domingo, 27 de julio de 2008

Una Noche de Perros - Hugh Laurie

Soñé muchas cosas que no te contaré para no hacerte sentir incómodo, y lo último que soñé fue que pasaba el aspirador por mi alfombra. Lo pasaba una y otra vez, pero lo que manchaba la alfombra se negaba a desaparecer.
Entonces me percaté de que estaba despierto, y que la mancha en la alfombra era el sol, porque alguien acababa de abrir las cortinas de par en par. En una fracción de segundo, mi cuerpo adoptó una impecable posición de combate, con el cable en una mano y la voluntad de matar en mi corazón.
Pero entonces me dí cuenta de que eso también lo había soñado, y lo que hacía en realidad era estar tendido en la cama con la mirada puesta en una mano peluda muy cerca de mi cara. La mano desapareció, y atrás quedó una taza que humeaba y el aroma de una popular infusión que se comercializa con el nombre de PG Tips. Quizá en aquella fracción de segundo fui capaz de deducir que si unos intrusos quieren degollarte, no abren las cortinas y te sirven té.
-¿Qué hora es?
-Pasan treinta y cinco minutos de las ocho. Es la hora de sus ejercicios, señor Bond.
Me senté en la cama y miré a Solomon. Se lo veía bajo y alegre como siempre, con la misma horrible gabardina marrón que había comprado en las rebajas.
-Debo suponer que has venido a investigar un robo, ¿no es así? -dije mientras me frotaba los ojos hasta que comencé a ver unos puntos blancos.
-¿Cuál sería ese robo, señor?
Solomon llamaba a todo el mundo "señor", excepto a sus superiores.
-El robo de mi timbre.
-Si lo que pretende, a su manera sarcástica, es referirse a mi silenciosa entrada en su morada, entonces debo recordarle que soy un practicante de la magia negra, y que los practicantes, para merecer ese término, deben practicar. Ahora compórtese como un buen chico y vístase. Se nos hace tarde.
Desapareció en la cocina y oí los chasquidos y los zumbidos de mi tostadora del siglo XIV.
Me levanté de la cama, me dolió el brazo izquierdo al apoyarlo, me puse una camisa y un pantalón y me llevé la afeitadora eléctrica a la cocina.
Solomon había puesto la mesa para mí y había dejado unas tostadas en una parrilla que yo ni siquiera sabía que tenía en casa. A menos que él la hubiera traido, cosa poco probable.
-¿Más té, monseñor?
-¿Tarde para qué?
-Una reunión, amo, una reunión. Veamos, ¿tiene usted una corbata?
Sus grandes ojos castaños me miraron, expectantes.
-Tengo dos -respondí-. Una es del club Garrick, al que no pertenezco; la otra aguanta la cisterna del váter contra la pared.
Me senté a la mesa y ví que incluso había encontrado en alguna parte un frasco de mermelada Keiller's Dundee. No tenía ni idea de cómo lo hacía, pero Solomon podía rebuscar en una papelera y sacar un coche de ella si era necesario. Un buen tipo para llevarte al desierto.
Quizá era allí adonde iríamos.
-¿Quién le está pagando las facturas estos días, amo? -Aparcó medio culo en la mesa y me miró comer.
-Esperaba que vosotros.
La mermelada estaba deliciosa, y quería hacerla durar, pero advertí que Solomon tenía prisa por marcharse. Consultó su reloj y desapareció de nuevo en el dormitorio. Lo oí trastear en el armario en un intento de encontrar una chaqueta.
-Debajo de la cama -grité. Recogí el magnetófono. La casete seguía allí.
Mientras me bebía el té, entró Solomon con un blazer cruzado al que le faltaban dos botones. Lo sostenía como un ayuda de cámara. No me moví de donde estaba.
-Oh, amo. Por favor, no pongas pegas. No antes de recoger la cosecha y que las mulas estén descansadas.
-Sólo dime adónde vamos.
-Carretera abajo, en una espléndida carroza. Le encantará, y en el camino de regreso podrá comerse un helado.
Me levanté lentamente y me puse la chaqueta.
-David.
-Estoy aquí, amo.
-¿Qué pasa?
Frunció los labios y el entrecejo. No era la manera correcta de hacer preguntas de ese tipo. Me mantuve firme.
-¿Estoy en un lío?
-Eso parece.
-¿Eso parece?
-Hay treinta centímetros de cable en aquel cajón; el arma preferida del joven amo.
-¿Y?
Me obsequió con una fugaz y cortés sonrisa.
-Puede causarle problemas a alguien.
-Corta el rollo, David. Lleva meses en el cajón. Lo compré para unir dos cosas que están muy juntas.
-Sí. La factura es de hace dos días. Todavía está en la bolsa.
Nos miramos el uno al otro durante unos momentos.
- Lo siento, amo. La magia negra. Vámonos. (págs.29-31)

