arqueóloga que tuvo que apartarse de su universo de tiempos pretéritos para acudir a una tumba junto a la que jamás había imaginado que llegaría a estar.

No había presagios. La tragedia había perdido la lengua, y no tenía la oportunidad de avisarle.
HENNING MANKELL

lunes, 26 de junio de 2006

El Delantero Centro será asesinado al Atardecer



Porque habéis usurpado la función de los dioses que en otro tiempo guiaron la conducta de los hombres, sin aportar consuelos sobrenaturales, sino simplemente la terapia del grito más irracional: el delantero centro será asesinado al atardecer.

Porque vuestro delantero centro es el instrumento que utilizáis para sentiros dioses gestores de victorias y derrotas, desde la cómoda poltrona de césares menores: el delantero centro será asesinado al atardecer.

Porque el atardecer es la hora baja en la que descienden los biorritmos del entusiasmo y el degüello y el estertor resuenan con una música tan truculenta como melancólica: el delantero centro será asesinado al atardecer.
Vázquez Montalbán