lunes, 31 de marzo de 2008

Henning Mankell - Profundidades


Amaba profundamente a su esposa. Cada vez que debía partir de viaje por cuestiones de trabajo y se despedía de ella, inspiraba sin que se notase, el perfume de su piel cuando la besaba brevemente. Era como si almacenara aquel aroma, como si de un buen vino o de una especie de opio se tratase, para recurrir a él cuando se sintiese tan abandonado que corriese el riesgo de perder el control sobre sí mismo.


Allá por kastellholmen, un remolcador despedía vaharadas de vapor. Posó su mirada en una gaviota suspendida en el aire, sobre el buque.


Él era un hombre solitario. Su soledad se parecía a un abismo en el que temía precipitarse un día. Había calculado que ese abismo debía tener un mínimo de cuarenta metros y que debía arrojarse a él de cabeza, para asegurarse la muerte.


Se encontraba exactamente en el centro de la escala. Estimó, aproximadamente, que la escala cubría un desnivel de siete metros. Ahora se encontraba, por tanto, a tres metros y medio del muelle a igual distancia de la borda de la embarcación.


Todos sus recuerdos estaban relacionados con las distancias. Distancias entre él y su madre y su padre, entre el suelo y el techo, entre desasosiego y gozo. Toda su vida giraba en torno a las distancias, a cómo medirlas, reducirlas o extenderlas. Era un hombre solitario en una búsqueda constante de nuevas distancias que determinar o interpretar.


Medir la distancia era una suerte de conjuro, su instrumento para domeñar los movimientos del tiempo y del espacio.


Desde el principio, desde que él tenía capacidad para recordar, la soledad había sido como su propia piel.

kristina Tacker no era sólo su esposa. También era la tapadera invisible que él ponía sobre aquel abismo. (págs. 15-16)


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En la borda de estribor, donde se hallaba medio oculto bajo la escala, entrevió la costa a la luz del alba. Islas y arrecifes surgían y desaparecían sumidos en la irregular superficie del mar.


''Aqui comienza y termina un país'', se dijo Lars Tobiasson-Svartman. ''Pero la línea limítrofe es escurridiza, no existe un punto en el que termine el mar y comience la tierra, Los islotes apenas se ven sobre la superficie del mar, Antiguamente, los hombres de mar veían en estos peñascos, bajíos y arrecifes, monstruos marinos horrendos y extraordinarios, Yo también puedo imaginarme esas rocas como animales que emergen despaciosos del mar. Pero no me infunden ningún temor. Esas rocas que se entrevén entre las olas se me antojan hipopótamos reflexivos e inocentes, de una especie que sólo se encontrará en el Báltico.


''Aqui empieza y termina un país'', reiteró para sí, ''un macizo que endereza calmoso su espalda. Un macizo llamado Suecia.''


Se acercó a la borda y miró el agua, de un azul grisáceo, que se estrellaba contra los flancos del destructor. ''El mar nunca cede'', sentenció para sí, ''nunca vende su pellejo. En invierno este mar es como una piel helada. El otoño es calma, espera. Repentinos arrebatos de vientos vociferantes. El verano no es más que un raudo destello en la límpida superficie del agua."


''El mar, la elevación del terreno, todos esos fenómenos, incomprensibles, son como el lento movimiento desde la niñez hacia la senectud y la muerte. En todos los hombres se produce una elevación del terreno. Del mar proceden nuestros recuerdos.''


El mar es un sueño que nunca vende su pellejo. (págs. 23-24)


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