sábado, 21 de junio de 2008

Bartleby, el Escribiente - Herman Melville

Mientras volvía andando a casa meditabundo, mi vanidad le ganó la batalla a mi piedad. No podía sino vanagloriarme en gran manera por la gestión magistral que había llevado a cabo para deshacerme de Bartleby. Magistralmente, digo; y así le debe parecer a cualquier persona imparcial, Lo maravilloso de mi proceder parecía estribar en su perfecta serenidad. No hubo groseras fanfarronadas, ni ningún tipo de bravuconadas, ni coléricas intimidaciones, ni grandes zancadas por la habitación de allá para acá, soltando impetuosas órdenes para que Bartleby se largase rápidamente con sus trastos de mendigo. Nada parecido. Sin pedirle a Bartleby a voz engrito que se marchara -tal y como hubiera hecho un talento inferior-, di por hecho que iba a marcharse; y a partir de esta hipótesis construí todo lo que tenía que decir. Cuanto más pensaba en cómo había actuado, más encantado estaba. Sin embargo, a la mañana siguiente, al despertarme, me surgieron las dudas -de alguna manera, con el sueño, se me habían pasado los humos de la vanidad-. Uno de los momentos más serenos y acertados que tiene un hombre es justo por la mañana, al despertarse. Mi intervención parecía la más sagaz, pero solo en teoría. La dificultad residía en cómo resultaría en la práctica. Haber asumido la marcha de Bartleby fue una idea realmente preciosa; pero, después de todo, esta hipótesis era solo mía y no de Bartleby. El quid era, no si yo había asumido que iba a dejarme, sino más bien si él preferiría hacerlo. Era un hombre de preferencias más que de hipótesis. (págs. 53-54)

Yes - Soon

jueves, 19 de junio de 2008

Stieg Larsson - Los hombres que no amaban a las mujeres

- Sí, pero estoy convencido de que no me habrás hecho venir hasta aquí para hablarme de viejos recuerdos familiares.
- Tienes razón. Llevo varios días preparando lo que voy a decirte, pero ahora que, por fín, te tengo delante, no sé muy bien por dónde empezar. Supongo que has leído algo sobre mí antes de aceptar la invitación. Si es así, ya sabrás, sin duda, que en su día ejercí una gran influencia sobre la industria y el mercado del país. Hoy no soy más que un viejo que va a morir dentro de poco; mira, la muerte tal vez sea un excelente punto de partida para esta conversación.
Mikel le dio un sorbo al café -¡de puchero!- mientras se preguntaba dónde desembocaría la historia.
- Me duelen las caderas y me cuesta dar largos paseos. Algún día tú mismo también comprobarás cómo los viejos se van quedando sin fuerzas. Yo no tengo demencia senil ni estoy obsesionado con la muerte, pero me encuentro ya en esa edad en la que debo aceptar que mi tiempo se está acabando. Llega una hora en la que uno quiere hacer balance de su vida y concluir las cosas que estan a medio terminar. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Mikel asintió. La voz de Henrik Vanger era firme y clara; a Mikel ya le había quedado claro que el anciano hablaba con cordura y no estaba senil.
- Lo que no acabo de entender es qué pinto yo en todo esto -insistió.
- Te he pedido que vengas porque quiero que me ayudes con ese balance final. Me quedan algunas cosas por aclarar.
- ¿Por qué yo? Quiero decir... ¿qué te hace pensar que yo puedo ayudarte?
- Porque cuando empecé a pensar en encontrar a alguien, tu nombre salió en el caso Wennerström. Sabía quién eras. Y quizá también porque te tuve en mis rodillas siendo tú un chavalín. -Hizo un gesto de rechazo con la mano-. No, no me malinterpretes. No cuento con que me ayudes por razones sentimentales. Sólo te estoy explicando por qué tuve el impulso de contactar precisamente contigo.
Mikel se rió amablemente.
- Bueno, me temo que son unas rodillas de las que no me acuerdo muy bien. Pero ¿cómo sabías que era yo? Eso fue a principio de los años sesenta...
-Perdona, no lo has entendido. Os mudasteis a Estocolmo cuando tu padre consiguió un trabajo como jefe de taller de Zarinders Mekaniska, una de las muchas empresas que formaban parte del Grupo Vanger. Fuí yo quién le recomendó para el puesto. No tenía formación, pero yo sabía que valía mucho. Me encontré con él varias veces a lo largo de los años, cuando yo iba a Zarinders por algún asunto. Tal vez no fuéramos íntimos amigos, pero siempre hablábamos. La última vez que le ví fue un año antes de morir; entonces me contó que te habían aceptado en la Escuela Superior de Periodismo. Estaba muy orgulloso. Luego, poco después, te hiciste famoso con lo de aquella banda de atracadores y el apodo Kalle Blomkvist. Durante todos estos años he seguido tu trayectoria profesional y he leído muchos de tus artículos. La verdad es que leo Millenium bastante amenudo.
- Vale, de acuerdo. Pero ¿qué es exactamente lo que quieres que yo haga?

