domingo, 17 de enero de 2016

Marte (The Martian) - Harry Gregson-Williams

Mars

Making Water

Crossing Mars

Un mundo posible


Hospital Sant Pau
Barcelona 2015

El Cártel - Don Winslow

PRIMERA PARTE
LEVANTARSE DEL SUEÑO
Ya es hora de levantarnos del sueño.
Romanos 13,11

1

LOS APICULTORES
Creemos que podemos fabricar miel sin compartir el destino de las abejas.
MURIEL BARBERY,
La elegancia del erizo

Abiquiú, Nuevo México
2004
Suena la campana una hora antes de que amanezca.
El apicultor, liberado de una pesadilla, se levanta.
Su pequeña celda dispone de una cama, una silla y una mesa. Una ventanita en la gruesa pared de adobe da al camino que conduce a la capilla; la grava es plateada bajo la luz de la luna.
En el desierto las mañanas son frías. El apicultor coge una camisa de lana marrón, unos pantalones caqui, unos calcetines gruesos y zapatos de trabajo. Se dirige por el pasillo al baño comunal, donde se cepilla los dientes y se afeita con agua fría, y luego forma cola con los monjes que van a la capilla.
Nadie habla.
A excepción de los cánticos, las oraciones, las reuniones y las conversaciones imprescindibles en el trabajo, el silencio es la norma en el Monasterio de Cristo en el Desierto.
Viven según los dictados del salmo 46, versículo 10: «Estad quietos y conoced que yo soy Dios».
Al apicultor le gusta que sea así. Ya ha oído suficientes palabras.
La mayoría eran mentiras.
En su mundo anterior, todos, incluido él mismo, mentían por costumbre. Cuando menos, uno tenía que mentirse a sí mismo para seguir poniendo un pie delante del otro. Mentía a los demás para sobrevivir.
Ahora busca la verdad en el silencio.
Busca a Dios en él, aunque ahora cree que la verdad y Dios son una misma cosa.
Verdad, quietud y Dios.
Cuando llegó, los monjes no le preguntaron quién era ni de dónde venía. Vieron a un hombre de ojos tristes, con el pelo todavía oscuro pero entreverado de canas y unos hombros de boxeador algo caídos, aunque todavía fuertes. Dijo que buscaba paz, y el hermano Gregory, el abad, respondió que paz era lo único que poseían en abundancia.
El hombre pagó su pequeña habitación en efectivo y al principio se pasaba el día vagando por el desierto, entre los ocotillos y las salvias, paseando hasta el río Chama o subiendo la ladera. A la postre llegó a la capilla y se arrodilló en la parte posterior mientras los monjes entonaban sus oraciones.
Un día, la ruta lo llevó hasta el apiario —situado cerca del río, ya que las abejas necesitan agua— y vio al hermano David manipulando las colmenas. Cuando el hermano David precisó ayuda para mover unos paneles, como era natural en un hombre casi octogenario, él se ofreció. A partir de entonces iba a trabajar cada día al apiario, donde echaba una mano y aprendía la profesión, y cuando, meses después, el hermano David anunció que por fin había llegado la hora de jubilarse, propuso a Gregory que ofreciera el puesto al recién llegado.
—¿Un hombre lego? —preguntó Gregory.
—Se le dan bien las abejas —respondió David.
El recién llegado desempeñaba su labor en silencio y satisfactoriamente. Acataba las normas, asistía a la oración y era el mejor que habían tenido nunca en el apiario. Bajo sus cuidados, las abejas producían una miel de primera calidad, que el monasterio utilizaba en su marca de cerveza, ofrecía a los turistas en tarros de doscientos veinticinco gramos o vendía en Internet.
El apicultor no quería saber nada de la vertiente comercial. Tampoco quería servir las mesas de los huéspedes que pagaban por un retiro, ni trabajar en la cocina o en la tienda de obsequios. Él solo quería atender a sus abejas.
Cuando lo hacía le dejaban en paz, y lleva aquí más de cuatro años. Ni siquiera saben cómo se llama. Es simplemente «el apicultor». Los monjes latinos lo apodan el Colmenero. La primera vez que se dirigieron a él les sorprendió que dominara el español.
Los monjes, por supuesto, hablaban de él las pocas veces que les permitían mantener conversaciones informales. El apicultor era un fugitivo, un gánster, un ladrón de bancos. No, había huido de un matrimonio desdichado, de un escándalo, de un asunto trágico. No, era espía.
La última teoría ganó especial credibilidad tras el incidente del conejo.
En el monasterio había un gran huerto del que los monjes obtenían sus verduras. Como la mayoría de los huertos, era un imán para las plagas, pero había un conejo en particular que estaba causando estragos. Tras una acalorada reunión, el hermano Gregory dio permiso para ejecutar al animal. De hecho, insistió en ello.
La tarea le fue encomendada al hermano Carlos, que se hallaba frente al huerto tratando de dominar la pistola de aire comprimido y su propia conciencia, en ningún caso con demasiado éxito, bajo la atenta mirada de los demás monjes. Le temblaba la mano y se le llenaron los ojos de lágrimas cuando levantó el arma e intentó apretar el gatillo.
Justo entonces pasó por allí el Colmenero, que volvía del apiario. Manteniendo el paso, arrebató la pistola al hermano Carlos y, aparentemente sin apuntar o tan siquiera mirar, disparó. El balín alcanzó al conejo en el cerebro y murió en el acto. Luego, el apicultor le devolvió la pistola y siguió caminando.
Desde entonces se especulaba que había sido agente especial, un 007. El hermano Gregory zanjó las habladurías, que, al fin y al cabo, son pecado.
—Es un hombre en busca de Dios —dijo el abad—. Eso es todo.
Ahora el apicultor se dirige a la capilla para las vigilias, que comienzan a las cuatro en punto de la mañana.
La capilla está hecha de adobe y los cimientos de piedra se extrajeron de las colinas de roca rojiza que flanquean la cara sur del monasterio. La cruz es de madera y ha sufrido los estragos del sol; dentro, cuelga sobre el altar un único crucifijo.
El apicultor entra y se arrodilla.
El catolicismo fue la religión de su juventud. Comulgaba a diario, pero abandonó. Le resultaba ilógico; se sentía muy lejos de Dios. Ahora, él y los demás monjes cantan en latín el salmo 51: «Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza».
Los cánticos lo sumen en una suerte de trance y, como siempre, le sorprende que haya transcurrido una hora y que haya llegado el momento de ir al comedor a tomar el habitual desayuno de avena con una tostada de trigo seco y té. Luego vuelven a rezar, esta vez los laudes, justo cuando el sol asoma por encima de las montañas.
Le encanta este lugar, sobre todo a primera hora de la mañana, cuando la delicada luz baña los edificios de adobe y el sol tiñe el río Chama de un dorado resplandeciente. Se deleita en esos primeros rayos cálidos, en el cactus tomando forma a medida que se repliega la oscuridad, en el crujir de sus pies sobre la grava.
Aquí hay sencillez y paz, y eso es lo que él quiere.
O necesita.
La rutina diaria es siempre la misma: vigilias de 4.00 a 5.15, seguidas del desayuno. Después las laudes de 6.00 a 9.00, trabajo de 9.00 a 12.40 y luego un almuerzo rápido y frugal. Los monjes trabajan hasta las vísperas, a las 17.50, toman una cena ligera a las 18:20 y rezan las completas a las 19.30. Después se acuestan.
Al apicultor le gustan la disciplina y la reglamentación, las largas horas de trabajo en silencio y las horas aún más largas de oración, en especial las vigilias, porque le encanta que se reciten los salmos.
Después de los laudes, atraviesa el valle camino del apiario.
Sus abejas —la variante europea, Apis mellifera— están saliendo a disfrutar del calor de primera hora de la mañana. Son inmigrantes; la especie se originó en el norte de África y fue transportada a América por colonos blancos en el siglo XVII. Su vida es corta. Una obrera puede vivir entre unas semanas y unos meses, y una reina puede durar tres o cuatro años, aunque se conocen algunos casos que han vivido hasta ocho. El apicultor se ha acostumbrado a la atrición; cada día muere un uno por ciento de sus abejas, lo cual significa que, cada cuatro meses, la colonia está habitada por una población totalmente nueva.
Eso es irrelevante.
La colonia es un superorganismo, es decir, un organismo formado por muchos organismos.
El individuo no importa.
Lo único que importa es la supervivencia de la colonia y la producción de miel.
Las veinte colmenas Langstroth están construidas con cedro rojo y tienen una estructura rectangular móvil, tal como dicta la comodidad y exige la ley. El apicultor levanta la tapa exterior del recipiente de miel de una de las colmenas y comprueba que haya producto en abundancia. Luego la vuelve a poner en su sitio cuidadosamente para no molestar a las abejas.
Se cerciora de que el agua esté fresca.
Después coge la bandeja inferior de una de las colmenas, saca la pistola Sig Sauer de 9 milímetros y mira si está cargada.

