(1970) Óleo sobre lienzo, Escuela Francesa
Éstas que aqui destaco son algunas de las pompas que conforman la espuma de mi bitácora. Es posible que algunas coincidan con las tuyas. Déjate salpicar y enjabonemos el agua de la vida.
jueves, 30 de octubre de 2014
El mar lejano - Juan Ramón Jiménez
EL MAR LEJANO
La fuente trueca su cantata.
Se mueven todos los caminos...
Mar de la aurora, mar de plata,
¡qué nuevo estás entre los pinos!
Viento del sur ¿vienes sonoro
de granas? Ciegan los caminos...
Mar de la siesta, mar de oro,
¡qué loco estás sobre los pinos!
Dice el verdón no sé qué cosa.
Mi alma se va por los caminos...
Mar de la tarde, mar de rosa,
¡qué dulce estás bajo los pinos!
miércoles, 29 de octubre de 2014
sábado, 25 de octubre de 2014
Jo Nesbo - El leopardo y la manzana de Leopoldo
31
Kigali
[...]
Se habían detenido entre dos hileras de barracas de lo que Harry comprendió que era una especie de centro de la ciudad de Goma. La gente corría de un lado a otro por el espacio abierto casi intransitable que separaba las tiendas. A lo largo de las fachadas de las casas había bloques de piedra negra apilados que funcionaban como cimientos. La tierra reseca parecía esmalte negro y un polvo de color gris se arremolinaba en el aire, que apestaba a pescado podrido.
—Ahí —dijo Joe señalando la puerta de una de las casas de hormigón—. Espero en el coche.
Harry se dio cuenta de que algunos de los hombres que había en la calle se detenían al verlo bajar del coche. Se percató de su mirada neutra y peligrosa, que no contenía ninguna advertencia. Eran hombres que sabían que los actos agresivos son más eficaces cuando no se avisa. Harry se fue derecho a la puerta, sin mirar a su alrededor, para demostrar que sabía lo que hacía allí, adónde iba. Llamó a la puerta. Una vez. Dos veces. Tres. ¡Mierda! Había hecho un viaje demasiado largo para...
La puerta se entreabrió.
Una cara blanca y arrugada asomó por la rendija y lo miró con extrañeza.
—¿Eddie van Boorst? —dijo Harry.
—Il est mort —dijo el hombre con una voz tan ronca que sonó como los estertores de la muerte.
Harry recordaba del colegio el francés suficiente para comprender que el hombre acababa de afirmar que Van Boorst estaba muerto. Apostó por el inglés.
—Me llamo Harry Hole. Herman Kluit, que vive en Hong Kong, me ha dado el nombre de Van Boorst. He hecho un largo viaje. Quería hablar de la manzana de Leopoldo.
El hombre parpadeó sorprendido. Sacó del todo la cabeza por la abertura y miró a derecha e izquierda. Luego, abrió la puerta un poco más.
—Entrez —dijo indicándole a Harry que pasara.
Harry agachó la cabeza y la adelantó, y logró que las piernas lo siguieran en el último momento: el suelo de la casa estaba veinte centímetros por debajo del de la calle. Allí dentro olía a incienso. Y a algo más, que le resultaba familiar, el hedor dulzón y ácido a hombre mayor que lleva varios días bebiendo.
Los ojos de Harry se habituaron a la oscuridad y descubrió al anciano escuálido y menudo, enfundado en un elegante batín de seda color burdeos.
—Scandinavian accent —dijo Van Boorst en el inglés de Hercule Poirot, y se llevó a los labios un cigarrillo con una boquilla amarillenta—. A ver si lo adivino. Desde luego, no es danés. Podría ser sueco, pero creo que es noruego, ¿no?
Por una grieta de la pared que tenía a su espalda asomó las antenas una cucaracha.
—Vaya, un experto en acentos.
—Es un hobby, simplemente —dijo Van Boorst, halagado y satisfecho—. En los países pequeños como Bélgica tenemos que aprender a mirar hacia fuera en lugar de hacia dentro. ¿Y cómo está Herman?
—Bien —dijo Harry; se giró a la derecha y vio dos pares de ojos que lo miraban sin interés.
Uno, desde una foto que había colgada sobre la cama, en el rincón. Un retrato enmarcado de una persona con una barba larga y canosa, nariz grande, pelo corto, hombreras, cadena, sable. El rey Leopoldo, si Harry no andaba equivocado. El otro par pertenecía a una mujer que estaba tumbada de lado en la cama y que solo tenía una colcha sobre las caderas. La luz de la ventana le daba en los pechos pequeños, con la firmeza propia de la juventud. Respondió al gesto de saludo de Harry con una sonrisa que dejó al descubierto un diente de oro entre los demás, muy blancos. No podía tener más de veinte años. En la pared que quedaba detrás de su estrecha cintura Harry atisbó un perno clavado en una grieta del enlucido. Del perno colgaban un par de esposas de color rosa.
—Mi mujer —dijo el belga—. Bueno, una de ellas.
—¿Miss Van Boorst?
—Algo así. Quieres comprar, ¿no? ¿Tienes dinero?
