domingo, 16 de noviembre de 2014

Bebelplatz

Berlin  '14
    Bebelplatz es una plaza situada en el lado sur del bulevar Unter den Linden. Está rodeada por los edificios de la Ópera Nacional, la Biblioteca Real (conocida como la Kommode) y el Alte Palais -ambos  pertenecientes a la Universidad Himblot- y, por último, la Catedral de Santa Eduvigis.

   Sin embargo ha pasado a la historia, no por la belleza del lugar, que sin duda lo tiene, si no porque aquí aconteció una de las más significativas y documentadas quema de libros en 1933.

   Para conmemorar este hecho, hay emplazada una placa de cristal tras la que se ven estanterías de libros completamente vacías. Así mismo hay una placa con una cita del autor Henrich Heine, escrita en 1817, que dice:

"Ahí dónde se queman libros se acaban quemando seres humanos".


Vestido de novia - Pierre Lemaitre

Sophie


 Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas, jadeante. Léo está pegado a ella, inmóvil, y tiene su cabeza en el regazo. Con una mano ella le acaricia el pelo y con la otra intenta secarse los ojos, pero con movimientos desordenados. Llora. Algunos sollozos se convierten en gritos, chilla, le sale de las entrañas. Cabecea. A veces, la pena es tan intensa que se golpea la parte de atrás de la cabeza contra el tabique. El dolor la reconforta un poco pero no tarda en notar que todo se le vuelve a derrumbar por dentro. Léo se porta muy bien, no se mueve. Baja los ojos hacia él, lo mira, le estrecha la cabeza contra el vientre y llora. Nadie puede imaginarse lo desgraciada que es.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Jorge Robledo Ortiz (1917- 1990) - Vámonos corazón

Vámonos corazón 

Vámonos, corazón, hemos perdido,
ya nunca espigarán tus ilusiones. 
Recoge tu esperanza y tus canciones
y partamos en busca del olvido. 

Vámonos, corazón, ya tu latido
 sólo podrá contar renunciaciones.
 Guarda su nombre con tus oraciones
 y si debes sangrar, sangra escondido. 

 Vámonos, corazón, tu fe no existe
. Al fin y al cabo tu naciste triste
 y triste en cualquier puerto morirás.

 Vámonos, corazón, ya no la esperes.
 Bendice su recuerdo si así quieres,
 pero marchemos sin mirar atrás.

martes, 4 de noviembre de 2014

El caso Collini - Ferdinand Von Schirach


   Leinen quería ir a la salida de los abogados, pero anduvo en sentido contrario hasta que una funcionaria lo interceptó y le indicó el camino. Luego tuvo que esperar unos minutos ante la puerta de cristal blindado hasta que se abrió el portón. Se fijó en que encima de la puerta el enlucido estaba desconchado. Miró a los funcionarios que controlaban los carnets e introducían los nombres en registros. Allí, donde los hombres ocupaban celdas, donde esperaban una condena o la libertad, el mundo era reducido. No había profesores ni manuales ni discusiones. Todo era grave y definitivo. Podía intentar librarse del juicio. No tenía por qué defender a Collini, ese tipo había matado a su amigo. Era fácil poner fin al asunto, todo el mundo lo entendería.
   Ya fuera, cogió un taxi y se fue a casa. El panadero gordo estaba sentado en una silla de madera ante su establecimiento, bajo una sombrilla.
   —¿Qué tal está? —preguntó Leinen.
   —Hace calor. Pero dentro aún más. Leinen se sentó, inclinó la silla sobre las patas traseras y se apoyó contra la pared. Miró al sol entornando los ojos. Pensó en Collini.
   —Y usted, ¿qué tal está? —le preguntó el panadero.
   —No sé qué hacer.
   —¿Cuál es el problema?
   —No sé si debo defender a un hombre. Ha matado a otro al que yo conocía bien.
   —Pero es usted abogado, ¿no?
   —Mmm... —Leinen asintió.
   —Mire, todas las mañanas subo la persiana a las cinco, enciendo la luz y espero a que llegue el camión frigorífico de la fábrica. Meto la masa en los hornos y a partir de las siete me paso el día vendiendo lo que sale de ellos. Los días malos me quedo dentro; los buenos salgo aquí, al sol. Preferiría hacer pan como Dios manda en una panadería como Dios manda con utensilios como Dios manda e ingredientes como Dios manda. Pero así son las cosas.
   Una mujer con un dálmata pasó por delante y entró en la tienda. El panadero se levantó y fue tras ella. A los pocos minutos salió con dos vasos de agua con hielo.
   —¿Entiende lo que quiero decir? —preguntó.
   —No del todo.
   —Puede que algún día vuelva a tener una panadería como Dios manda. Hace tiempo la tuve, pero la perdí al divorciarme. Ahora trabajo aquí, es lo que hay. Así de sencillo. —Se bebió el vaso de un trago y masticó un cubito de hielo—. Es usted abogado, tiene que hacer lo que hacen los abogados.
   Estaban a la sombra, mirando los transeúntes. Leinen se acordó de su padre. En su mundo todo parecía sencillo y claro, no había secretos. Había intentado disuadirlo de que se hiciera abogado defensor. Con esa profesión no se podía ser decente, porque todo era demasiado complicado, le había dicho. Leinen recordó una cacería de patos en invierno. Su padre disparó y un ánade real se estrelló con fuerza contra el estanque helado. El perro de su padre, que aún era joven, salió corriendo sin que se lo ordenaran. Quería cobrar el ave. En el centro del estanque el hielo era fino, el animal se hundió, pero no se dio por vencido. Atravesó a nado el agua helada y llevó el pato a la orilla. Sin decir palabra, su padre se quitó el chaquetón y secó al animal con el forro. Luego lo llevó a casa envuelto en el chaquetón. Su padre se pasó dos días con el perro en las rodillas, frente a la chimenea. Cuando el animal se recuperó, se lo regaló a una familia del pueblo. No valía para la caza, había afirmado.
   Leinen le dijo al panadero que tal vez tuviera razón, y subió a su casa. Por la noche llamó a Johanna. Le dijo que no podía evitarlo, que tenía que seguir con la defensa de Collini.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Blackfield -Jupiter