viernes, 20 de febrero de 2015

Corylus avellana - Talo

 Flor femenina del avellano
Flor masculina del avellano

  ( La segunda imagen complementa a la primera.)

   Son flores discretas, sin grandes coloridos, por una razón muy simple: se polinizan por el viento; no necesitan atraer a insectos o aves para reproducirse. En cualquier caso, si acercamos la vista, nuestra atención, podemos descubrir un mundo maravilloso a nuestro alcance, que despierta en estos días iluminado por las luces del rocío... 

    Y, como decía, una palabrita para enriquecer nuestro vocabulario . Las plantas que tienen los sexos separados, es decir, las que tienen ejemplares que son machos, y otros que son hembras, se llaman en botánica dioicas. El término proviene del griego oikos, casa, dando a entender que las flores femeninas y las masculinas, cada una está en plantas diferentes.

domingo, 15 de febrero de 2015

La isla Mínima - Alberto Rodríguez Vs. Julio de la Rosa


Dorón Benatar: El libro de los nombres muertos - Aída Berliavsky

Dorón, año actual 


EL ritual de todos los días para Dorón Benatar consistía en desperezarse como podía cuando saltaba la alarma del despertador y la radio comenzaba a vomitar sin pudor noticias sobre casos de corrupción urbanística, enfrentamientos entre facciones rivales en esta y la otra parte del mundo, machos despechados con manos ensangrentadas después de haber pasado a navaja a quienes decían amar por encima de todo, y así en un suma y sigue tan caótico que lograba hacer que el joven abandonara la cama rápido en busca de la ducha bajo la que sentir la frescura del nuevo día. El agua sobre el rostro despertaba y fortalecía mejor que nada.
   Una vez limpio y afeitado tomaba un breve y ligero desayuno compuesto por más bien poco, como corresponde a un soltero descuidado, y acababa vistiéndose con lo que encontraba. Esa mañana, Dorón enfundó su cuerpo de treinta y dos años en unos pantalones vaqueros, botas italianas de cordón, jersey azul marino de cuello alto, gorro tejido con el que mantener a raya su abundante mata de pelo castaño oscuro, amplia bufanda que anudó coquetamente a su cuello y un abrigo. No podían faltar sus gafas oscuras, que ocultaban unos ojos azules de mirada profunda y con las que se permitía mirar fijamente sin despertar recelo a las personas con las que se cruzaba y recortar a tijera cada uno de sus gestos y movimientos hasta que desaparecían a su espalda.
   Siempre fue un gran observador, incluso desde niño, y ahora, quizá debido a la deformación profesional producto de su oficio, había convertido esa característica en un entretenido ejercicio con el que mantener despiertos sus sentidos mientras caminaba por las calles de Madrid evitando caer en los soliloquios a los que tan aficionado era y que tan peligrosos resultan si se tiene que ir pendiente de aceras reventadas y zanjas sin señalizar. En su caso lo hacía abiertamente, sin disimulo; no había dado dos pasos cuando ya estaba metido en sus propios pensamientos y hablando solo. Prefería eso que hacer lo que hacen otros chiflados que intentan disimular haciendo como que mantienen conversaciones telefónicas a través del manos libres del móvil. No saben que su cara los delata; si uno se les queda mirando fijamente un instante, bajan la cabeza, desvían la mirada y su tono de voz se reduce hasta caer en el murmullo. Los demás, los que sí hablan por el móvil, ni siquiera se dan cuenta del ridículo que hacen confesando ante todos sus intimidades, máxime cuando la conversación transcurre en un autobús.
   "¿Falta de pudor?", se preguntó. "No, tontería de la buena", se respondió de inmediato.
   Al pasar frente al teatro Alcázar, Dorón se paró atraído por las fotos expuestas en su marquesina, que mostraban escenas de la obra Gorda, de Neil Labute, una áspera crítica a ese mundo que vive obsesionado por el culto al cuerpo y que exige a las mujeres, y ahora también a los hombres, sufrir una extrema delgadez casi cadavérica para que luego esa misma sociedad les acuse de anoréxicos crónicos con el dedo inquisidor. No entendía cómo el hecho de comer, un acto que además de primario era cada día más sugerente, se podía convertir en un drama para muchas personas. Había llegado a la conclusión de que para esos hombres y mujeres la superficialidad prima sobre todo lo demás o bien habían elevado a la categoría de dioses a toda esa legión de popes de la moda que con la boca pequeña decían adorar las curvas femeninas y luego escarnecían sin piedad a quienes ellos consideraban gordos. Eso sí, cuando esos mismos maestros y maestras del hilo y la aguja querían echar un polvo lleno de lujuria, no buscaban a un ser lánguido y escuálido, sino a un cachas de discoteca, se dijo observando al detalle las fotos de la representación.
   "Esos metrosexuales dirán lo que quieran, pero esta gorda apetece y enamora". Ya había caído en uno de sus soliloquios de rigor.
   Detalles como esa marquesina teatral reflejaban para Dorón la personalidad de Madrid, un espectáculo inagotable a cualquier hora del día que le obligaba en ocasiones a pararse embelesado ante un edificio, un escaparate o la barra de un bar repleto de tapas con la misma actitud y disposición que lo hacían los turistas perdidos en los detalles, sobrepasados por la belleza que observan; estos últimos eran fácilmente identificables por su lento caminar, su mirada dirigida al cielo y no al suelo y porque congestionaban la acera con sus paradas improvisadas para fotografiarlo todo.
   "Seguramente son de provincia", pensaba cuando los veía. "Los capitalinos viven inmunizados ante la majestuosidad que proporciona la gran ciudad. Si acaso algún domingo se dejan impresionar observando con atención pausada lo que su mirada no registra a diario por ir siempre con prisas y sin ganas."
   Cuando en un vano intento por excusar su indiferencia escuchaba a alguien recurrir al tópico "tantas veces pasando por aquí y hasta ahora no me había dado cuenta", lo remitía a su cuarto nivel de recuerdo para no contar con él, y si además remataba la faena añadiendo "es que va uno pensando en tantas cosas", lo borraba de un plumazo.
   Para él, Madrid era Sherezade, la ávida mujer del sultán de Las Mil y Una Noches que se salvó de no ser degollada como sus antecesoras gracias a su capacidad para sorprender. Todas las noches contaba al maligno consorte una historia tan interesante que evitaba concluir para mantener el interés por la misma, lo que obligaba al sultán a dejarla con vida en su deseo de escuchar el final día tras día.
   Así era la ciudad para Dorón, una historia interminable cada vez más interesante que no podía ser devorada de un solo bocado.