—Primero quiero ver lo que tienes —dijo Harry.
Eddie van Boorst se dirigió a la puerta, la abrió un poco y echó un vistazo. Luego la cerró y echó la llave.
—¿Has venido solo con el chófer?
—Sí.
Van Boorst apagó el cigarrillo mientras escrutaba a Harry desde los pliegues de piel que se le formaban sobre los ojos cuando los entornaba. Luego se fue a un rincón de la habitación, apartó una alfombra de una patada, se inclinó y tiró de una anilla metálica. Se abrió una portezuela. El belga le pidió a Harry que bajara por el agujero en primer lugar. Harry supuso que era una regla fruto de la experiencia, e hizo lo que le pedía. Una escalera conducía a una oscuridad de boca de lobo. Después de siete peldaños, Harry notó el suelo bajo los pies. Acto seguido, se encendió una lámpara en el techo.
Harry echó un vistazo a su alrededor. La habitación era lo bastante alta para él y tenía un suelo liso de cemento. Tres de las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de la mercancía habitual: pistolas Glock muy usadas, Smith & Wesson calibre 38 como la suya, cajas de munición, un Kalashnikov. Harry nunca había tenido en sus manos un ejemplar de aquella famosa automática rusa, cuyo nombre oficial era AK-47. Acarició la culata de madera.
—Un original de 1947, el primer año de fabricación —dijo Van Boorst.
—Parece que aquí todo el mundo tiene una —dijo Harry—. La causa de muerte más popular en África, según dicen.
Van Boorst asintió.
—Por dos razones muy sencillas. Cuando los países comunistas empezaron a exportarlas a este continente después de la guerra fría, un Kalashnikov costaba tanto como una gallina cebada en tiempo de paz. Y, en tiempo de guerra, no más de cien dólares. Por otro lado, funciona bien, con independencia de lo que hagas con él, y eso en África es importante. A los mozambiqueños les gustan tanto los Kalashnikov que han puesto uno en la bandera nacional.
Harry detuvo la mirada en unas letras discretamente grabadas en una maleta negra.
—¿Es eso lo que yo creo? —preguntó.
—Märklin —dijo Van Boorst—. Un arma rara. Se fabricaron muy pocas, puesto que resultó ser un fiasco. Demasiado pesada y con demasiado calibre. La usaban para la caza de elefantes.
—Y para la caza de personas —dijo Harry en voz baja.
—¿La conocías?
—Una mira telescópica con la mejor óptica del mundo. Que no es lo que se necesita para cazar elefantes a una distancia de cien metros, desde luego. Es un arma para atentados, ni más ni menos. —Harry pasó los dedos por la maleta mientras los recuerdos le venían a la memoria—. Sí, la conozco.
—Te la vendo barata. Treinta mil euros.
—Esta vez no he venido por un arma.
Harry se volvió hacia la estantería que había en el centro de la habitación. Unas máscaras grotescas pintadas de blanco lo miraban desde los estantes.
—Máscaras de los espíritus de los mai-mai —dijo Van Boorst—. Creen que si se rocían con agua sagrada, las balas no les harán daño. Puesto que las balas también se convierten en agua. La guerrilla mai-mai entró en guerra con el ejército del gobierno con arcos y flechas, gorros de baño en la cabeza y tapones de bañera por amuletos. I’m not kidding you, monsieur. Naturalmente, los pulverizaron. Pero a los mai-mai les gustan las armas. Y las máscaras pintadas de blanco. Y los corazones y los riñones de sus enemigos. Poco hechos, con puré de maíz.
—Bueno —dijo Harry—. No esperaba que una casa tan sencilla tuviera un sótano tan repleto.
Van Boorst se echó a reír.
—Cellar? This is the ground floor. Or was. Antes de la erupción de hace tres años.
Harry lo comprendió. Bloques de piedra negra, esmalte negro. El suelo del piso de arriba, más bajo que el de la calle...
—Lava —dijo Harry.
Van Boorst asintió.
—Corrió por todo el centro y se llevó por delante la casa que tenía junto al lago Kivu. Todas las casas de madera que había aquí se quemaron, esta casa de hormigón fue la única que quedó en pie, aunque casi enterrada en lava. —Señaló la pared—. Eso que ves ahí es la puerta de lo que era la planta baja hace tres años. Cuando compré la casa, puse la puerta por la que has entrado.
Harry asintió.
—Suerte que la lava no quemó la puerta e invadió también esta planta.
—Como ves, las ventanas y la puerta están en la pared que da la espalda al Nyiragongo. No es la primera vez. Esa dichosa montaña escupe lava sobre la ciudad cada diez o veinte años.
Harry enarcó las cejas.
—¿Y la gente vuelve aquí a pesar de todo?
Van Boorst se encogió de hombros.