Jupiter (from IV)

Once,

We were young,
We had no plans,
What simplicity of love.

We used to get it, to get it all, we weren’t scared to fail or fall
Now, all I can do is to stand and watch those new boys in the game,
How they’re laughing and having fun, making rules under the sun

I won’t win at pretty eyes tonight
It’s been so long since I’ve played it right
I get to jupiter in halfway back
Before she leave and notices I’m around.

You used to call me the city queen, but now God’s playing his jokes on me,
I’m all alone, far from the city; I’ve got no room, no time for dreams.

I won’t win at pretty eyes tonight
It’s been so long since I’ve played it right
I get to jupiter in halfway back
Before she leave and notices I’m around.

Once,
We were young,
We had no plans,
What simplicity of love.

We used to get it, to get it all, we had no time to fail and fall.

I won’t win at pretty eyes tonight
It’s been so long since I’ve played it right
I get to jupiter in halfway back
Before she leave and notices I’m around.

Once,
We were young,
We had no plans,
What simplicity of love.

We used to get it, to get it all, we had no time to fail and fall.

I get to jupiter in halfway back
Before she leave and notices I’m around.

jueves, 30 de octubre de 2014

François-Hubert Drouais (1727-1775) - Madame du Barry

(1970) Óleo sobre lienzo, Escuela Francesa

El mar lejano - Juan Ramón Jiménez

EL MAR LEJANO

 La fuente trueca su cantata. 
Se mueven todos los caminos... 
Mar de la aurora, mar de plata,
 ¡qué nuevo estás entre los pinos! 
 Viento del sur ¿vienes sonoro 
de granas? Ciegan los caminos...
 Mar de la siesta, mar de oro,
 ¡qué loco estás sobre los pinos! 
 Dice el verdón no sé qué cosa. 
Mi alma se va por los caminos... 
Mar de la tarde, mar de rosa, 
¡qué dulce estás bajo los pinos!