El marciano - Andy Weir

1

ENTRADA DE DIARIO: SOL 6

Estoy bien jodido.
Esa es mi considerada opinión.
Jodido.
Llevo seis días de lo que deberían ser los dos meses más extraordinarios de mi vida y que se han convertido en una pesadilla.
Ni siquiera sé quién leerá esto. Supongo que alguien lo encontrará, tarde o temprano. Tal vez dentro de cien años.
Para que conste: yo no fallecí en sol 6. Desde luego, el resto de la tripulación así lo cree y no puedo culparlos. Tal vez habrá un día de duelo nacional por mí y en mi página de la Wikipedia pondrá: «Mark Watney es el único ser humano que ha muerto en Marte.»
Y será cierto, con toda probabilidad. Porque seguramente moriré aquí, pero no lo habré hecho en sol 6 ni cuando todos creen.
Vamos a ver, ¿por dónde empiezo?
El Programa Ares. El intento de la humanidad de llegar a Marte, de enviar gente a otro planeta por primera vez y expandir los horizontes de la humanidad y bla, bla, bla. La tripulación de la misión Ares 1 cumplió su cometido y todos regresaron como héroes. Hubo desfiles y fueron recompensados con la fama y el amor del mundo.
La de la misión Ares 2 consiguió lo mismo en un lugar diferente de Marte. Recibieron un firme apretón de manos y una taza de café caliente cuando llegaron a casa.
La de la misión Ares 3... Bueno, esa era mi misión; vale, no mía per se. La comandante Lewis era quien estaba al mando. Yo solo era un miembro de la tripulación. El de menor graduación, de hecho. Solo habría estado «al mando» de la misión de haber sido el último que quedara.
Mira por donde, estoy al mando.
Me pregunto si recuperarán esta bitácora antes de que el resto de miembros de la tripulación mueran de viejos. Supongo que volverán a la Tierra sanos y salvos. Chicos, si estáis leyendo esto: no fue culpa vuestra. Hicisteis lo que teníais que hacer. En vuestra situación, yo habría hecho lo mismo. No os culpo, y me alegro de que sobrevivierais.


Supongo que debería explicar cómo funcionan las misiones a Marte para cualquier profano en la materia que pueda estar leyendo esto. Llegamos a la órbita de la Tierra del modo habitual, en viaje ordinario hasta la Hermes. Todas las misiones Ares utilizan la Hermes para ir a Marte y volver. Es realmente grande y costó un montón, así que la NASA solo construyó una.
Una vez llegados a la Hermes, cuatro misiones adicionales no tripuladas nos trajeron combustible y víveres mientras nos preparábamos para el viaje. Cuando estuvo todo listo, partimos hacia Marte. No íbamos muy deprisa. Atrás quedaron los días de quemar cantidades ingentes de combustible químico y de las órbitas de inyección transmarcianas.
La Hermes está propulsada por motores iónicos. Expulsan argón por la parte posterior de la nave a mucha velocidad para conseguir una pequeña cantidad de aceleración. La cuestión es que no precisa tanta masa reactiva, así que un poco de argón (y un reactor nuclear para dar potencia) nos permitió acelerar de forma constante hasta aquí. Te asombraría la velocidad que puedes alcanzar con una pequeña aceleración durante un período prolongado.
Podría obsequiaros con historias sobre lo mucho que nos divertimos en el viaje, pero no lo haré. No me siento con ganas de revivirlo ahora mismo. Baste con decir que llegamos a la órbita de Marte ciento veinticuatro días después de despegar sin estrangularnos unos a otros.
Desde allí tomamos el VDM (vehículo de descenso a Marte) hasta la superficie. El VDM es básicamente una lata grande con algunos propulsores ligeros y paracaídas. Su único propósito consiste en llevar a seis humanos de la órbita de Marte a la superficie sin matar a ninguno.
Y ahora llegamos al gran truco de la exploración de Marte: mandar todo lo necesario por anticipado.
Un total de catorce misiones no tripuladas depositaron todo lo que necesitaríamos durante las operaciones de superficie. La NASA hizo todo lo posible para que todas las naves de suministros aterrizaran aproximadamente en la misma zona, y su trabajo fue razonablemente bueno. El material no es ni de lejos tan frágil como los seres humanos y puede impactar en el suelo con mucha fuerza, aunque tiende a rebotar mucho.
Naturalmente, no nos enviaron a Marte hasta que confirmaron que todos los suministros habían llegado a la superficie y sus contenedores estaban intactos. De principio a fin, contando las misiones de suministro, una misión a Marte dura unos tres años. De hecho, ya había material de la misión Ares 3 en camino cuando la tripulación de la Ares 2 todavía estaba regresando a casa.
El elemento más importante de los suministros de avanzadilla, por supuesto, era el VAM. El vehículo de ascenso desde Marte. En él volveríamos a la Hermes una vez terminadas las operaciones de superficie. El VAM aterrizó con suavidad (a diferencia del festival de rebotes de los otros suministros). Por supuesto, se mantenía en comunicación constante con Houston, y si hubiera tenido problemas, habríamos pasado de largo Marte y proseguido sin siquiera pisar su superficie.
El VAM está muy bien. Resulta que gracias a una serie de reacciones químicas con la atmósfera marciana, por cada kilogramo de hidrógeno que traes a Marte puedes producir trece kilos de combustible. Es un proceso lento, eso sí. Hacen falta veinticuatro meses para llenar el depósito. Por eso lo mandan mucho antes de que lleguemos aquí.
Puedes imaginar el disgusto que me llevé cuando descubrí que el VAM ya no estaba.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Belchite en la bruma - Laura