—Bienvenido a África, pero ese volcán es bloody useful. Si quieres deshacerte de un cadáver molesto, un problema bastante habitual en Goma, puedes echarlo al lago Kivu, naturalmente. Pero, entonces, todavía seguiría existiendo allá abajo. En cambio, si recurres al Nyiragongo... La gente cree que en el fondo de la mayoría de los volcanes hay lagos de lava ardiente y burbujeante, pero no es así. En ninguno. Salvo en el Nyiragongo. Mil grados Celsius. Si echas algo ahí, ¡puf! Vuelve a subir convertido en gas. Es la única forma que la gente de Goma tiene de llegar al cielo. —Se rió tanto que empezó a toser—. Yo mismo he presenciado cómo un buscador de coltán con más entusiasmo de la cuenta utilizó una cadena para bajar a la hija del jefe de una tribu que se negaba a firmar los documentos que le concedieran al buscador el derecho a la explotación minera en su zona. A veinte metros de la lava le ardió el pelo. A diez metros, la niña se encendió como una vela de sebo. Y a cinco metros, el cuerpo empezó a gotear. No exagero. La piel y la carne le caían a chorros del esqueleto... ¿Es esto lo que te interesa?
Van Boorst había abierto un armario y acababa de sacar una bola de metal. Era brillante, estaba perforada con pequeños agujeros y era de un tamaño algo menor que el de una pelota de tenis. De un agujero algo más grande colgaba una cadena fina rematada por una anilla. Era el mismo instrumento que Harry había visto en casa de Herman Kluit.
—¿Funciona? —preguntó Harry.
Van Boorst soltó un suspiro. Metió el meñique en la anilla metálica y tiró. Se oyó un estallido y la bola de metal dio un salto en la mano del belga. Harry estaba atónito. De los agujeros de la bola salieron lo que parecían pequeñas antenas.
—¿Puedo? —preguntó alargando la mano.
Van Boorst le dio la bola y observó atento mientras Harry contaba las antenas.
—Veinticuatro —dijo Harry.
—Tantas como manzanas fabricadas —dijo Van Boorst—. Esa cifra tenía un valor simbólico para el ingeniero que la inventó y la fabricó: su hermana se suicidó a esa edad.
—¿Cuántas tienes en ese armario?
—Solo ocho. Incluido este magnífico ejemplar de oro. —Sacó una bola que lanzó un destello a la luz de la bombilla antes de que la guardara otra vez—. Pero esa no está a la venta, tendrías que matarme para echarle el guante.
—O sea que has vendido catorce desde que Kluit compró la suya, ¿no?
—Y cada una más cara que la siguiente. Es una inversión segura, señor Hole. Los instrumentos de tortura antiguos tienen un grupo de seguidores fiel y dispuesto a pagar, créeme.
—Te creo —dijo Harry tratando de empujar hacia dentro una de las antenas.
—Va con muelles —dijo Van Boorst—. Una vez que has tirado del hilo, el interrogado no puede sacarse la manzana de la boca. Ni él ni nadie, dicho sea de paso. Hay que ir al paso dos para que las agujas se retraigan. No tires del hilo, por favor.
—¿El paso dos?
—Dámela.
Harry le dio la bola a Van Boorst. El belga introdujo un bolígrafo por la anilla de metal, lo sujetó en posición horizontal a la altura de la bola y luego soltó la bola. Al tensarse el hilo se oyó un nuevo chasquido. La manzana de Leopoldo se balanceaba a quince centímetros por debajo del bolígrafo y las afiladas agujas que sobresalían de las antenas brillaban a la luz.
—Joder —soltó Harry.
El belga sonrió.
—Los mai-mai llamaban al aparato «el sol de la sangre». A quien muchos quieren, muchos nombres tiene.
Dejó la manzana en la mesa, introdujo el bolígrafo en el agujero del que colgaba el hilo, tiró fuerte y tanto las agujas como las antenas desaparecieron con otro chasquido, con lo que la manzana real recuperó la forma redonda y lisa del principio.
—Impresionante —dijo Harry—. ¿Cuánto?
—Seis mil dólares —dijo Van Boorst—. Por lo general, aumento un poco el precio cada vez, pero a ti te la dejo al mismo precio por el que vendí la última.
—¿Por qué? —dijo Harry, y pasó el dedo por el metal liso.
—Porque vienes de muy lejos —dijo Van Boorst, y llenó la habitación del humo del cigarrillo—. Y porque me gusta tu acento.
—Ya. ¿Y quién fue el último que la compró por seis mil dólares?
Van Boorst se echó a reír.
—Nadie sabrá que tú has estado aquí, y tampoco te voy a hablar a ti de mis otros clientes. ¿No le parece tranquilizador, señor...? Ahí lo tienes, ya se me ha olvidado el nombre.
Harry asintió.
—Seiscientos —dijo.
—¿Perdón?
—Seiscientos dólares.
Van Boorst volvió a soltar la misma risotada corta de antes.
—Ridículo. Pero la cantidad que mencionas es la que cuesta una visita guiada por la reserva, si quieres pasarte tres horas viendo gorilas de montaña. ¿Preferiría esta opción, señor Hole?
martes, 21 de octubre de 2014
Lexicón- Max Barry
[I] POETAS
[CUATRO]
[...]—Pensaba que eras historia —le dijo el chico de pelo rizado.
Emily estaba pasando frente a la habitación del chico, pero ahora se detuvo. Estaba tirado en su cama. La chica angelical estaba dentro, con la espalda apoyada en la pared de piedra.