Henrik Vanger bajó la mirada durante un breve momento; luego tomó un sorbo de café, como si necesitara un descanso antes de abordar el verdadero asunto.
- Mikel, ante todo me gustaría hacer un trato contigo. Quiero que hagas dos cosas. Una es el pretexto y la otra el verdadero motivo.
- ¿Qué tipo de trato?
- Te voy a contar una historia en dos partes. La primera parte versa sobre la familia Vanger. Es el pretexto. Es una historia larga y oscura, pero intentaré atenderme a la verdad sin maquillarla. La segunda parte aborda el asunto en sí. Creo que en ciertos momentos mis palabras te parecerán... una locura. Lo que te pido es que me prestes atención hasta el final, que escuches lo que quiero que hagas y lo que te ofrezco a cambio antes de decidir si aceptas el encargo o no. (págs. 103-105)

martes, 17 de junio de 2008

Ceniza Lunar

Escuchaba ayer en la radio que por el módico precio de unos miles de euros (no muchos) una podía aspirar a ser enterrada en la luna.

Si no oí mal había dos modalidades de entierro dependiendo de donde se colocaran las cenizas: bien en la propia luna (el Valle de la Tranquilidad sería un lugar idóneo sin duda), bien en órbita alrededor del satélite terrestre, con imejorables vistas al espacio exterior.

Hay que aclarar que estos restos no se esparcirán al libre albedrío, sino que estarían comodamente instalados en satélites artificiales, en compañía de otros miles de restos por tal de compensar a la empresa funeraria-espacial los costes y molestias que el lanzamiento puede ocasionar.

Bien, no cuesta imaginar futuras misiones lunares en las que además de los cálculos própios del alunizaje deban incluir estrategias de esquive y escape a urnas gigantes en perpétuo movimiento estelar.

El Cementerio Espacial tendrá en pocos años éxito mundial, porque si bien Verne o Cyrano soñaban con Selene, nosotros por casi nada podremos disfrutar de su hospitalidad por toda la eternidad.

viernes, 13 de junio de 2008

Fernando Pessoa - Hay dolencias peores que las dolencias

Hay dolencias peores que las dolencias,
hay dolores que no duelen, ni en el alma
pero que son dolorosos más que los otros.

Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae, hay sensaciones
sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la misma vida.

Hay tantas cosas que, sin existir,
existen, existen demoradamente,
y demoradamente son nuestras y nosotros…

Por sobre el verde turbio del ancho río
los circunflejos blancos de las gaviotas…
Por sobre el alma el aleteo inútil
de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.

Dame más vino, porque la vida es nada.

martes, 10 de junio de 2008

En el tanatorio se supo

Nunca quiso decir la edad que tenía, en el tanatorio se supo: se fue de este mundo con 92 años. En mi casa siempre la conocimos como la sra. R. y este pasado viernes, tras una larga enfermedad y repetidas estancias en la clínica, nos abandonó.