Octavio Paz - Decir, hacer

Decir, hacer 

 A Roman Jakobson 

 Entre lo que veo y digo,
 Entre lo que digo y callo,
 Entre lo que callo y sueño,
 Entre lo que sueño y olvido
 La poesía.
 Se desliza entre el sí y el no:
 dice
 lo que callo,
 calla
 lo que digo,
 sueña
 lo que olvido.
 No es un decir: 
es un hacer.
 Es un hacer
 que es un decir.
 La poesía
 se dice y se oye:
 es real.
 Y apenas digo
 es real,
 se disipa.
 ¿Así es más real?
 Idea palpable, 
palabra 
impalpable: 
la poesía
 va y viene
 entre lo que es
 y lo que no es. 
Teje reflejos 
y los desteje. 
La poesía
 siembra ojos en las páginas 
siembra palabras en los ojos. 
Los ojos hablan 
las palabras miran, 
las miradas piensan. 
Oír 
los pensamientos, 
ver 
lo que decimos
 tocar
 el cuerpo
 de la idea. 
Los ojos
 se cierran 
Las palabras se abren

jueves, 18 de diciembre de 2014

El caso del mayordomo asesinado - Marco Malvaldi

Epílogo

FLORENCIA, sábado I de julio de 1895

Finalmente, después de largas pruebas, he conseguido obtener el brazo de gitano salado que probé en el transcurso de mi tan extraña visita al castillo de Roccapendente. Tras varios fracasos, he entendido que es fundamental añadir los ingredientes en orden, uno a la vez, y dejar cocer cada uno el tiempo necesario, ya que cada componente de este pastel requiere su tiempo para adquirir la consistencia y el sabor correctos.
También resulta fundamental que los ingredientes sean de la máxima calidad, aunque esto lo sabe todo el que cocine: no existen los pimientos como categoría platónica e inmutable, cada pimiento es distinto. Sin embargo, si se encuentra un comerciante de confianza y se está con los ojos bien abiertos, sin tirar la pieza podrida, sino cortando con un cuchillito la parte fea, se puede gastar muy poco dinero.
Pero dejemos estos comentarios de viejo chocho. A continuación transcribo la receta, que he decidido realizar sólo para mi gusto y el de mis invitados y que no reproduciré en mi manual; me gusta narrar las anécdotas ligadas a cada plato, y en este caso son tantas las historias que tendría que contar que exigirían un libro aparte.

Brazo de gitano salado

Atún en aceite, 500gr; Pimientos amarillos, 2; Pan duro, 300gr; Aceitunas negras, 100gr; Huevos, 2; Leche, 2 dl, Aceite, 3 cucharadas; Mantequilla, 20 gr; Pan rallado, 40 gr; Nata, de la más fina, 0,5 dl; Tallos de apio de un palmo de longitud, 2; Perejil, unas hojitas.

Si se dispone de aceitunas ligures, el plato gana mucho.
Pasar los pimientos por el fuego para pelarlos con facilidad, frotándolos sobre papel absorbente; mondarlos, quitarles las semillas y cortarlos en trocitos. En una sartén grande, sofreír el apio en tiras finas y cuando coja color, añadir el pimiento y cocer por el tiempo de un saludo a una hermosa dama.
Entre tanto, ablandar el pan en la leche después de que hierva.
Agregar el atún, tras desmenuzarlo con un tenedor, y dejar que se reduzca. A continuación, sin parar de revolver, añadir las aceitunas deshuesadas, el pan ablandado y escurrido, perejil, sal y pimienta. Dejar enfriar.
Pasar la mezcla a un cuenco, incorporar los huevos y trabajar bien con las manos; ligar con la nata.
Engrasar una fuente de aluminio y espolvorear con la mitad del pan rallado; verter la mezcla, cubrir la superficie con el resto del pan rallado y cocerlo en el horno o en el horno de campaña.
Esta receta servirá para cuatro personas, e incluso más, si se conforman.

martes, 16 de diciembre de 2014

Wassily Kandinsky (1866-1944) - Pareja montando a caballo


(1906), Óleo sobre lienzo, Puntillismo-Fauvismo

El señor del carnaval - Craig Russell

11

[...]
Cuando se acercaba a la Jungfernstieg oyó música. Fabel vio a un grupo de unos doce hombres y mujeres cantando en un idioma que no hacía falta comprender para saber que su canción hablaba sobre el dolor y la tristeza. El coro permanecía en la ancha acera, a pocos metros del arco déco de entrada al Alsterhaus. Tres hombres de aspecto eslavo, cual pescadores en un río, trataban de atraer la atención de los transeúntes. Uno de ellos se acercó a Fabel.
—Estamos recogiendo firmas, señor. Me pregunto si puedo pedirle un poco de su tiempo.
—Me temo que...
—Lo siento, señor, no quiero retenerle, pero, ¿ha oído usted hablar del Holodomor?
El eslavo lo miraba con ojos serios e inquisitivos. Fabel se fijó en sus ojos, de un azul penetrante y frío, como el cielo de aquella mañana de invierno. Sintió una sacudida en el estómago al recordar a otro eslavo de ojos penetrantes que había conocido.
—¿Es usted ucraniano? — le preguntó Fabel.
—Sí, lo soy. — El eslavo sonrió—. El Holodomor fue el genocidio deliberado de mi pueblo, llevado a cabo por la Unión Soviética y Stalin. Murieron entre siete y diez millones de ucranianos, un cuarto de la población. Los soviéticos los dejaron morir de hambre entre 1932 y 1933. —Con un gesto abrió la carpeta que sostenía debajo de su sujetapapeles, llena de viejas fotos en blanco y negro, imágenes de la miseria humana: niños escuálidos, cuerpos tirados por las calles, enormes fosas comunes en las que echaban cuerpos cadavéricos. Las imágenes eran reminiscencias de las que Fabel había aprendido a asociar al Holocausto—. Hubo un momento en el que cada día morían 25.000 ucranianos. Fuera de Ucrania, prácticamente nadie sabe del Holodomor. Incluso allí, hasta después de la independencia no empezamos a hablar de ello abiertamente. Rusia todavía se niega a reconocer que el Holodomor fue un acto deliberado de genocidio, y lo atribuye a la colectivización incompetente de los comisarios de Stalin.
—¿Y ustedes lo cuestionan? — dijo Fabel. Miró el reloj para saber cuánto tiempo le quedaba antes de encontrarse con Suzanne en la planta superior del Alsterhaus.
—Es una falsedad absoluta — prosiguió el eslavo, impertérrito—. La gente se moría de hambre en toda la Unión Soviética por la absurda manía de Stalin de colectivizarlo todo, eso es cierto, pero en 1927 empezamos a «ucranizar» nuestro país. Convertimos el ucraniano, no el ruso, en nuestra lengua oficial. Stalin nos vio como una amenaza, de modo que trató de exterminarnos dejándonos morir de hambre, y eliminó a más del 25 por ciento de la población. Por favor, su firma nos ayudará a que este crimen sea reconocido por lo que fue: un genocidio. Necesitamos que el gobierno alemán, el inglés y otros hagan lo que España ya ha hecho y reconozcan formalmente el Holodomor como un crimen contra la humanidad.
—Lo lamento. No digo que no vaya a apoyar su postura, pero no puedo firmarle esto hasta que sepa más de lo que ocurrió. Necesito investigar más por mi cuenta.
—Lo comprendo — le dio un folleto a Fabel—. Aquí se indica dónde puede encontrar más información, no sólo de nuestra organización. Pero, por favor, señor, cuando haya leído todo esto, entre en nuestra página web y añada su nombre a nuestra lista.
Cuando Fabel levantó la vista del folleto el ucraniano ya estaba abordando a otro transeúnte de la marea que llenaba la acera.


