viernes, 20 de febrero de 2015

Corylus avellana - Talo

 Flor femenina del avellano
Flor masculina del avellano

  ( La segunda imagen complementa a la primera.)

   Son flores discretas, sin grandes coloridos, por una razón muy simple: se polinizan por el viento; no necesitan atraer a insectos o aves para reproducirse. En cualquier caso, si acercamos la vista, nuestra atención, podemos descubrir un mundo maravilloso a nuestro alcance, que despierta en estos días iluminado por las luces del rocío... 

    Y, como decía, una palabrita para enriquecer nuestro vocabulario . Las plantas que tienen los sexos separados, es decir, las que tienen ejemplares que son machos, y otros que son hembras, se llaman en botánica dioicas. El término proviene del griego oikos, casa, dando a entender que las flores femeninas y las masculinas, cada una está en plantas diferentes.

domingo, 15 de febrero de 2015

La isla Mínima - Alberto Rodríguez Vs. Julio de la Rosa


Dorón Benatar: El libro de los nombres muertos - Aída Berliavsky

Dorón, año actual 


EL ritual de todos los días para Dorón Benatar consistía en desperezarse como podía cuando saltaba la alarma del despertador y la radio comenzaba a vomitar sin pudor noticias sobre casos de corrupción urbanística, enfrentamientos entre facciones rivales en esta y la otra parte del mundo, machos despechados con manos ensangrentadas después de haber pasado a navaja a quienes decían amar por encima de todo, y así en un suma y sigue tan caótico que lograba hacer que el joven abandonara la cama rápido en busca de la ducha bajo la que sentir la frescura del nuevo día. El agua sobre el rostro despertaba y fortalecía mejor que nada.
   Una vez limpio y afeitado tomaba un breve y ligero desayuno compuesto por más bien poco, como corresponde a un soltero descuidado, y acababa vistiéndose con lo que encontraba. Esa mañana, Dorón enfundó su cuerpo de treinta y dos años en unos pantalones vaqueros, botas italianas de cordón, jersey azul marino de cuello alto, gorro tejido con el que mantener a raya su abundante mata de pelo castaño oscuro, amplia bufanda que anudó coquetamente a su cuello y un abrigo. No podían faltar sus gafas oscuras, que ocultaban unos ojos azules de mirada profunda y con las que se permitía mirar fijamente sin despertar recelo a las personas con las que se cruzaba y recortar a tijera cada uno de sus gestos y movimientos hasta que desaparecían a su espalda.
   Siempre fue un gran observador, incluso desde niño, y ahora, quizá debido a la deformación profesional producto de su oficio, había convertido esa característica en un entretenido ejercicio con el que mantener despiertos sus sentidos mientras caminaba por las calles de Madrid evitando caer en los soliloquios a los que tan aficionado era y que tan peligrosos resultan si se tiene que ir pendiente de aceras reventadas y zanjas sin señalizar. En su caso lo hacía abiertamente, sin disimulo; no había dado dos pasos cuando ya estaba metido en sus propios pensamientos y hablando solo. Prefería eso que hacer lo que hacen otros chiflados que intentan disimular haciendo como que mantienen conversaciones telefónicas a través del manos libres del móvil. No saben que su cara los delata; si uno se les queda mirando fijamente un instante, bajan la cabeza, desvían la mirada y su tono de voz se reduce hasta caer en el murmullo. Los demás, los que sí hablan por el móvil, ni siquiera se dan cuenta del ridículo que hacen confesando ante todos sus intimidades, máxime cuando la conversación transcurre en un autobús.
   "¿Falta de pudor?", se preguntó. "No, tontería de la buena", se respondió de inmediato.
   Al pasar frente al teatro Alcázar, Dorón se paró atraído por las fotos expuestas en su marquesina, que mostraban escenas de la obra Gorda, de Neil Labute, una áspera crítica a ese mundo que vive obsesionado por el culto al cuerpo y que exige a las mujeres, y ahora también a los hombres, sufrir una extrema delgadez casi cadavérica para que luego esa misma sociedad les acuse de anoréxicos crónicos con el dedo inquisidor. No entendía cómo el hecho de comer, un acto que además de primario era cada día más sugerente, se podía convertir en un drama para muchas personas. Había llegado a la conclusión de que para esos hombres y mujeres la superficialidad prima sobre todo lo demás o bien habían elevado a la categoría de dioses a toda esa legión de popes de la moda que con la boca pequeña decían adorar las curvas femeninas y luego escarnecían sin piedad a quienes ellos consideraban gordos. Eso sí, cuando esos mismos maestros y maestras del hilo y la aguja querían echar un polvo lleno de lujuria, no buscaban a un ser lánguido y escuálido, sino a un cachas de discoteca, se dijo observando al detalle las fotos de la representación.
   "Esos metrosexuales dirán lo que quieran, pero esta gorda apetece y enamora". Ya había caído en uno de sus soliloquios de rigor.
   Detalles como esa marquesina teatral reflejaban para Dorón la personalidad de Madrid, un espectáculo inagotable a cualquier hora del día que le obligaba en ocasiones a pararse embelesado ante un edificio, un escaparate o la barra de un bar repleto de tapas con la misma actitud y disposición que lo hacían los turistas perdidos en los detalles, sobrepasados por la belleza que observan; estos últimos eran fácilmente identificables por su lento caminar, su mirada dirigida al cielo y no al suelo y porque congestionaban la acera con sus paradas improvisadas para fotografiarlo todo.
   "Seguramente son de provincia", pensaba cuando los veía. "Los capitalinos viven inmunizados ante la majestuosidad que proporciona la gran ciudad. Si acaso algún domingo se dejan impresionar observando con atención pausada lo que su mirada no registra a diario por ir siempre con prisas y sin ganas."
   Cuando en un vano intento por excusar su indiferencia escuchaba a alguien recurrir al tópico "tantas veces pasando por aquí y hasta ahora no me había dado cuenta", lo remitía a su cuarto nivel de recuerdo para no contar con él, y si además remataba la faena añadiendo "es que va uno pensando en tantas cosas", lo borraba de un plumazo.
   Para él, Madrid era Sherezade, la ávida mujer del sultán de Las Mil y Una Noches que se salvó de no ser degollada como sus antecesoras gracias a su capacidad para sorprender. Todas las noches contaba al maligno consorte una historia tan interesante que evitaba concluir para mantener el interés por la misma, lo que obligaba al sultán a dejarla con vida en su deseo de escuchar el final día tras día.
   Así era la ciudad para Dorón, una historia interminable cada vez más interesante que no podía ser devorada de un solo bocado.