—Solo precalentaba —respondió. Se disponía a marcharse cuando la chica se apartó de la pared y dijo:
—Eh, quiero tu opinión. ¿Por qué crees que los profesores de este sitio tienen nombres falsos?
Emily la miró, confundida.
—Charlotte Brontë. Hay un profesor que se llama Robert Lowell y también un Paul Auster. ¿Te has fijado en el panel del vestíbulo? Dice que antes de Brontë, la directora era Margaret Atwood —señaló con las cejas arqueadas.
—¿Y...? —preguntó Emily.
—Son poetas famosos —dijo el chico—. Poetas famosos muertos, la mayoría. —Le dirigió una mirada divertida a la chica angelical—: No lo sabía.
—Como si yo fuese a sentarme ahí a memorizar nombres de poetas —repuso Emily—. Por eso es por lo que voy a destrozaros en los exámenes, porque todo lo que sabéis es inútil.
El chico esbozó una amplia sonrisa y la chica dijo:
—No pasa nada. —Lo dijo en un tono que hizo que Emily quisiera pegarle—. Y la escuela no tiene nombre. Solo la llaman «la Academia». Un poco raro, ¿verdad?
—Tú eres un poco rara —le soltó Emily.
Gertie no volvió.
—Los exámenes son eliminatorios —dijo el chico de pelo rizado, con la boca llena de pan de centeno. Estaban almorzando y él había ocupado la silla de Gertie—. Suspende uno y estás fuera. Puedes ir haciendo tus maletas.
Emily estaba untando un bollo con mantequilla y detuvo el gesto de su mano a medio camino.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Nadie. Me lo he imaginado. Es obvio, ¿no te parece? —dijo el otro, sin dejar de masticar.
Charlotte apareció durante el almuerzo y miró a Emily de un modo que a ella no le gustó en absoluto. Luego se fue. Emily continuó comiendo, pero la comida formó una bola en su estómago. Más tarde, Charlotte y otro profesor la estaban esperando en el pasillo. Eso le recordó San Francisco, donde dabas un paso en la puerta de la casa donde habías pasado la noche y te dabas de bruces con dos prostitutas delgaduchas, con las caderas marcadas y los labios como culos de gato, temblando de rabia por cualquier agravio. Una deuda o algo que habías hecho.
Charlotte le hizo una seña para que se acercase:
—Emily, por favor.
Sus tacones resonaron por el pasillo.
Al llegar a su despacho, le indicó una silla. La habitación era más grande de lo que Emily había pensado. Tenía puertas que conectaban con otras estancias, en una de las cuales debía de dormir Charlotte, puesto que le había dicho que podía ir a verla en cualquier momento del día. Había una única ventana, que daba a un patio, y una mesa desordenada sobre la que había un jarrón con flores frescas.
—Estoy decepcionada.
—¿Lo está? —preguntó Emily.
—Te ofrecimos una gran oportunidad. Nunca sabrás cómo de grande.
—No sé de qué está hablando.
—La sala de exámenes está vigilada.
—Entiendo —dijo Emily. Hubo un silencio—. O sea, que está diciendo que he hecho algo mal.
—¿Trampas? Sí. Eso estuvo mal.
—Bueno, pues debería haberlo dicho. Debería haber dicho: «En realidad tenemos tres normas, la tercera es no hacer trampas».
—¿Crees que es necesario decir eso?
—Ese tío que me envió aquí desde San Francisco, Lee, sabía que yo engaño a la gente. Eso es lo que hago. Soy una timadora. ¿Me traen aquí pero de repente no puedo hacer trampas? Nunca me advirtieron.
—Dije que las respuestas sinceras eran algo esencial.
—En la prueba anterior. No en la del vídeo.
—No vamos a discutir eso ahora —sentenció Charlotte—. Está de camino un conductor para recogerte. Por favor, coge tus cosas.
—Bien —exclamó Emily—, que les jodan.
—Puede que te hayan prometido una compensación por tu tiempo aquí. Desgraciadamente no va a ser así como consecuencia de tus trampas.
—Zorra.
La expresión del rostro de Charlotte no varió un ápice. Emily había esperado algún tipo de reacción por parte de alguien con aspecto tan monacal. Había dado por supuesto que Charlotte estaba furiosa, del modo en que lo hace la gente cuando rompes una de sus normas impuestas, pero lo cierto era que a Charlotte no parecía importarle.
domingo, 19 de octubre de 2014
El tercer hombre - Prater
Viena 1949
Director: Carol Reed
Intérpretes: Joseph Cotten, Trevor Howard, Alida Valli, Orson Welles
Guión: Graham Green
B.S.O.: Anton Karas
Director: Carol Reed
Intérpretes: Joseph Cotten, Trevor Howard, Alida Valli, Orson Welles
Guión: Graham Green
B.S.O.: Anton Karas
martes, 7 de octubre de 2014
sábado, 4 de octubre de 2014
miércoles, 1 de octubre de 2014
lunes, 22 de septiembre de 2014
Resurrección - Craig Russell
Cap. 3
—Desde el momento en que lo vi sospeché que había sido momificado —Brandt continuó explicando—. El doctor Severts, aquí presente, es un experto en la materia y yo mismo tengo un gran interés en las momias. Los cadáveres de los pantanos en los que usted piensa sufren un proceso totalmente distinto: los ácidos y los taninos de las turberas tiñen la piel de los cuerpos y los convierten, literalmente, en bolsos de cuero; a veces lo único que queda de ellos es su pellejo, mientras los órganos internos e incluso los huesos pueden disolverse y desaparecer. —Señaló el cuerpo con un movimiento de la cabeza—. Este tipo tiene la apariencia de las momias de los desiertos. El aspecto tan demacrado y la textura apergaminada de la piel... denotan que se desecó casi de inmediato en un ambiente privado de oxígeno.