sábado, 25 de octubre de 2014

Jo Nesbo - El leopardo y la manzana de Leopoldo

31
Kigali

[...]
   Se habían detenido entre dos hileras de barracas de lo que Harry comprendió que era una especie de centro de la ciudad de Goma. La gente corría de un lado a otro por el espacio abierto casi intransitable que separaba las tiendas. A lo largo de las fachadas de las casas había bloques de piedra negra apilados que funcionaban como cimientos. La tierra reseca parecía esmalte negro y un polvo de color gris se arremolinaba en el aire, que apestaba a pescado podrido.
   —Ahí —dijo Joe señalando la puerta de una de las casas de hormigón—. Espero en el coche.
   Harry se dio cuenta de que algunos de los hombres que había en la calle se detenían al verlo bajar del coche. Se percató de su mirada neutra y peligrosa, que no contenía ninguna advertencia. Eran hombres que sabían que los actos agresivos son más eficaces cuando no se avisa. Harry se fue derecho a la puerta, sin mirar a su alrededor, para demostrar que sabía lo que hacía allí, adónde iba. Llamó a la puerta. Una vez. Dos veces. Tres. ¡Mierda! Había hecho un viaje demasiado largo para...
   La puerta se entreabrió.
   Una cara blanca y arrugada asomó por la rendija y lo miró con extrañeza.
   —¿Eddie van Boorst? —dijo Harry.
—Il est mort —dijo el hombre con una voz tan ronca que sonó como los estertores de la muerte.
   Harry recordaba del colegio el francés suficiente para comprender que el hombre acababa de afirmar que Van Boorst estaba muerto. Apostó por el inglés.
   —Me llamo Harry Hole. Herman Kluit, que vive en Hong Kong, me ha dado el nombre de Van Boorst. He hecho un largo viaje. Quería hablar de la manzana de Leopoldo.
   El hombre parpadeó sorprendido. Sacó del todo la cabeza por la abertura y miró a derecha e izquierda. Luego, abrió la puerta un poco más.
—Entrez —dijo indicándole a Harry que pasara.
   Harry agachó la cabeza y la adelantó, y logró que las piernas lo siguieran en el último momento: el suelo de la casa estaba veinte centímetros por debajo del de la calle. Allí dentro olía a incienso. Y a algo más, que le resultaba familiar, el hedor dulzón y ácido a hombre mayor que lleva varios días bebiendo.
   Los ojos de Harry se habituaron a la oscuridad y descubrió al anciano escuálido y menudo, enfundado en un elegante batín de seda color burdeos.
—Scandinavian accent —dijo Van Boorst en el inglés de Hercule Poirot, y se llevó a los labios un cigarrillo con una boquilla amarillenta—. A ver si lo adivino. Desde luego, no es danés. Podría ser sueco, pero creo que es noruego, ¿no?
   Por una grieta de la pared que tenía a su espalda asomó las antenas una cucaracha.
   —Vaya, un experto en acentos.
   —Es un hobby, simplemente —dijo Van Boorst, halagado y satisfecho—. En los países pequeños como Bélgica tenemos que aprender a mirar hacia fuera en lugar de hacia dentro. ¿Y cómo está Herman?
   —Bien —dijo Harry; se giró a la derecha y vio dos pares de ojos que lo miraban sin interés.
   Uno, desde una foto que había colgada sobre la cama, en el rincón. Un retrato enmarcado de una persona con una barba larga y canosa, nariz grande, pelo corto, hombreras, cadena, sable. El rey Leopoldo, si Harry no andaba equivocado. El otro par pertenecía a una mujer que estaba tumbada de lado en la cama y que solo tenía una colcha sobre las caderas. La luz de la ventana le daba en los pechos pequeños, con la firmeza propia de la juventud. Respondió al gesto de saludo de Harry con una sonrisa que dejó al descubierto un diente de oro entre los demás, muy blancos. No podía tener más de veinte años. En la pared que quedaba detrás de su estrecha cintura Harry atisbó un perno clavado en una grieta del enlucido. Del perno colgaban un par de esposas de color rosa.
   —Mi mujer —dijo el belga—. Bueno, una de ellas.
   —¿Miss Van Boorst?
   —Algo así. Quieres comprar, ¿no? ¿Tienes dinero?
   —Primero quiero ver lo que tienes —dijo Harry.
   Eddie van Boorst se dirigió a la puerta, la abrió un poco y echó un vistazo. Luego la cerró y echó la llave.
   —¿Has venido solo con el chófer?
   —Sí.