El marciano - Andy Weir

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ENTRADA DE DIARIO: SOL 6

Estoy bien jodido.
Esa es mi considerada opinión.
Jodido.
Llevo seis días de lo que deberían ser los dos meses más extraordinarios de mi vida y que se han convertido en una pesadilla.
Ni siquiera sé quién leerá esto. Supongo que alguien lo encontrará, tarde o temprano. Tal vez dentro de cien años.
Para que conste: yo no fallecí en sol 6. Desde luego, el resto de la tripulación así lo cree y no puedo culparlos. Tal vez habrá un día de duelo nacional por mí y en mi página de la Wikipedia pondrá: «Mark Watney es el único ser humano que ha muerto en Marte.»
Y será cierto, con toda probabilidad. Porque seguramente moriré aquí, pero no lo habré hecho en sol 6 ni cuando todos creen.
Vamos a ver, ¿por dónde empiezo?
El Programa Ares. El intento de la humanidad de llegar a Marte, de enviar gente a otro planeta por primera vez y expandir los horizontes de la humanidad y bla, bla, bla. La tripulación de la misión Ares 1 cumplió su cometido y todos regresaron como héroes. Hubo desfiles y fueron recompensados con la fama y el amor del mundo.
La de la misión Ares 2 consiguió lo mismo en un lugar diferente de Marte. Recibieron un firme apretón de manos y una taza de café caliente cuando llegaron a casa.
La de la misión Ares 3... Bueno, esa era mi misión; vale, no mía per se. La comandante Lewis era quien estaba al mando. Yo solo era un miembro de la tripulación. El de menor graduación, de hecho. Solo habría estado «al mando» de la misión de haber sido el último que quedara.
Mira por donde, estoy al mando.
Me pregunto si recuperarán esta bitácora antes de que el resto de miembros de la tripulación mueran de viejos. Supongo que volverán a la Tierra sanos y salvos. Chicos, si estáis leyendo esto: no fue culpa vuestra. Hicisteis lo que teníais que hacer. En vuestra situación, yo habría hecho lo mismo. No os culpo, y me alegro de que sobrevivierais.