------------------------------------------------------------------------------
http://es.wikipedia.org/wiki/Holodomor

lunes, 1 de diciembre de 2014

Dolores Redondo: Ofrenda a la tormenta

13

[...]
   Amaia se quedó en silencio durante unos segundos, desvió la mirada de los inquisitivos ojos de Sarasola y miró a través de la ventana hacia el oscuro cielo de Pamplona. Los hombres permanecían en silencio, conscientes de que a pesar de la quietud aparente en la mente de la inspectora los engranajes giraban a toda velocidad. Cuando Amaia volvió a mirar al interior de la sala y a Sarasola, las dudas en su rostro habían sido sustituidas por la determinación.
   —Doctor Sarasola, ¿sabe qué es un Inguma? 
  —Mau mau o Inguma. No qué es, sino quién es. La demonología sumeria lo llama Lamashtu, un espíritu maligno tan antiguo como el mundo, uno de los demonios más horribles y despiadados, sólo superado por Pazuzu, que es el nombre que los sumerios dan a Lucifer, el primer y más importante demonio. Lamashtu arrancaba de los brazos de las madres a niños de pecho para comerse su carne y beberse la sangre, y también provocaba la muerte súbita de los bebés en la cuna. Esa muerte súbita durante el sueño provocada por algún ser maligno está presente en las culturas más antiguas. En Turquía recibe el nombre de «demonio aplastante»; en África, su nombre se traduce literalmente como «demonio que cabalga a tu espalda»; la etnia hmong lo llama «demonio torturador», y en Filipinas se conoce como bangungut, y el ser que lo provoca es una vieja que recibe el nombre de Batibat. En Japón, el síndrome de muerte súbita durante el sueño se conoce como pokkuri. El pintor Henry Fuseli lo retrató en su famoso cuadro La pesadilla; en él se ve a una joven dormida en un diván y a un demonio que se sienta sobre ella con gesto ruin mientras, ajena a su presencia, la mujer parece sufrir atrapada en un mal sueño. Recibe muchos nombres, pero su proceder es siempre el mismo: penetra por la noche en la estancia de los que duermen, se sienta sobre sus pechos y en ocasiones aprieta su cuello causándoles una terrible sensación de ahogo que puede ocurrir dentro de la propia pesadilla, de la que son conscientes, pero en la que no pueden despertarse ni moverse. Otras veces Inguma aplica su boca sobre la del durmiente robándole el aliento hasta que muere.

La pesadilla - Henry Füssli

(1781) Óleo sobre lienzo. Romanticismo

Jorge Martínez Reverte : Gálvez entre los leones

[...]
—Muy agudo, muy agudo. Bueno, has empezado muy bien. Se trata de que lleves la dirección de comunicación de una empresa de ese estilo en Asturias. La gran diferencia, y ahí está el valor añadido, es que los habitantes de la cueva estarán vivos. O sea, que los visitantes podrán compartir con ellos los paseos, las jornadas de caza, las comidas... Genial, ¿no? Una idea revolucionaria. Imagínate lo que puede ser para una familia de Madrid pasar un fin de semana, todos vestidos con pieles, durmiendo en una cueva llena de seres primitivos, haciendo fuego para calentarse, comiendo con las manos, montando a lomos de asturcones sin silla... Una experiencia inolvidable. No hay nada que se le parezca en todo el mundo. Lo hemos estudiado. El nuevo gobierno asturiano necesita ideas. Ya he hablado con los de arriba y nos van a dar las subvenciones que haga falta. En Asturias no funciona el turismo, porque el tiempo es siempre imposible de predecir, y si se predice es para anunciar que va a ser malo. Nosotros hemos encontrado la solución a ese problema. ¿Conoces tú algo más estable que una cueva? Siempre la misma temperatura, y no llueve. Lo mismo en invierno que en verano. O sea, que encima nos va a salir barato. Todas las ayudas públicas y poca inversión. Y ni hay que hablar con Hacienda, porque dependemos de una fundación que se ocupa de buscar adaptación a minorías étnicas. ¿Qué te parece?    —Asombroso.
   ¿Había algo más que decir?
    Después de semejante exposición me tomé la copa de anís. Y al cabo de media hora salí del bar con una generosa propuesta de trabajo que comprendía mil euros limpios al mes, alojamiento gratuito fuera de la cueva, ayuda para comida y un teléfono móvil de última generación. Si quería Internet para uso particular, me lo tendría que contratar yo. Pero, en las horas de trabajo, sería a cargo de Bigoret y los suyos, porque en la cueva, eso sí, habría wi-fi.
   —Una ucronía. —Me dejé llevar por la pedantería.
   —No, no, sin cables. Wi-fi quiere decir sin cables.
 Asombroso.
   Pero más asombroso aún fue que Bigoret me entregó dos mil euros para los primeros gastos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Píramo y Tisbe - Pierre-Claude Gautherot


(1799) Óleo sobre lienzo


Píramo y Tisbe (en griego, Πύραμος καὶ Θίσβη: Pýramos kaì Thísbê) son dos amantes legendarios de la mitología griega y romana. Su historia, de inspiración oriental, se encuentra entre el mito y la literatura. En realidad, este relato sentimental es mencionado por primera vez por Higino (Fábulae, 142 y 143), quien sólo habla de su suicidio.1 Es Ovidio (en Las metamorfosis, IV) quien narra su leyenda