—Y, a pesar de su aspecto, no murió recientemente. Pero, como pueden ver por la ropa, tampoco es una reliquia de la Edad Media. —Severts abarcó el área de la excavación en la que se encontraban con un movimiento de la mano—. Las evidencias que rodean el cuerpo me dan una idea de lo que ocurrió. Nuestros estudios geofísicos y los registros que tenemos de esta zona dan a entender que nos encontramos en un muelle de carga de la segunda guerra mundial.
Brauner pasó la mano por el ribete de piedrecitas brillantes. Cogió algunas y las hizo rodar entre los dedos.
—¿ Vidrio?
Severts asintió.
—Era arena. Prácticamente todo lo que hay aquí es básicamente la misma arena pálida. Es sólo que parte de ella se ha mezclado con ceniza negra mientras este anillo exterior ha sufrido una exposición a un calor tan intenso que se convirtió en toscos cristales de vidrio.
Fabel asintió con una expresión triste.
—¿Los bombardeos británicos de 1943?
—Esa es mi hipótesis —dijo Severts—. Encaja con lo que sabemos de esta zona. Y también con esta forma de momificación, que era un resultado habitual de las intensas temperaturas creadas por la tormenta de fuego. Me da la impresión de que este hombre se guareció en alguna clase de refugio antiaéreo junto al muelle, improvisado con bolsas de arena. Debió de producirse una explosión incendiaria muy cerca que, básicamente, lo horneó y lo enterró.
Los ojos de Fabel seguían clavados en el cuerpo momificado. Operación Gomorra. Los británicos descargaron bombas incendiarias y explosivos de alto poder sobre Hamburgo por la noche y los americanos durante el día, hasta llegar a 8.344 toneladas. En algunas partes de la ciudad, la temperatura del aire a cielo abierto superó los mil grados. Alrededor de cuarenta y cinco mil ciudadanos de Hamburgo ardieron en las llamas o murieron cocinados bajo ese intenso calor. Fabel contempló las facciones delgadas y demasiado afinadas, lo que se debía a que la carne bajo la piel había perdido toda su humedad. Se había equivocado. Por supuesto que había visto cuerpos así antes: en viejas fotografías en blanco y negro de Hamburgo y también de Dresde. Muchas personas habían sido horneadas y convertidas en momias sin estar enterradas; desecadas en pocos instantes, expuestas a llamaradas de altísimas temperaturas en las calles sin aire o en los refugios antiaéreos que se habían convertido en hornos de panadería. Pero jamás había visto uno de carne y hueso, aunque esa carne estuviera desecada.
—Es difícil creer que este hombre lleve más de sesenta años muerto —dijo por fin.
Brauner sonrió y palmeó el hombro de Fabel con su ancha mano.
—Es simple biología, Jan. Para que haya descomposición se necesitan bacterias; las bacterias necesitan oxígeno. Si no hay oxígeno, no hay bacterias y por lo tanto no hay descomposición. Cuando lo extraigamos, probablemente hallaremos alguna descomposición limitada en el tórax. Todos tenemos bacterias en las entrañas, y cuando morimos, son las primeras en ponerse a trabajar. De todas maneras, haré un análisis forense completo del cuerpo y luego se lo pasaré al Institut für Rechtsmedizin de Eppendorf para que realicen una autopsia. Tal vez todavía estemos a tiempo de confirmar la causa de la muerte, aunque yo apostaría un año de mi salario a que fue asfixia. Y podremos deducir aproximadamente la edad biológica del cadáver.
—De acuerdo —dijo Fabel. Se volvió hacia Severts y su estudiante, Brandt—. Creo que no será necesario bloquear el resto de la excavación. Pero si encuentran algo que se relacione o que ustedes crean que se relaciona con este cuerpo, por favor infórmenme de ello. —Le entregó a Severts su tarjeta de la Polizei de Hamburgo.
—Lo haré —dijo Severts. Hizo un gesto en dirección al cadáver, que todavía parecía darles la espalda, girando el hombro, como si tratara de regresar a un sueño groseramente interrumpido—. Al parecer no se trata de la víctima de un homicidio, después de todo.
Fabel se encogió de hombros.
—Eso depende de su punto de vista.
sábado, 20 de septiembre de 2014
Juan Ramón Jiménez - Jardín
Jardín
Yo no sé cómo saltar
desde la orilla de hoy
a la orilla de mañana.