   Van Boorst apagó el cigarrillo mientras escrutaba a Harry desde los pliegues de piel que se le formaban sobre los ojos cuando los entornaba. Luego se fue a un rincón de la habitación, apartó una alfombra de una patada, se inclinó y tiró de una anilla metálica. Se abrió una portezuela. El belga le pidió a Harry que bajara por el agujero en primer lugar. Harry supuso que era una regla fruto de la experiencia, e hizo lo que le pedía. Una escalera conducía a una oscuridad de boca de lobo. Después de siete peldaños, Harry notó el suelo bajo los pies. Acto seguido, se encendió una lámpara en el techo.
   Harry echó un vistazo a su alrededor. La habitación era lo bastante alta para él y tenía un suelo liso de cemento. Tres de las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de la mercancía habitual: pistolas Glock muy usadas, Smith & Wesson calibre 38 como la suya, cajas de munición, un Kalashnikov. Harry nunca había tenido en sus manos un ejemplar de aquella famosa automática rusa, cuyo nombre oficial era AK-47. Acarició la culata de madera.
   —Un original de 1947, el primer año de fabricación —dijo Van Boorst.
   —Parece que aquí todo el mundo tiene una —dijo Harry—. La causa de muerte más popular en África, según dicen.
   Van Boorst asintió.
   —Por dos razones muy sencillas. Cuando los países comunistas empezaron a exportarlas a este continente después de la guerra fría, un Kalashnikov costaba tanto como una gallina cebada en tiempo de paz. Y, en tiempo de guerra, no más de cien dólares. Por otro lado, funciona bien, con independencia de lo que hagas con él, y eso en África es importante. A los mozambiqueños les gustan tanto los Kalashnikov que han puesto uno en la bandera nacional.
   Harry detuvo la mirada en unas letras discretamente grabadas en una maleta negra.
   —¿Es eso lo que yo creo? —preguntó.
   —Märklin —dijo Van Boorst—. Un arma rara. Se fabricaron muy pocas, puesto que resultó ser un fiasco. Demasiado pesada y con demasiado calibre. La usaban para la caza de elefantes.
   —Y para la caza de personas —dijo Harry en voz baja.
   —¿La conocías?
   —Una mira telescópica con la mejor óptica del mundo. Que no es lo que se necesita para cazar elefantes a una distancia de cien metros, desde luego. Es un arma para atentados, ni más ni menos. —Harry pasó los dedos por la maleta mientras los recuerdos le venían a la memoria—. Sí, la conozco.
   —Te la vendo barata. Treinta mil euros.
   —Esta vez no he venido por un arma.
   Harry se volvió hacia la estantería que había en el centro de la habitación. Unas máscaras grotescas pintadas de blanco lo miraban desde los estantes.
   —Máscaras de los espíritus de los mai-mai —dijo Van Boorst—. Creen que si se rocían con agua sagrada, las balas no les harán daño. Puesto que las balas también se convierten en agua. La guerrilla mai-mai entró en guerra con el ejército del gobierno con arcos y flechas, gorros de baño en la cabeza y tapones de bañera por amuletos. I’m not kidding you, monsieur. Naturalmente, los pulverizaron. Pero a los mai-mai les gustan las armas. Y las máscaras pintadas de blanco. Y los corazones y los riñones de sus enemigos. Poco hechos, con puré de maíz.
   —Bueno —dijo Harry—. No esperaba que una casa tan sencilla tuviera un sótano tan repleto.
   Van Boorst se echó a reír.
—Cellar? This is the ground floor. Or was. Antes de la erupción de hace tres años.
   Harry lo comprendió. Bloques de piedra negra, esmalte negro. El suelo del piso de arriba, más bajo que el de la calle...
   —Lava —dijo Harry.
   Van Boorst asintió.
   —Corrió por todo el centro y se llevó por delante la casa que tenía junto al lago Kivu. Todas las casas de madera que había aquí se quemaron, esta casa de hormigón fue la única que quedó en pie, aunque casi enterrada en lava. —Señaló la pared—. Eso que ves ahí es la puerta de lo que era la planta baja hace tres años. Cuando compré la casa, puse la puerta por la que has entrado.
   Harry asintió.
   —Suerte que la lava no quemó la puerta e invadió también esta planta.
   —Como ves, las ventanas y la puerta están en la pared que da la espalda al Nyiragongo. No es la primera vez. Esa dichosa montaña escupe lava sobre la ciudad cada diez o veinte años.
   Harry enarcó las cejas.
   —¿Y la gente vuelve aquí a pesar de todo?
   Van Boorst se encogió de hombros.