  Leyenda


Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que vivieron durante el reinado de Semíramis. Habitaban en viviendas vecinas y se amaban a pesar de la prohibición de sus padres. Se comunicaban con miradas y signos hasta descubrir una estrecha grieta en el muro que separaba las casas en la que sólo la voz atravesaba tan estrecha vía y los tiernos mensajes pasaban de un lado a otro por la hendidura. Así pudieron hablarse, enamorarse y desearse cada vez más intensamente, hasta que una noche acordaron que a la noche siguiente, cuando todo quedara en silencio, huirían sin que los vieran y se encontrarían junto al monumento de Nino, al amparo de un moral blanco que allí había al lado de una fuente. Tisbe llegó primero, pero una leona que regresó de una cacería a beber de la fuente la atemorizó y huyó al verla, buscando refugio en el hueco de una roca. En su huída, dejó caer el velo. La leona jugueteó con el velo, manchándolo de sangre. Al llegar, Píramo descubrió las huellas y el velo manchado de sangre, y creyó que la leona había matado a Tisbe, su amada, y sacó su puñal y se lo clavó en el pecho. Su sangre tiñó de púrpura los frutos del árbol, de ahí viene el color de las moras según Ovidio. De hecho, dentro de la tradición latina, el término Pyramea arbor («árbol de Píramo») se usaba para designar a la morera. Tisbe, con miedo, salió cuidadosamente de su escondite. Cuando llegó al lugar vio que las moras habían cambiado de color y dudó de si era o no el sitio convenido. En cuanto vio a Píramo, su amado, con el puñal en el pecho y todo cubierto de sangre, le abrazó y, a su vez, le sacó el puñal del pecho a Píramo y se suicidó clavándose el mismo puñal. Los dioses, apenados por la tragedia, hicieron que los padres de los amantes permitiesen sepultar los cuerpos juntos, y desde aquel día los frutos de la morera quedaron teñidos de púrpura.

Luis de Góngora (1561- 1627) - Ándeme yo caliente

 Ándeme yo caliente 
Y ríase la gente.

Traten otros del gobierno 
Del mundo y sus monarquías, 
Mientras gobiernan mis días 
Mantequillas y pan tierno, 
Y las mañanas de invierno 
Naranjada y aguardiente, 
Y ríase la gente. 

 Coma en dorada vajilla
 El príncipe mil cuidados, 
Cómo píldoras dorados; 
Que yo en mi pobre mesilla 
Quiero más una morcilla 
Que en el asador reviente, 
Y ríase la gente. 

 Cuando cubra las montañas 
De blanca nieve el enero, 
Tenga yo lleno el brasero 
De bellotas y castañas, 
Y quien las dulces patrañas
 Del Rey que rabió me cuente, 
Y ríase la gente. 

 Busque muy en hora buena 
El mercader nuevos soles; 
Yo conchas y caracoles 
Entre la menuda arena, 
Escuchando a Filomena 
Sobre el chopo de la fuente, 
Y ríase la gente. 

 Pase a media noche el mar, 
Y arda en amorosa llama 
Leandro por ver a su Dama; 
Que yo más quiero pasar 
Del golfo de mi lagar 
La blanca o roja corriente, 
Y ríase la gente. 

 Pues Amor es tan cruel, 
Que de Píramo y su amada 
Hace tálamo una espada, 
Do se junten ella y él, 
Sea mi Tisbe un pastel, 
Y la espada sea mi diente, 
Y ríase la gente

lunes, 24 de noviembre de 2014

En la mesilla desnuda


Jorge Luis Borges - Un patio

 Con la tarde
 se cansaron los dos o tres colores del patio.
 Esta noche, la luna, el claro círculo,
 no domina su espacio.
 Patio, cielo encauzado.
 El patio es el declive
 por el cual se derrama el cielo en la casa.
 Serena,
 la eternidad espera en la encrucijada de estrellas. 
Grato es vivir en la amistad oscura 
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Manuel M.S. - Faceboot y las sombras de un Gay.

Acerté a leer un comentario que hacía un señor en el Faceboot sobre la sensibilidad,y que poseía una agradable sonrisa, o sea, buena persona. Lo digo por la sonrisa y es que la sonrisa según yo, o sea, para mí, dice mucho de una persona. Yo veo a una persona y soy incapaz de calibrarla, totalmente...¡hasta que sonríe! Ahí yo ya, o sea, ya calibro. Le responde un joven, al mayor,que con la lectura, o sea, leyendo, se desarrolla la sensibilidad. Yo es que me gusta leer a la gente porque se aprende mucho y cuando leí lo de la sensibilidad, ¡cosa más fina!, y que la lectura la desarrolla, busqué libros para que mi Toñi leyera, pero las novelas que me aconsejaron para una que comenzaba eran subiditas de tono, vamos unas guarradas y recordé que mi madre tenía en el desván unas novelas cortitas que eran las que leía ella de joven ¡y no tan joven! y se las pedí. Yo no he visto cosa más eficaz; mi niña se volvió la más sensible de las sensibles ¡Como que leía una y era un puro suspirar, y un enjugarse las lagrimas y un sonarse los mocos...! Yo no es que quisiera volverme sensible porque ya no está una para modas, pero me picaba la curiosidad, o sea, que yo quería saber por qué mi Toñi cogía esas llantinas y cogí uno de esos libritos. La autora era Corin Tellado y el libro, o sea, el que leí, contaba la historia de una chica enamorada...¡En fin, que al final cuando parecía que no, se casaba con el padre de su hijo! Leí otra y también era mas o menos lo mismo. Si es verdad, daba pena, pero no para esos suspiros, esas lágrimas, esas mucosidades. Claro, es que a la gente joven le tira mucho la moda y parece que la sensibilidad se lleva mucho. El otro día estaba con la Rosi y la Mari Jose en un bar y salieron unas tías con las tetas al aire gritando no sé que de los petróleos y le dice una a otra que estaba con ella "Protestan porque tienen sensibilidad" Cuando llegue a casa tengo que hablar con mi Toñi vaya, con esto de la moda, a enseñar las tetas por ahí. No se yo si esto es bueno, aunque peor era lo otro, o sea, lo de antes, cuando no leían. Me contó mi abuela que una amiga suya, que era muy lista, o sea, que hablaba bien y sabia leer y escribir, se quedó solterona porque cuando los pretendientes se enteraban que era aficionada a la lectura la dejaban. La madre de uno de ellos le dijo a su hijo cuando este se enteró que leía y no pensaba dejarla "¡Que quieres que seamos la vergüenza de la calle!" Pero de esto hace muchos, muchos años, o sea, muchos años. No me gusta ver a mi Toñi tan sensible; con lo del piercing vale, con lo del tatuaje allí abajo..."¡Pues la Reme lleva uno más grande!", pero esto, esto, o sea, esto NO, así que mañana le escondo a la Corin y le compro una "trelogía" que me han dicho que es antisensibilidad garantizada. Ay!, ya me acordaré...Algo de sombras de un Gay.

Rafael (1483-1520) - El Cardenal

(1510) Óleo sobre tabla. Renacimiento Italiano, Clasicismo.