El río se lleva, mientras,
la realidad de esta tarde,
a mares de esperanza.
Miro al oriente, al poniente,
miro al sur y miro al norte.
Toda la verdad dorada
que cercaba el alma mía,
cual un cielo completo,
se cae, partida y falsa.
Y no sé como saltar
desde la orilla de hoy
a la orilla de mañana.
De "Estío"
martes, 16 de septiembre de 2014
lunes, 15 de septiembre de 2014
Los tipos duros no leen poesía - Alexis Ravelo
34
(...)—Vale. Te lo voy a decir una vez, una sola vez, para que lo entiendas. De acuerdo: yo no trabajo para estos dos gilipollas. Mi jefe está bastante más arriba. Pero es que, por encima de mi jefe, hay otro. Y ese es todavía más peligroso que el mío. Tan peligroso que ahora mismo están a punto de desembarcar en el Muelle Deportivo tres mexicanos con los que no te agradaría encontrarte. Tipos muy violentos, ¿me entiendes? De esos que van cargados con cacharras y a los que les importa una mierda utilizarlas contra quien sea. Si me das la llave ahora y te dejas de chorradas, puede ser que yo llegue a tiempo de que se estén quietos. Pero, si no, la Melania, el abogado, tú y hasta yo mismo, nos vamos a acordar del día que nacimos. ¿Lo copias o te hago un mapa, listillo?
Monroy no se esperaba aquello. Podía tratarse de un farol. Pero había algo que le indicaba lo contrario: el temblor, la inquietud que pobló la voz del hombre grande al mencionar a los matones.
—Esto no es una broma —añadió el hombre, apartando una de las sillas y sentándose, obviando ya la posibilidad de cualquier amenaza—. Si les doy algo que los deje contentos, puede ser que escapemos. Si no, estamos todos de mierda hasta el cuello. Así que dime qué coño quieres. ¿Dinero? ¿Un seguro de vida? ¿La promesa de que nadie va a hacerte nada? Porque, como tardes un poco más, eso no voy a poder prometértelo ni yo.
—Solo quiero dos cosas. —Ante el respingo del hombre grande, Monroy se apresuró a aclarar—: No te preocupes. Las dos son sencillitas. La primera, que me digas dónde coño están la Escudero y el abogado.
—¿Y a ti qué más te da?
—Pues la cosa es que no terminamos de zanjar el negocio. No sé a ti, pero a mí no me gusta que me tomen el pelo dos pijos de mierda.
El hombre grande sonrió.
—Están en Mogán. En la villa de Hossman. Y no creo que se muevan de ahí hasta que llegue la criada mañana por la mañana. ¿Satisfecho?
—Sí —dijo Monroy, bebiéndose de un trago lo que le quedaba de cerveza.
—¿Y la otra cosa?
—Eso es todavía más fácil —respondió Monroy, eructando sonoramente—. Un euro.
El hombre grande comprendió y dejó escapar una risita. Se levantó y, rebuscando en su bolsillo, encontró una moneda que dejó sobre la mesa.
—Hay que reconocer que los tienes cuadrados, Eladio —opinó—. Bueno, ¿dónde está la llave?
—Detrás de ti. Tercera estantería a la derecha, dentro del Cuaderno de Nueva York, de...
—De Pepe Hierro —dijo el otro, volviéndose para buscar el libro, mientras Monroy se quedaba boquiabierto.
Al hombre grande no le costó localizar el libro, en la edición de tapas rosadas que conocía tan bien. Sacó de él el llavín, que pendía de un llaverito de plástico en el que estaba inscrito el número 23. Cuando se volvió nuevamente hacia Monroy, aún la boca de este dibujaba una O. Le pareció una reacción divertida, así que pensó que podía permitirse un pequeño alarde de erudición y recitó de memoria:
Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Monroy enarcó las cejas. Luego sonrió.
—Esto no te cuadra.
—¿Por qué no? —dijo el hombre grande.
—Porque tú pareces un tipo duro.
—¿Y?
—Que se supone que los tipos duros no leen poesía.
—Vas a tener que dejar de ver tantas películas americanas, Eladio —dijo el otro, con sincera cordialidad.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Parábolas - Antonio Machado
I
Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntó:¿ Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntó:¿ Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!
lunes, 1 de septiembre de 2014
domingo, 31 de agosto de 2014
Sólo los muertos - Alexis Ravelo
24
***
Sarito insistió tanto y el caldo de papas olía tan bien que Monroy no pudo resistirse a la invitación. Almorzaron los tres, los dos ancianos y él, en el comedor, con profusión de bromas y queso tierno recién traído de Fuerteventura por el hijo de Paco Nieves, que iba allá por negocios dos veces a la semana.
El ex marinero terminaba ahora la segunda taza de arroz con leche, con un aire de fruición que ponía en su semblante la expresión de un niño.
—Ay, cómo me gusta verte comer, querido —dijo Sarito, poniéndole una mano en el hombro—. Si quieres más, hay más, ¿eh?
Monroy la miró con pánico.
—Sarito, me vas a reventar... Si ya estoy embostado...
Paco Nieves rió todo lo estruendosamente que sus pulmones se lo permitieron.