   —Bienvenido a África, pero ese volcán es bloody useful. Si quieres deshacerte de un cadáver molesto, un problema bastante habitual en Goma, puedes echarlo al lago Kivu, naturalmente. Pero, entonces, todavía seguiría existiendo allá abajo. En cambio, si recurres al Nyiragongo... La gente cree que en el fondo de la mayoría de los volcanes hay lagos de lava ardiente y burbujeante, pero no es así. En ninguno. Salvo en el Nyiragongo. Mil grados Celsius. Si echas algo ahí, ¡puf! Vuelve a subir convertido en gas. Es la única forma que la gente de Goma tiene de llegar al cielo. —Se rió tanto que empezó a toser—. Yo mismo he presenciado cómo un buscador de coltán con más entusiasmo de la cuenta utilizó una cadena para bajar a la hija del jefe de una tribu que se negaba a firmar los documentos que le concedieran al buscador el derecho a la explotación minera en su zona. A veinte metros de la lava le ardió el pelo. A diez metros, la niña se encendió como una vela de sebo. Y a cinco metros, el cuerpo empezó a gotear. No exagero. La piel y la carne le caían a chorros del esqueleto... ¿Es esto lo que te interesa?
   Van Boorst había abierto un armario y acababa de sacar una bola de metal. Era brillante, estaba perforada con pequeños agujeros y era de un tamaño algo menor que el de una pelota de tenis. De un agujero algo más grande colgaba una cadena fina rematada por una anilla. Era el mismo instrumento que Harry había visto en casa de Herman Kluit.
   —¿Funciona? —preguntó Harry.
   Van Boorst soltó un suspiro. Metió el meñique en la anilla metálica y tiró. Se oyó un estallido y la bola de metal dio un salto en la mano del belga. Harry estaba atónito. De los agujeros de la bola salieron lo que parecían pequeñas antenas.
   —¿Puedo? —preguntó alargando la mano.
   Van Boorst le dio la bola y observó atento mientras Harry contaba las antenas.
   —Veinticuatro —dijo Harry.
   —Tantas como manzanas fabricadas —dijo Van Boorst—. Esa cifra tenía un valor simbólico para el ingeniero que la inventó y la fabricó: su hermana se suicidó a esa edad.
   —¿Cuántas tienes en ese armario?
   —Solo ocho. Incluido este magnífico ejemplar de oro. —Sacó una bola que lanzó un destello a la luz de la bombilla antes de que la guardara otra vez—. Pero esa no está a la venta, tendrías que matarme para echarle el guante.
   —O sea que has vendido catorce desde que Kluit compró la suya, ¿no?
   —Y cada una más cara que la siguiente. Es una inversión segura, señor Hole. Los instrumentos de tortura antiguos tienen un grupo de seguidores fiel y dispuesto a pagar, créeme.
   —Te creo —dijo Harry tratando de empujar hacia dentro una de las antenas.
   —Va con muelles —dijo Van Boorst—. Una vez que has tirado del hilo, el interrogado no puede sacarse la manzana de la boca. Ni él ni nadie, dicho sea de paso. Hay que ir al paso dos para que las agujas se retraigan. No tires del hilo, por favor.
   —¿El paso dos?
   —Dámela.
   Harry le dio la bola a Van Boorst. El belga introdujo un bolígrafo por la anilla de metal, lo sujetó en posición horizontal a la altura de la bola y luego soltó la bola. Al tensarse el hilo se oyó un nuevo chasquido. La manzana de Leopoldo se balanceaba a quince centímetros por debajo del bolígrafo y las afiladas agujas que sobresalían de las antenas brillaban a la luz.
   —Joder —soltó Harry.
   El belga sonrió.
   —Los mai-mai llamaban al aparato «el sol de la sangre». A quien muchos quieren, muchos nombres tiene.
   Dejó la manzana en la mesa, introdujo el bolígrafo en el agujero del que colgaba el hilo, tiró fuerte y tanto las agujas como las antenas desaparecieron con otro chasquido, con lo que la manzana real recuperó la forma redonda y lisa del principio.
   —Impresionante —dijo Harry—. ¿Cuánto?
   —Seis mil dólares —dijo Van Boorst—. Por lo general, aumento un poco el precio cada vez, pero a ti te la dejo al mismo precio por el que vendí la última.
   —¿Por qué? —dijo Harry, y pasó el dedo por el metal liso.
   —Porque vienes de muy lejos —dijo Van Boorst, y llenó la habitación del humo del cigarrillo—. Y porque me gusta tu acento.
   —Ya. ¿Y quién fue el último que la compró por seis mil dólares?
   Van Boorst se echó a reír.
   —Nadie sabrá que tú has estado aquí, y tampoco te voy a hablar a ti de mis otros clientes. ¿No le parece tranquilizador, señor...? Ahí lo tienes, ya se me ha olvidado el nombre.
   Harry asintió.
   —Seiscientos —dijo.
   —¿Perdón?
   —Seiscientos dólares.
   Van Boorst volvió a soltar la misma risotada corta de antes.
   —Ridículo. Pero la cantidad que mencionas es la que cuesta una visita guiada por la reserva, si quieres pasarte tres horas viendo gorilas de montaña. ¿Preferiría esta opción, señor Hole?
  