Verás el cielo abierto - Manuel Vicent

   Antes de la guerra esa alquería tenía una sencillez habitable, pero nada confortable. Se componía de un salón con chimenea y un altillo donde había un camastro, un desván y una galería abierta a poniente, de una austeridad huertana. Tenía una cocina muy rudimentaria, con un aljibe, pero la comida se guisaba a la intemperie cuando el tiempo era bueno, y todas las funciones fisiológicas también se realizaban bajo el cielo azul o lleno de estrellas. Detrás había un establo para dos caballerías y una corraliza para los aperos de labranza. Los únicos muebles eran dos mecedoras y un sillón de muelles que yo conocí ya desventrado. Desde la carretera real se accedía a aquella alquería por un camino de palmeras y lo más hermoso eran los naranjos que la rodeaban, algunos jazmines y madreselvas, el kaki, el membrillero, el cerezo y la morera, que daban sombra a la pequeña explanada de tierra batida que se extendía ante la puerta de la casa. Aquel paraíso me fue revelado después de la guerra, cuando todo era ya una ruina habitada por un fantasma. Dentro ya no quedaba nada, ni siquiera una silla rota, salvo aquel sillón rojo que el fantasma usaba para meditar sobre las plagas de las frutas o para descansar de regreso de las cacerías.
   Cuando estuve allí por primera vez yo tenía seis años y recuerdo que en una de las paredes desconchadas colgaba un calendario atrasado y cada una de sus doce hojas correspondía a un cuadro del museo del Prado. A la sombra de la morera, mientras daba grasa a los cañones de su escopeta o fabricaba sus propios cartuchos con un artilugio alemán, mi tío me contaba historias, que yo unas veces creía y otras no. Un día me dijo:
   —En guerra, por ese camino de las palmeras llegó en busca de refugio un convoy militar que se dirigía a Cataluña desde Valencia por la carretera real. Eran tres camiones con una carga tapada con telas embreadas al mando de seis oficiales de la República, con tres conductores milicianos y un paisano, en total diez, y yo les tuve que dar de comer a todos, lo recuerdo como si fuera ayer. Había cazado unas codornices, las naranjas y los kakis estaban maduros, tenía frutas confitadas y aceitunas amargas. Había distintas hierbas de ensalada, pan de higo y toda clase de hortalizas para el puchero. Esos militares comieron tres días seguidos de lo que yo les di. Pasó una cosa extraña. En cuanto llegaron, el caballo comenzó a relinchar como nunca lo había hecho hasta entonces. Relinchó tres noches seguidas sin parar, casi hasta la extenuación, mientras el convoy estuvo aquí. Uno de aquellos hombres, que decía ser artista escultor, me preguntó:
   —¿Qué le pasa al animal?
   —No lo sé —le dije.
   —Tanto relincho no será un mal presagio, ¿verdad?
   —Los caballos siempre delatan cuándo cerca de ellos sucede algo muy importante.
   Entonces el capitán que iba al mando bromeó diciendo que a lo mejor el animal relinchaba porque la carga que llevaban era de mucho valor, y no añadió nada más. Eran unas cajas de madera numeradas y en cada tapa estaban escritos con alquitrán los nombres de cuadros famosos que venían en los libros de la escuela.
   Para dar fuerza a sus palabras el tío Manuel dejó de dar grasa a la escopeta, puso su mano en mi hombro y habló con más lentitud.
   —Mira, esta alquería llena de telarañas como ahora la ves fue durante unos días el museo del Prado. Muchos de sus cuadros, los de Goya, de Velázquez y del Greco, estuvieron en ese establo cubiertos con paja y otros fueron diseminados por debajo de los naranjos o colocados dentro de la alberca vacía tapados con ramas de morera. ¿Me crees o no me crees?
   —Sí.
   —Trae el calendario.
   Mi tío extendió el calendario sobre sus rodillas y comenzó a pasar las láminas, una por cada mes, mojándose con saliva la yema del dedo índice. A continuación señaló el membrillero cuajado de fruta.
   —Mira, los membrillos están ya dorados, ¿los ves? Son los mismos que en este bodegón de Zurbarán aparecen en la hoja de octubre, el mes en que estamos ahora. Este cuadro estuvo colgado de ese mismo árbol mientras no muy lejos de aquí caían bombas. Y éstas son las famosas Meninas. Estuvieron en el establo y puede que este perro dormido fuera el que excitaba tanto al caballo. Ésta es La maja desnuda. Recuerdo que durmió bajo el limonero. Mira, éste es El jardín de las delicias. Aquí está representado el mismo pajar que hay en el corral y allí fue a parar. Y éste es el cuadro del pintor Rafael, que se titula Retrato de un cardenal desconocido. Para que las bombas no tuvieran un blanco fácil cada cuadro fue dispersado alrededor de la alquería por debajo de los árboles. Este cardenal pasó tres noches seguidas dentro de la alberca vacía. Seguro que sobre él saltaron las ranas y los sapos todavía húmedos. Y en esto llegaron los cazas a ras de los naranjos dando pasadas una y otra vez. Descargaban las bombas sobre la carretera real y las vías del tren de la estación de Nules y luego volvían y así estuvieron varios días y desde aquí se oía el estallido de la metralla, mientras los oficiales, aquel artista y yo, tumbados boca arriba, al anochecer, veíamos el resplandor de los incendios fumando hebra.