—Pero, mi niño, si no has comido nada... —insistió Sarito—. Ese cuerpo lo tienes que llenar...
—Sarito, te lo juro: no me cabe ya ni una peladilla.
Ella enarboló una sonrisa mientras se levantaba.
—Bueno, un cafecito sí —propuso.
—Ah. Eso sí.
Sarito fue a poner la cafetera al fuego.
—Mira que es exagerada esta mujer —dijo Paco Nieves, aún sonriente—. Si la dejas, te pone como al que hacía de Perry Mason.
Monroy mostró su acuerdo con un bufido y un gesto de la cabeza.
—Bueno, ahora que se fue para allá. ¿Qué es lo que te hace falta? ¿Tienes algún apuro de perras?
—No. De dinero voy bien. No te preocupes. Pero a lo mejor necesito borrarme del mapa unos cuantos días.
—Y te hace falta un sitio tranquilo...
—Lo cogiste rápido.
—Déjame pensar —dijo el viejo, cogiendo el teléfono inalámbrico que estaba en el aparador junto a él y quedándose con el aparato en la mano mientras repasaba en voz alta las posibilidades—. Mira... Ahora mismo tengo un apartamento libre en Maspalomas... Pero aquello es un agujero... ¿Qué te parece —añadió tras una pausa— si te vas para Teror? La casa está cuidadita. Tiene teléfono y la Internet ésa y todo...
—Hombre, me vendría de miedo. Pero ¿esa casa no la tiene tu hijo?
—Ellos sólo van de vez en cuando, los fines de semana.
—Ya. Lo que pasa es que yo no sé cuándo voy a ir ni cuánto tendré que quedarme. Fíjate, ni siquiera sé si voy con seguridad.
—Eso da igual, Eladio. Si te quieres quedar allí para siempre, te quedas. Al fin y al cabo, la casa es mía. Como si le faltaran casas a este... Espera, que lo voy a llamar para avisarlo...
Antes de que Monroy pudiera decir nada más, ya había marcado el número. Tras un instante, alguien contestó al otro lado de la línea.
—¿Carmita? ¿Qué pasó, querida...? Bien, bien... Todos bien... Oye, ¿está tu marido? Pónmelo, anda... —mientras esperaba, Paco Nieves sonrió a Monroy y le guiñó un ojo—. Blas... Sí, estaba buenísimo... Le faltaba un poco de sal, pero a tu madre le gusta más así, qué le vamos a hacer. Oye, una cosita, ¿tú vas a estar esta tarde en la ferretería de León y Castillo...? Ah, vale... Va a pasar por ahí Eladio Monroy a buscar las llaves de la casa de Teror... ¿Cómo que qué casa? ¿Cuál va a ser, zarandajo...? La necesita durante un tiempo... Eso me da igual... Que te estoy diciendo que me da igual... Le debemos unos cuantos favores... Tú también, aunque no lo sepas... Además, ¿de quién coño es la casa? ¿Tuya o mía...? Cuando yo me muera haces lo que te salga de los huevos, y tranquilo que me queda poco, pero por ahora te jodes y le das las llaves... No lo sé... Como si se la queda para él. Eso no es asunto tuyo... Y, además, mira, te voy a decir una cosa: esta tarde, cuando cierres, te vienes para acá, que vamos a hablar tú y yo... Bueno, se pasa luego por ahí. Hasta luego, mi hijo.
Y colgó. Monroy dijo entonces lo que llevaba rato queriendo decir.
—Joder, Paco, me podía haber ido a la de Maspalomas... No te quiero crear un problema con tu hijo...
—Mira, lo justo es lo justo. Y, además, a mí, mi hijo me tiene que obedecer porque sigue siendo mi hijo y porque todo sigue estando a mi nombre y al de Sarito. Y donde hay capitán no manda marinero. Y tú eras marinero. Así que ya sabes que aquí se hacen las cosas como yo diga y punto. Y esto va por ti también —le soltó el viejo, medio asfixiado.
En ese momento regresó Sarito con el café.
—¿Ya se están peleando otra vez? —Preguntó dejando la bandeja sobre la mesa.
—¿Y a usted qué le importa, señora? Métase en sus asuntos —dijo Paco.
Sarito rodeó la mesa, llegó hasta su marido, le agarró fuertemente la cabeza con ambas manos y le depositó un sonoro beso en la frente.
—¡Ay, mi calentón! ¡Que está todo el día enfofernado!
Monroy rompió a reír. Paco, agobiado por el zarandeo mimoso al que le sometía su mujer, protestaba.
—Sí, tú ríete, cabrón... Si la tuvieras que aguantar todo el día. Suéltame, mujer, que no soy un muñeco... ¡Que me sueltes, coño!
25
sábado, 23 de agosto de 2014
jueves, 21 de agosto de 2014
Antonio Machado - Sueño
Desde el umbral de un sueño me llamaron...
Era la buena voz, la voz querida.
-Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?...
Llegó a mi corazón una caricia.
-Contigo siempre... Y avancé en mi sueño
por una larga, escueta galería,
sintiendo el roce de la veste pura
y el palpitar suave de la mano amiga.
lunes, 18 de agosto de 2014
Epopeya de Gilgamesh (S.XXVII a.C.)