Vamos acercándonos a la iglesia a modo de paseo, imposible hacerlo en coche, allí no hay quien aparque. En el camino mi madre se queja de la rodilla pero, mientras va cojeando, reconoce que hace unos años hicieron con la rótula un apaño muy bueno, que en el fondo mucho le está durando. Llegamos a la parroquia con cierta antelación, aún así, como suele ser normal en estos casos, los familiares más directos ya estan esperando la hora de inicio del funeral. Las ocho y media. Damos besos y estrechamos manos al tiempo que las acompañamos de las ya acostumbradas palabras de pésame.

- Ya os dejó la tía.
- Sí, ya ha dejado de sufrir.

Hay poquita gente afuera.

Como mi madre sigue quejándose de la rodilla decidimos entrar en la iglesia a pesar de que se esta oficiando otra misa de funeral. Siempre se dijo de la primavera que era la estación que daba a la par más vida y más defunción. El recinto está abarrotado, aún van por la comunión. Participamos del oficio que queda y al terminar, aprovechamos para adelantar unos bancos para estar más cerca de los familiares a quienes queremos acompañar.

En la espera entre oficio y oficio, veo que dos ancianos al lado del Sagrario, miran el suelo. Uno de ellos con gran esfuerzo se acacha. Aprovecho, me levanto y les pregunto si les puedo ayudar en algo. Me dice que la llave del Sagrario se les ha caido bajo el entarimado y no la encuentran. Me arrodillo mientras meto la mano por una estrecha rendija, tanteo. Bajo la tarima toco alguna porquería, pero el frío tacto de metal no lo encuentro. Me disculpo y digo que no la encuentro, me explican que tienen otra de repuesto, que mañana, con tiempo, correran el entarimado y la cojeran. Vuelvo a mi asiento. En el banco mi madre, sola, mira atenta.

Mientras tanto el cura acaba por convidar a los familiares del primer funeral a abandonar la iglesia. Llevamos de retraso un cuarto de hora. Miró atrás y veo que la iglesia está casi vacía. Y pienso en ella. La sra. R. una vecina venida de Barcelona hará unos sesenta, setenta años, sin descendencia. No, no hay apenas gente en la iglesia. Muchos años de voluntaria reclusión en su casa, sin pisar la calle apenas. En la iglesia solo estamos un ramillete de antiguos vecinos y media docena de familiares. Qué pocos somos.

El funeral se oficia rápido y pronto damos el pésame. Nos vamos retirando. Ya camino de la calle, pero aún en el templo, interpelan a mi madre. Gente que recuerdo de mi niñez y que aún puedo reconocer apesar del paso del tiempo. Son vecinos de antaño, que como nosotras, han querido acompañar en el duelo. Reencuentros efímeros, rescate de viejas memorias, incluso de secretos anhelos. Siempre, sin duda, es lo mejor de este evento. Ya en la calle encontramos a más antiguos vecinos. Se estrechan más manos, se dan más besos. Se sonríe ante lo extraordinario del momento. Después de tanto tiempo. Se presentan hijos, se cuentan paraderos y cuando la conversación se agota, se recurre a la manida frase de:

- A ver si nos vemos pronto...
- Sí, pero que no sea en un entierro.

Volvemos a casa, acompañadas de otra vecina y en el trayecto hablamos de presentes, de hijos, de nietos. De la huelga que hoy empieza, de horarios y despensas. Ya la sra. R. sólo forma parte de nuestros recuerdos.
Descanse en Paz.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Susana Fortes - Quattrocento