   Hasta hace poco creía que esta historia era una de las fantasías que, de niño, me contaba mi tío, el cazador, en su destruida alquería rodeada de naranjos. Yo la había incorporado a mi vida junto con el croar de las ranas y jugaba con ella según fueran mis sueños. No conocí a aquel caballo que fue descuartizado por un proyectil al final de la guerra, el único que cayó en aquel paraíso y que dividió al caballo en dos, y una mitad fue a parar al tejado de la alquería y la otra cayó al pie del árbol de kakis, pero, pasados los años, cuando ya vivía en Madrid, algunas veces también trataba de traspasar las puertas de la percepción como Aldous Huxley y me fumaba marihuana antes de visitar el museo del Prado buscando una luz interior que me permitiera verles las entrañas a las figuras de los cuadros. Un día, frente a La maja desnuda oí un angustioso relincho de caballo que llenó por completo toda la sala de Goya. Durante algún tiempo ese mismo relincho de muerte que salía desde el fondo de una explosión obedecía a mi voluntad siempre que lo convocaba, pero llegó un momento en que por más que lo buscaba no lo podía oír y me olvidé de ese juego.
   No hace mucho fui a visitar en el hospital al escultor Amadeo Gabino, que se hallaba muy próximo a la agonía. Hablamos de pintura. Me dijo que había amado sobre todas las cosas de este mundo un cuadro de Rafael, el Retrato de un cardenal desconocido. Casi balbuciendo me contó que su padre, que también había sido escultor, durante la guerra civil había acompañado a ese cuadro, junto con todo el cargamento del museo del Prado, desde Valencia, donde estuvo guarecido en las torres de Serranos, hasta el castillo de Perelada, siguiendo la retirada del Gobierno de la República hacia Cataluña.
   —Mi padre siempre me contaba que, antes de llegar a Vila-real, apareció por el mar una escuadrilla de cazas italianos que tenían la base en Mallorca y los camiones que formaban el convoy se vieron obligados a abandonar la carretera para refugiarse en una alquería y que allí pasaron varios días, mientras duró el bombardeo de un nudo ferroviario, atendidos por el dueño que les ofreció unas codornices maceradas con hierbas silvestres. Y eso debió de ser por el otoño porque mi padre siempre me hablaba de un árbol lleno de kakis, unas frutas tan rojas que parecían lámparas encendidas y que el dueño, al recogerlas para obsequiarles, parecía que iba apagando las ramas. También guardaba otra imagen que tampoco se le borró nunca, la de un caballo que no paró de relinchar tres noches seguidas. Me decía que no era el caballo del Guernica de Picasso, sino como los que pintaba Piero della Francesca, con la boca abierta al cielo y los dientes fuera, mucho más patéticos.
   Esta historia contada por unos labios balbucientes despertó las fantasías de mi niñez. Le pregunté si su padre le había dicho cómo se llamaba aquella alquería. El agonizante asintió con la cabeza. Iba a pronunciar una palabra que para mí sería una revelación, pero no lo hizo porque en ese momento se abrió la puerta de la habitación y entraron sus dos nietas adolescentes que acababan de llegar de Barcelona. Eran estudiantes del conservatorio y venían cada una con su violín. Amadeo Gabino las había llamado a Madrid para que tocaran para él en la habitación del hospital. Las adolescentes destaparon los estuches en silencio y al pie de la cama comenzaron a interpretar el allegro de Rosamunde, de Schubert, y, ante una melodía tan dulce y melancólica, mi amigo, pareciendo que se dormía plácidamente, se quedó con una sonrisa cristalizada, la cabeza ladeada, los ojos abiertos. Antes de que llegara el andante había muerto y sus nietas siguieron tocando hasta el final de la pieza. Me quedé sin oír el nombre de aquella alquería, pero en ese instante, cuando los violines enmudecieron, supe que aquella historia que me contó mi tío, el cazador, era cierta.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Christopher Nolan: Interestellar - Hans Zimmer: Main Theme

Milena o el fémur más bello del mundo - Jorge Zepeda Patterson

40

Milena

2012

 El grupo denominado los Flamingos estaba integrado por hombres que se tomaban muy en serio la satisfacción de sus placeres. Y no se trataba de placeres comunes. Llevaban más de diez años reuniéndose una vez al mes y la definición de lo que era diversión había evolucionado considerablemente desde los primeros días. Comenzaron a frecuentarse a fines de los años noventa, cuando Vila-Rojas, exitoso abogado granadino afincado en Marbella, encontró a tres excompañeros dedicados a asuntos emparentados con el suyo: el blanqueo de dinero en la Costa del Sol. Uno de ellos, Javi Rosado, había sido su condiscípulo en la universidad en Sevilla; otro, Jesús Nadal, un colega del trabajo de sus días en Londres, cuando hacía encomiendas para el departamento jurídico de Barclays; y el tercero, Andrés Preciado, a quien conoció durante su paso por Wall Street. En los siguientes meses sumó a otros dos y al paso de los años se convirtieron en una docena. Todos tenían en común que eran españoles, ninguno de Marbella pero todos del sur, incluido un hotelero canario. Cuando comenzaron a reunirse, sus edades fluctuaban entre los treinta y cinco y los cincuenta años. Ninguno de ellos participó en el primer boom turístico de los setenta y los ochenta, más parecido a la fiebre del oro del Viejo Oeste que a la generación de un polo de desarrollo. Llegaron más tarde, a principios de los años noventa, durante el período en que Jesús Gil y Gil tenía a Marbella en un puño y la corrupción institucionalizada era un imán para el dinero de la mafia. Sucedió en el puerto turístico lo que antes en Cancún, Punta del Este o Miami: fueron elegidos primero como lugar de residencia por capos de distintos giros criminales gracias a un común denominador, eran lugares de placer con autoridades laxas. Tiempo después, los nuevos residentes rusos, árabes y europeos aprovecharon las posibilidades de inversión que ofrecía el crecimiento explosivo bajo arreglos discrecionales. Cuando el fenómeno del lavado financiero adquirió dimensiones industriales a mediados de los noventa, personas como Vila-Rojas y sus amigos se hicieron imprescindibles: abogados, financieros con experiencia internacional, excontables de transnacionales. Hacían el trabajo que los rudimentarios empresarios crecidos en torno al pintoresco alcalde marbellí no podían realizar. La primera generación estaba integrada por constructores y especuladores inmobiliarios de viejo cuño, capaces de multiplicar cincuenta veces el valor de una hectárea gracias a sus argucias para influir en la obra pública y en la recalificación de terrenos. No obstante, carecían de los contactos internacionales o de las habilidades para manejar el trasiego financiero de los flujos millonarios de origen clandestino que comenzaron a llegar a la costa española. Vila-Rojas y otros como él resultaron los gestores ideales para mediar entre los empresarios tradicionales y los operadores de los capitales ilegítimos de varios continentes. Los Flamingos creció como una reunión de amigos; sin embargo, al pasar el tiempo comenzaron a verse a sí mismos como los auténticos titiriteros de la vida del puerto. Apenas se veían más allá de la reunión mensual y no solían trabajar unos con otros, aunque ocasionalmente alguna operación los hiciera coincidir. Aun así, esas sesiones generaban entre ellos una complicidad inmediata; les parecía que solo en el interior de ese círculo podían sincerarse y mostrarse tal como eran: los verdaderos amos de la ciudad. Se obligaban a sí mismos a mantener un perfil bajo frente a la ruidosa corte de Jesús Gil y los que le sucedieron, caracterizados por los desplantes típicos de nuevo rico. Solo en esas reuniones, al verse entre los suyos, confesaban su desprecio por la rusticidad de la élite local y se entregaban a placeres y exuberancias en las que no incurrían el resto del mes. En un principio se reunían en un salón del hotel Fuerte el último viernes de cada mes. El mote los Flamingos lo aportó el jefe del restaurante del hotel cuando percibió la frecuencia con que los apellidos Rojas y Rosado aparecían en la reserva que el grupo hacía del salón privado. Enterado del apodo que se le había asignado al grupo entre el personal del hotel, uno de los miembros celebró la ocurrencia y recordó que así se llamaba uno de los hoteles de Las Vegas en el que se refugiaba el legendario Rat Pack formado por Frank Sinatra, Sammy Davis y Dean Martin, entre otros. Casi sin proponérselo, el resto de los integrantes pronto comenzó a llamarse a sí mismo los Flamingos.