martes, 21 de octubre de 2014

Buda.Pest y El puente de las Cadenas

Amanecer sobre el Danubio '14

Lexicón- Max Barry

[I] POETAS

[CUATRO]
[...]

 —Pensaba que eras historia —le dijo el chico de pelo rizado.
   Emily estaba pasando frente a la habitación del chico, pero ahora se detuvo. Estaba tirado en su cama. La chica angelical estaba dentro, con la espalda apoyada en la pared de piedra.
   —Solo precalentaba —respondió. Se disponía a marcharse cuando la chica se apartó de la pared y dijo:
   —Eh, quiero tu opinión. ¿Por qué crees que los profesores de este sitio tienen nombres falsos?
   Emily la miró, confundida.
   —Charlotte Brontë. Hay un profesor que se llama Robert Lowell y también un Paul Auster. ¿Te has fijado en el panel del vestíbulo? Dice que antes de Brontë, la directora era Margaret Atwood —señaló con las cejas arqueadas.
   —¿Y...? —preguntó Emily.
   —Son poetas famosos —dijo el chico—. Poetas famosos muertos, la mayoría. —Le dirigió una mirada divertida a la chica angelical—: No lo sabía.
   —Como si yo fuese a sentarme ahí a memorizar nombres de poetas —repuso Emily—. Por eso es por lo que voy a destrozaros en los exámenes, porque todo lo que sabéis es inútil.
   El chico esbozó una amplia sonrisa y la chica dijo:
   —No pasa nada. —Lo dijo en un tono que hizo que Emily quisiera pegarle—. Y la escuela no tiene nombre. Solo la llaman «la Academia». Un poco raro, ¿verdad?
   —Tú eres un poco rara —le soltó Emily.

   Gertie no volvió.
   —Los exámenes son eliminatorios —dijo el chico de pelo rizado, con la boca llena de pan de centeno. Estaban almorzando y él había ocupado la silla de Gertie—. Suspende uno y estás fuera. Puedes ir haciendo tus maletas.
   Emily estaba untando un bollo con mantequilla y detuvo el gesto de su mano a medio camino.
   —¿Quién te ha dicho eso?
   —Nadie. Me lo he imaginado. Es obvio, ¿no te parece? —dijo el otro, sin dejar de masticar.

   Charlotte apareció durante el almuerzo y miró a Emily de un modo que a ella no le gustó en absoluto. Luego se fue. Emily continuó comiendo, pero la comida formó una bola en su estómago. Más tarde, Charlotte y otro profesor la estaban esperando en el pasillo. Eso le recordó San Francisco, donde dabas un paso en la puerta de la casa donde habías pasado la noche y te dabas de bruces con dos prostitutas delgaduchas, con las caderas marcadas y los labios como culos de gato, temblando de rabia por cualquier agravio. Una deuda o algo que habías hecho.
   Charlotte le hizo una seña para que se acercase:
   —Emily, por favor.
   Sus tacones resonaron por el pasillo.
   Al llegar a su despacho, le indicó una silla. La habitación era más grande de lo que Emily había pensado. Tenía puertas que conectaban con otras estancias, en una de las cuales debía de dormir Charlotte, puesto que le había dicho que podía ir a verla en cualquier momento del día. Había una única ventana, que daba a un patio, y una mesa desordenada sobre la que había un jarrón con flores frescas.
   —Estoy decepcionada.
   —¿Lo está? —preguntó Emily.
   —Te ofrecimos una gran oportunidad. Nunca sabrás cómo de grande.
   —No sé de qué está hablando.
   —La sala de exámenes está vigilada.
   —Entiendo —dijo Emily. Hubo un silencio—. O sea, que está diciendo que he hecho algo mal.
   —¿Trampas? Sí. Eso estuvo mal.
   —Bueno, pues debería haberlo dicho. Debería haber dicho: «En realidad tenemos tres normas, la tercera es no hacer trampas».
   —¿Crees que es necesario decir eso?
   —Ese tío que me envió aquí desde San Francisco, Lee, sabía que yo engaño a la gente. Eso es lo que hago. Soy una timadora. ¿Me traen aquí pero de repente no puedo hacer trampas? Nunca me advirtieron.
   —Dije que las respuestas sinceras eran algo esencial.
   —En la prueba anterior. No en la del vídeo.
   —No vamos a discutir eso ahora —sentenció Charlotte—. Está de camino un conductor para recogerte. Por favor, coge tus cosas.
   —Bien —exclamó Emily—, que les jodan.
   —Puede que te hayan prometido una compensación por tu tiempo aquí. Desgraciadamente no va a ser así como consecuencia de tus trampas.
   —Zorra.
   La expresión del rostro de Charlotte no varió un ápice. Emily había esperado algún tipo de reacción por parte de alguien con aspecto tan monacal. Había dado por supuesto que Charlotte estaba furiosa, del modo en que lo hace la gente cuando rompes una de sus normas impuestas, pero lo cierto era que a Charlotte no parecía importarle.

