jueves, 30 de diciembre de 2010

ELO - Last Train to London


It was 9-29,9-29 back street big city.
The sun was going' down,there was music all around
It felt so right.

It was one of those nights,one of those nights when
you feel the world stop turnin',you were standing
There,there was music in the air.I should have been
Away,but I knew I'd have to stay.

CHORUS

Last train to London,just headin' out,
Last train to London,just leavin' town.
But I really want tonight to last forever
I really wanna be with you.
Let the music play on down the line tonight.

It was one of those nights,one of those nights when
You feel the fire is burnin',everybody was there,
Everybody to share,it felt so right.

There you were on your own,lookin' like you were
The only one around,I had to be with you,
Nothin' else that I could do,
I should have been away,but I knew I'd have to say.

Chorus

Underneath a starry sky,time was still but hours
Must really have rushed by,I didn't realize
But love was in your eyes I really should have
Gone,but love went on and on...

Chorus

Gustave Caillebotte (1848-1894) - Mujer Leyendo


1880, Óleo sobre lienzo, Impresionismo

Horizontes Perdidos -James Hilton


Disponíase a escalarlo con el pensamiento, eligiendo cuidadosamente un camino practicable, cuando una exclamación de Mallison le hizo volver a la tierra. Entonces dirigió una mirada de curiosidad a su alrededor y observó que el chino le miraba con tranquilo semblante.
-¿Estaba usted admirando la montaña señor Conway? -le preguntó.
-sí, es una vista estupenda. ¿Cómo se llama?
-Karakal.
-Creo que no he oído nunca ese nombre. ¿Es muy alta?
-Tendrá unos veintiocho mil pies.
-¿De veras? No creí que hubiese nada que alcanzara esa altura además del Himalaya. ¿Está usted seguro de que no se equivoca? ¿Cómo sabe que esas medidas son correctas?
-¿Cree usted que hay algo incompatible entre el monaquismo y la trigonometría? -preguntó a su vez el chino.
Conway saboreó la frase y replicó:
-Oh, nada de eso..., nada de eso.
Lanzó una carcajada cortés y poco después emprendió el viaje a Shangri-La.
El ascenso se prolongó toda la mañana lentamente y por fáciles pendientes; pero a aquella altura el esfuerzo físico era demasiado considerable para malgastar energías hablando.
El chino viajaba suntuosamente en la silla de manos, lo que habría parecido poco caballeresco, si no hubiese sido absurdo imaginarse a la señorita Brinklow ocupando aquel asiento primitivo.
Conway, a quien el aire enrarecido molestaba menos que a los demás, se esforzaba en sorprender las intermitentes conversaciones de los portadores de la silla. Conocía muy deficientemente el tibetano, pero logró comprender que aquellos hombres manifestaban su contento por el regreso al monasterio.
Aunque lo hubiese deseado, no habría podido interrogar a su jefe, que con los ojos cerrados y el rostro semioculto por las cortinas parecía dormitar apaciblemente.
El sol empezaba a entibiar la atmósfera; el hambre y la sed habían sido adormecidas, si no satisfechas; y el aire, puro como si perteneciese a otro planeta, les era más precioso a cada paso. Había que respirar consciente y deliberadamente, lo cual, aunque desconcertante al principio, les proporcionó al poco rato una tranquilidad espiritual extraordinaria.
Todos los cuerpos movíanse en un ritmo único de respiración, avance y pensamiento; los pulmones supeditaban su funcionamiento a la armonía con la mente y los miembros.
Conway, con una sensación mezcla de misticismo y escepticismo, encontrábase profundamente turbado en lo más íntimo de su ser.
Una o dos veces dirigió palabras de ánimo a Mallison, pero el joven no respondió por la fatiga del ascenso. Barnard jadeaba como un asmático, mientras que Miss Brinklow sostenía un combate pulmonar, que, por alguna razón desconocida, hacía violentos esfuerzos por ocultar.
-Ya estamos cerca de la cumbre -dijo Conway para animarlos.
-Una vez tuve que correr para que no se me escapase un tren, y experimenté una sensación muy parecida a ésta -dijo ella.
Conway reflexionó que había mucha gente que confundía la sidra con el champaña. Todo era cuestión de paladares.
Estaba sorprendido al darse cuenta de que, aparte de su desconcierto, tenía ahora muy pocos recelos respecto a lo que les esperaba, y si experimentaba alguna duda no era a causa de sí mismo.
Hay momentos en la vida en que uno abre su alma igual que si abriese el monedero en una noche de feria y se da cuenta de que la distracción, aunque costosa, resulta agradable. Conway, en aquella mañana, a la vista del Karakal, tuvo aquella sensación ante la nueva experiencia que se presentaba.(Págs. 58-60)

lunes, 13 de diciembre de 2010

Enrique Morente, García Lorca y Leonard Cohen


 