Tablilla III
...
El se lavó la sucia cabellera, acicaló sus armas. La trenza de su pelo sacudió contra su espalda. Arrojó sus manchadas cosas, se puso otras limpias. Se envolvió en un manto franjeado y se abrochó un ceñidor. Cuando Gilgamesh se hubo puesto la tiara. La gloriosa Istar levantó un ojo ante la belleza de Gilgamesh:
«¡Ven, Gilgamesh, sé tú mi amante! Concédeme tu fruto. Serás mi marido y yo seré tu mujer. Enjaezaré para ti un carro de lapislázuli y oro. Cuyas ruedas son áureas y cuyas astas son de bronce. Tendrás demonios de la tempestad que uncir a fuer de mulas poderosas. En la fragancia de los cedros entrarás en nuestra casa. Cuando en nuestra casa entres. ¡El umbral y el tablado besarán tus pies! ¡Se humillarán ante ti reyes, señores y príncipes! El producto de colinas y de llano te ofrecerán por tributo. Tus cabras engendrarán crías triples, tus ovejas gemelos. Tu asno en la carga sobrepujará a tu mula. Los corceles de tu carro serán famosos por su carrera. ¡Tu buey bajo el yugo no tendrá rival!» Gilgamesh abrió la boca para hablar. Diciendo a la gloriosa Istar: «¿Qué daré a ti para que pueda tomarte en matrimonio? ¿Te daré aceite para el cuerpo y vestidos? ¿Daré pan y vituallas? [... ] comida digna de la divinidad, [... ] bebida propia de la realeza. (mutilado) [¿... si yo] te tomo en matrimonio? No eres más que un brasero que se apaga con el frío; Una puerta trasera que no detiene la ráfaga ni el huracán; Un palacio que aplasta al valiente [...]; Un turbante cuyo amparo [...]; Pez que ensucia a los porteadores; Odre que empapa al que lo carga; Piedra caliza que comba el baluarte de piedra; Jaspe [que ... ] país enemigo; ¡Calzado que oprime el pie de su propietario! ¿A cuál amante amaste siempre? ¿Cuál de tus pastores plugo a ti constantemente? Vamos, y mencionaré para ti tus amantes: De...[.. ] Para Tammuz, el amante de tu juventud. Has ordenado llantos año tras año. Habiendo amado al pintado pájaro pastor. Le lastimas, rompiendo su ala. En los sotos permanece, chillando: "¡Mi ala"! Después amaste a un león, perfecto en fuerza; Siete hoyas y siete cavaste contra él. Luego a un garañón amaste, famoso en la batalla; El látigo, el acicate y la brida ordenaste para él. Decretaste para él un galope de siete leguas. Decretaste para él una bebida de agua cenagosa; ¡Para su madre, Silili, ordenaste gemidos! Después amaste al guardián del rebaño. El cual siempre amontonó para ti pasteles. A diario sacrificó cabritos por ti; Pero tú le afligiste, trocándole en lobo. Para que sus gañanes le ahuyentaran. Y sus perros le mordieran las ancas. Luego amaste a Isullanu, jardinero de tu padre. Que te ofrecía siempre cestas de dátiles. Y diariamente adornó tu mesa. Tus ojos se levantaron hasta él, tú fuiste a él: "Oh Isullanu mío, ¡probemos tu vigor! ¡Extiende tu «mano» y toca nuestra «modestia»!" Isullanu te dijo: "¿Qué deseas de mí? ¿Acaso no coció mi madre, no he comido. Para que yo pruebe el manjar hediondo, impuro? ¿Protegen las cañas del frío?". Cuando le oíste hablar así. Le castigaste y le convertiste en un topo. Le colocaste en medio de. . [. ]; No puede subir... no puede bajar... Si me amas, me tratarás como a ellos». Cuando Istar oyó esto, Istar se enfureció y ascendió al cielo. Se adelantó Istar ante Anu, su padre. A Antum, su madre, fue y dijo: «Padre mío, ¡Gilgamesh ha acumulado insultos sobre mí! Gilgamesh ha enumerado mis hediondos hechos. Mi fetidez y mi impureza». (...)
Museo de Pérgamo, Berlín '14
sábado, 16 de agosto de 2014
Yes - Soon
Soon
Soon oh soon the light
Pass within and soothe this endless night
And wait here for you
Our reason to be here
Soon oh soon the time
All we move to gain will reach and calm
Our heart is open
Our reason to be here
Long ago, set into rhyme
Soon oh soon the light
Ours to shape for all time, ours the right
the sun will lead us
Our reaon to be here
Soon oh soon the light
Ours to shape for all time,ours the right
the sun will lead us
Our reason to be here
viernes, 15 de agosto de 2014
Jorge Guillén - Perfección
Queda curvo el firmamento,
Compacto azul, sobre el día.
Es el redondeamiento
Del esplendor: mediodía.
Todo es cúpula. Reposa,
Central sin querer, la rosa,
A un sol en cénit sujeta.
Y tanto se da el presente
Que al pie caminante siente
La integridad del planeta.
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