domingo, 19 de octubre de 2014

El tercer hombre - Prater

Viena 1949

Director: Carol Reed
Intérpretes: Joseph Cotten, Trevor Howard, Alida Valli, Orson Welles
Guión: Graham Green
B.S.O.: Anton Karas


lunes, 22 de septiembre de 2014

Resurrección - Craig Russell

Cap. 3

—Desde el momento en que lo vi sospeché que había sido momificado —Brandt continuó explicando—. El doctor Severts, aquí presente, es un experto en la materia y yo mismo tengo un gran interés en las momias. Los cadáveres de los pantanos en los que usted piensa sufren un proceso totalmente distinto: los ácidos y los taninos de las turberas tiñen la piel de los cuerpos y los convierten, literalmente, en bolsos de cuero; a veces lo único que queda de ellos es su pellejo, mientras los órganos internos e incluso los huesos pueden disolverse y desaparecer. —Señaló el cuerpo con un movimiento de la cabeza—. Este tipo tiene la apariencia de las momias de los desiertos. El aspecto tan demacrado y la textura apergaminada de la piel... denotan que se desecó casi de inmediato en un ambiente privado de oxígeno.
—Y, a pesar de su aspecto, no murió recientemente. Pero, como pueden ver por la ropa, tampoco es una reliquia de la Edad Media. —Severts abarcó el área de la excavación en la que se encontraban con un movimiento de la mano—. Las evidencias que rodean el cuerpo me dan una idea de lo que ocurrió. Nuestros estudios geofísicos y los registros que tenemos de esta zona dan a entender que nos encontramos en un muelle de carga de la segunda guerra mundial.
Brauner pasó la mano por el ribete de piedrecitas brillantes. Cogió algunas y las hizo rodar entre los dedos.
—¿ Vidrio?
Severts asintió.
—Era arena. Prácticamente todo lo que hay aquí es básicamente la misma arena pálida. Es sólo que parte de ella se ha mezclado con ceniza negra mientras este anillo exterior ha sufrido una exposición a un calor tan intenso que se convirtió en toscos cristales de vidrio.
Fabel asintió con una expresión triste.
—¿Los bombardeos británicos de 1943?
—Esa es mi hipótesis —dijo Severts—. Encaja con lo que sabemos de esta zona. Y también con esta forma de momificación, que era un resultado habitual de las intensas temperaturas creadas por la tormenta de fuego. Me da la impresión de que este hombre se guareció en alguna clase de refugio antiaéreo junto al muelle, improvisado con bolsas de arena. Debió de producirse una explosión incendiaria muy cerca que, básicamente, lo horneó y lo enterró.
Los ojos de Fabel seguían clavados en el cuerpo momificado. Operación Gomorra. Los británicos descargaron bombas incendiarias y explosivos de alto poder sobre Hamburgo por la noche y los americanos durante el día, hasta llegar a 8.344 toneladas. En algunas partes de la ciudad, la temperatura del aire a cielo abierto superó los mil grados. Alrededor de cuarenta y cinco mil ciudadanos de Hamburgo ardieron en las llamas o murieron cocinados bajo ese intenso calor. Fabel contempló las facciones delgadas y demasiado afinadas, lo que se debía a que la carne bajo la piel había perdido toda su humedad. Se había equivocado. Por supuesto que había visto cuerpos así antes: en viejas fotografías en blanco y negro de Hamburgo y también de Dresde. Muchas personas habían sido horneadas y convertidas en momias sin estar enterradas; desecadas en pocos instantes, expuestas a llamaradas de altísimas temperaturas en las calles sin aire o en los refugios antiaéreos que se habían convertido en hornos de panadería. Pero jamás había visto uno de carne y hueso, aunque esa carne estuviera desecada.
—Es difícil creer que este hombre lleve más de sesenta años muerto —dijo por fin.
Brauner sonrió y palmeó el hombro de Fabel con su ancha mano.
—Es simple biología, Jan. Para que haya descomposición se necesitan bacterias; las bacterias necesitan oxígeno. Si no hay oxígeno, no hay bacterias y por lo tanto no hay descomposición. Cuando lo extraigamos, probablemente hallaremos alguna descomposición limitada en el tórax. Todos tenemos bacterias en las entrañas, y cuando morimos, son las primeras en ponerse a trabajar. De todas maneras, haré un análisis forense completo del cuerpo y luego se lo pasaré al Institut für Rechtsmedizin de Eppendorf para que realicen una autopsia. Tal vez todavía estemos a tiempo de confirmar la causa de la muerte, aunque yo apostaría un año de mi salario a que fue asfixia. Y podremos deducir aproximadamente la edad biológica del cadáver.
—De acuerdo —dijo Fabel. Se volvió hacia Severts y su estudiante, Brandt—. Creo que no será necesario bloquear el resto de la excavación. Pero si encuentran algo que se relacione o que ustedes crean que se relaciona con este cuerpo, por favor infórmenme de ello. —Le entregó a Severts su tarjeta de la Polizei de Hamburgo.
—Lo haré —dijo Severts. Hizo un gesto en dirección al cadáver, que todavía parecía darles la espalda, girando el hombro, como si tratara de regresar a un sueño groseramente interrumpido—. Al parecer no se trata de la víctima de un homicidio, después de todo.
Fabel se encogió de hombros.
—Eso depende de su punto de vista.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Juan Ramón Jiménez - Jardín

Jardín
Yo no sé cómo saltar
desde la orilla de hoy
a la orilla de mañana.