CIUDAD SIN SUEÑO

(NOCTURNO DE BROOKLYN BRIDGE)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:
carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Elegía para Elías

Elegía a Ramón Sijé (Miguel Hernández)

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
con quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

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Tu  humor procaz, ahora ya callado,
reirá con cada púa barbadensis
que enoje mis dedos enlutados.(3spum4)

martes, 7 de diciembre de 2010

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Calle de la Estación, 120 - Léo Malet

Pasaron los días, las semanas, los meses. Algunos heridos graves ya iban camino de Francia. El 60202 tenía mala suerte. Su número, que al principio figuraba en las listas de repatriación, había sido olvidado por un burócrata poco diligente y el amnésico estaba condenado a pasear su desesperación, una semana tras otra, por los rastrillados caminos del lazarett.
Estábamos ya en noviembre y no faltaba trabajo. Un día, una voz cavernosa exclamó, a la vista del 60202:
-Mira tú, ¿todavía no ha vuelto a casa el Glóbulo? Para ser un tío tan listo, menudo fiasco.
El hombre que hablaba de aquel modo regresaba de un Kommando. Llevaba la mano herida, era bajito, con una cara típica de los bajos fondos, y no podía decir una palabra sin torcer la boca.
-¡Hombre, Bébert! ¿Cómo andamos? -le dije.
-Pues podría ir mejor -gruñó enseñándome el vendaje-.Sólo me quedan dos dedos y casi, casi, me dejo allá la pezuña entera. En fin...
No era un pesimista. Se rió con una nueva torsión de la boca verdaderamente extraordinaria:
-Esperemos que con esto tenga la salida asegurada... y no habré tenido que hacerme el loco como aquel pobre hombre...
Unos días después, en efecto, le desmovilizaron y regresó a Francia, al tiempo que yo, en el convoy sanitario de diciembre, convoy de 1.200 enfermos en el que hubiera debido figurar el amnésico si, cuando dejamos el Stalag, no hubiese descansado con su secreto desde hacía diez días cerca del bosquecillo de abetos, en el arenal de la landa azotado por el viento de mar.

Un atardecer... Yo no estaba. El servicio me había enviado con tres enfermeros más a buscar a los KGF enfermos de un Komando lejano. Cuando regresamos me dijeron que había sucumbido de pronto a una fiebre maligna. Dorcières, Desiles y los otros se declararon incapaces de averiguar su dolencia.
Una semana entre la vida y la muerte y, después, un viernes, mientras el viento aullaba entre el tendido eléctrico y una lluvia torrencial repiqueteaba lúgubremente en los tejados de zinc de los barracones, pasó a mejor vida, como quien dice, de repente.
Yo estaba de servicio en  la sala. Aparte la zarabanda en el exterior, todo estaba tranquilo. Los enfermos descansaban sin ruido.
-Burma -me llamó, con un acento triunfante y desgarrador a la vez.
Me extremecí al comprender por el tono en que pronunciaba mi nombre que, al fin, sabía lo que decía. A pesar de las ordenanzas, encendí inmediatamente todas las luces y me acerqué enseguida. Los ojos del amnésico reflejaban un brillo de inteligencia que no le había visto nunca antes. En un suspiro, el hombre dijo:
-Dígale a Hélène... calle de la estación, número 120...
Cayó de nuevo contra el jergón con la frente bañada en sudor y los dientes entrechocando, exangüe, más blanco que la sábana que le cobijaba.
-¿París? -pregunté.
Su mirada se volvió más vivaz. Sin contestar, hizo un amago de gesto, afirmativo. Murió inmediatamente después.
Me quedé perplejo un buen rato. Por fin, advertí la presencia de Bébert junto a mí. Estaba allí desde el principio... pero todo había sido tan rápido...
-Pobre hombre -dijo el bergante-. Y yo que le tomé por un farsante.
Se produjo entonces un fénomeno curioso. El estúpido sentimentalismo del delincuente me liberó el mío. De pronto, dejé de ser el Kriegsgefangene sobre el que pesaban las alambradas hasta el punto de despojarme de toda originalidad y volví a ser Nestor Burma, el verdadero, el director de la agencia Fiat Lux. Dinamita Burma. (Págs. 22-24)