Supongo que debería explicar cómo funcionan las misiones a Marte para cualquier profano en la materia que pueda estar leyendo esto. Llegamos a la órbita de la Tierra del modo habitual, en viaje ordinario hasta la Hermes. Todas las misiones Ares utilizan la Hermes para ir a Marte y volver. Es realmente grande y costó un montón, así que la NASA solo construyó una.
Una vez llegados a la Hermes, cuatro misiones adicionales no tripuladas nos trajeron combustible y víveres mientras nos preparábamos para el viaje. Cuando estuvo todo listo, partimos hacia Marte. No íbamos muy deprisa. Atrás quedaron los días de quemar cantidades ingentes de combustible químico y de las órbitas de inyección transmarcianas.
La Hermes está propulsada por motores iónicos. Expulsan argón por la parte posterior de la nave a mucha velocidad para conseguir una pequeña cantidad de aceleración. La cuestión es que no precisa tanta masa reactiva, así que un poco de argón (y un reactor nuclear para dar potencia) nos permitió acelerar de forma constante hasta aquí. Te asombraría la velocidad que puedes alcanzar con una pequeña aceleración durante un período prolongado.
Podría obsequiaros con historias sobre lo mucho que nos divertimos en el viaje, pero no lo haré. No me siento con ganas de revivirlo ahora mismo. Baste con decir que llegamos a la órbita de Marte ciento veinticuatro días después de despegar sin estrangularnos unos a otros.
Desde allí tomamos el VDM (vehículo de descenso a Marte) hasta la superficie. El VDM es básicamente una lata grande con algunos propulsores ligeros y paracaídas. Su único propósito consiste en llevar a seis humanos de la órbita de Marte a la superficie sin matar a ninguno.
Y ahora llegamos al gran truco de la exploración de Marte: mandar todo lo necesario por anticipado.
Un total de catorce misiones no tripuladas depositaron todo lo que necesitaríamos durante las operaciones de superficie. La NASA hizo todo lo posible para que todas las naves de suministros aterrizaran aproximadamente en la misma zona, y su trabajo fue razonablemente bueno. El material no es ni de lejos tan frágil como los seres humanos y puede impactar en el suelo con mucha fuerza, aunque tiende a rebotar mucho.
Naturalmente, no nos enviaron a Marte hasta que confirmaron que todos los suministros habían llegado a la superficie y sus contenedores estaban intactos. De principio a fin, contando las misiones de suministro, una misión a Marte dura unos tres años. De hecho, ya había material de la misión Ares 3 en camino cuando la tripulación de la Ares 2 todavía estaba regresando a casa.
El elemento más importante de los suministros de avanzadilla, por supuesto, era el VAM. El vehículo de ascenso desde Marte. En él volveríamos a la Hermes una vez terminadas las operaciones de superficie. El VAM aterrizó con suavidad (a diferencia del festival de rebotes de los otros suministros). Por supuesto, se mantenía en comunicación constante con Houston, y si hubiera tenido problemas, habríamos pasado de largo Marte y proseguido sin siquiera pisar su superficie.
El VAM está muy bien. Resulta que gracias a una serie de reacciones químicas con la atmósfera marciana, por cada kilogramo de hidrógeno que traes a Marte puedes producir trece kilos de combustible. Es un proceso lento, eso sí. Hacen falta veinticuatro meses para llenar el depósito. Por eso lo mandan mucho antes de que lleguemos aquí.
Puedes imaginar el disgusto que me llevé cuando descubrí que el VAM ya no estaba.