El río se lleva, mientras,
la realidad de esta tarde,
a mares de esperanza.

Miro al oriente, al poniente,
miro al sur y miro al norte.

Toda la verdad dorada
que cercaba el alma mía,
cual un cielo completo,
se cae, partida y falsa.

Y no sé como saltar
desde la orilla de hoy
a la orilla de mañana.

De "Estío"

lunes, 15 de septiembre de 2014

Los tipos duros no leen poesía - Alexis Ravelo

34

(...)
—Vale. Te lo voy a decir una vez, una sola vez, para que lo entiendas. De acuerdo: yo no trabajo para estos dos gilipollas. Mi jefe está bastante más arriba. Pero es que, por encima de mi jefe, hay otro. Y ese es todavía más peligroso que el mío. Tan peligroso que ahora mismo están a punto de desembarcar en el Muelle Deportivo tres mexicanos con los que no te agradaría encontrarte. Tipos muy violentos, ¿me entiendes? De esos que van cargados con cacharras y a los que les importa una mierda utilizarlas contra quien sea. Si me das la llave ahora y te dejas de chorradas, puede ser que yo llegue a tiempo de que se estén quietos. Pero, si no, la Melania, el abogado, tú y hasta yo mismo, nos vamos a acordar del día que nacimos. ¿Lo copias o te hago un mapa, listillo?
Monroy no se esperaba aquello. Podía tratarse de un farol. Pero había algo que le indicaba lo contrario: el temblor, la inquietud que pobló la voz del hombre grande al mencionar a los matones.
—Esto no es una broma —añadió el hombre, apartando una de las sillas y sentándose, obviando ya la posibilidad de cualquier amenaza—. Si les doy algo que los deje contentos, puede ser que escapemos. Si no, estamos todos de mierda hasta el cuello. Así que dime qué coño quieres. ¿Dinero? ¿Un seguro de vida? ¿La promesa de que nadie va a hacerte nada? Porque, como tardes un poco más, eso no voy a poder prometértelo ni yo.
—Solo quiero dos cosas. —Ante el respingo del hombre grande, Monroy se apresuró a aclarar—: No te preocupes. Las dos son sencillitas. La primera, que me digas dónde coño están la Escudero y el abogado.
—¿Y a ti qué más te da?
—Pues la cosa es que no terminamos de zanjar el negocio. No sé a ti, pero a mí no me gusta que me tomen el pelo dos pijos de mierda.
El hombre grande sonrió.
—Están en Mogán. En la villa de Hossman. Y no creo que se muevan de ahí hasta que llegue la criada mañana por la mañana. ¿Satisfecho?
—Sí —dijo Monroy, bebiéndose de un trago lo que le quedaba de cerveza.
—¿Y la otra cosa?
—Eso es todavía más fácil —respondió Monroy, eructando sonoramente—. Un euro.
El hombre grande comprendió y dejó escapar una risita. Se levantó y, rebuscando en su bolsillo, encontró una moneda que dejó sobre la mesa.
—Hay que reconocer que los tienes cuadrados, Eladio —opinó—. Bueno, ¿dónde está la llave?
—Detrás de ti. Tercera estantería a la derecha, dentro del Cuaderno de Nueva York, de...
—De Pepe Hierro —dijo el otro, volviéndose para buscar el libro, mientras Monroy se quedaba boquiabierto.
Al hombre grande no le costó localizar el libro, en la edición de tapas rosadas que conocía tan bien. Sacó de él el llavín, que pendía de un llaverito de plástico en el que estaba inscrito el número 23. Cuando se volvió nuevamente hacia Monroy, aún la boca de este dibujaba una O. Le pareció una reacción divertida, así que pensó que podía permitirse un pequeño alarde de erudición y recitó de memoria:

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Monroy enarcó las cejas. Luego sonrió.
—Esto no te cuadra.
—¿Por qué no? —dijo el hombre grande.
—Porque tú pareces un tipo duro.
—¿Y?
—Que se supone que los tipos duros no leen poesía.
—Vas a tener que dejar de ver tantas películas americanas, Eladio —dijo el otro, con sincera cordialidad.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Miríadas en las parábolas del agua - Talo


Parábolas - Antonio Machado

I

Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntó:¿ Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!