Masoni humedeció apenas el pincel en la mezcla y le dio los últimos toques de rojo bermellón a la túnica del angel. De pronto interrumpió su trabajo para secarse el sudor con el antebrazo y miró al muchacho con una sonrisa triste.
_Si me muriese ahora -le dijo-, no habrías aprendido nada de mí.
Lo dijo sin motivo aparente y el ángel de la muerte salió del lienzo, aleteó un instante en la atmósfera penetrante de trementina que inundaba el taller, se posó sobre la cabeza del chico y regresó de nuevo al cuadro dejando únicamente en el suelo un rastro de plumas en el que nadie reparó. Pierpaolo Masoni volvió a mirar la figura en escorzo sobre el plano. La segunda capa le había dado a todo el conjunto una mayor complejidad óptica.
_¿Qué te parece ahora, Luca? _preguntó trantando de sacar al chico de su mutismo.
El muchacho se separó unos pasos y miró el lienzo con severidad y concentración como nunca lo había hecho hasta ese momento. Su maestro había trabajado con ahínco durante los últimos días, pero el cuadro todavía distaba mucho de estar acabado. Vio el rostro de la virgen, aquel amago de sonrisa oscura, el gesto de tender un brazo hacía el ángel y tomarlo por el dorso de su mano del mismo modo que podría hacerlo una prostitua con un cliente ya viejo; se fijó también en el niño sentado en su regazo, tocando con una mano el corpiño ajustado de su madre, mientras agitaba una campanita con la otra. Del fondo emergía un remolino de cabezas con los rostros apenas esbozados, todavía sin la expresión definida, como el personaje que aparecía arrodillado a la derecha del cuadro ofreciéndole algo a la virgen, un objeto sin perfilar, probablemente una rama de olivo o de cualquier otra planta, y al hacerlo rozaba la parte superior del muslo muy levemente, pero con la precisión de un amante. Aún con los bordes exteriores de algunas figuras sin colorear, uno ya tenía la sensación de estar contemplando una escena prohibida. No era sólo que ningún personaje, ni siquiera el propio Jesús, luciera su halo de santidad, sino que todo el conjunto carecía del orden jerárquico habitual en cualquier representación sagrada. Había un rumor invisible en todo el cuadro, algo callado y demasiado real, que al muchacho le desagradaba y le intrigaba al mismo tiempo: el tejido ordinario del vestido de la virgen, un muslo demasiado grueso, unos pies descalzos con los talones agrietados... Eran cuerpos que contenían demasiada experiencia de la vida para ser retratados. El brillo de la frente del ángel no correspondía a la naturaleza de un ser incorpóreo, pensaba el chico, sino a la de alguien que sudaba y jadeaba y daba vueltas en el lecho por la noche, sin poder dormir.
_¿Cuándo debéis entregarlo? -preguntó al cabo de unos segundos, eludiendo la pregunta de su maestro.
Masoni sonrió para sus adentros, sin que su rostro dejara traslucir ninguna expresión.
_Sigue sin acabar de convencerte ¿verdad?
_No sé, maestro... -titubeó-, es que no acierto a entender a qué pasaje bíblico se refiere vuestra adoración.
_Ese es el problema, Luca. -Los ojos de Masoni brillaban ahora con una luz distinta.
_No os entiendo.
_Está muy claro, lo que tú quieres ver en el cuadro es algo consabido, una escena mil veces descrita en los libros sagrados, pero ése no es el verdadero sentido del arte. La obra de un pintor no tiene por qué ser piadosa. Sólo tiene que ser verdad.
Luca no supo qué decir. Durante unos instantes no fue capaz de apartar la vista del lienzo. Le pareció que la atmósfera del cuadro emanaba un olor a velas, a cuarto de posada, a encuentros fortuitos.
_Fíjate en las figuras. -El pintor tomó al muchacho del brazo, instándole a acercarse más al lienzo-. No tengas miedo, no van a morderte.
Luca tragó saliva con aprensión. Su rostro era más elocuente que cualquier palabra. Se hallaba tan cerca del lienzo que perdió la idea de conjunto y lo invadió una desagradable sensación de vértigo. A aquella distancia no había una sola pincelada que pudiera servirle de guía para entender toda la escena, sin embargo, a medida que se iba aproximando, aquellas figuras parecían cobrar movimiento y entonces, de repente, lo comprendió.
_¡Por los clavos de Cristo! Si están vivos. (Págs. 133-135)

domingo, 25 de mayo de 2008

Stacey Kent - Samba Saravah



Être heureux, c’est plus ou moins ce qu’on cherche
J’aime rire, chanter et je n’empêche
Pas les gens qui sont bien d’être joyeux
Pourtant s’il est une samba sans tristesse
C’est un vin qui ne donne pas l’ivresse
Un vin qui ne donne pas l’ivresse, non
Ce n’est pas la samba que je veux
*
J’en connais que la chanson incommode
D’autres pour qui ce n’est rien qu’une mode
D’autres qui en profitent sans l’aimer
Moi je l’aime et j’ai parcouru le monde
En cherchant ses racines vagabondes
Aujourd’hui pour trouver les plus profondes
C’est la samba-chanson qu’il faut chanter
*
On m’a dit qu’elle venait de Bahia
Qu’elle doit son rythme et sa poésie à
Des siècles de danse et de douleur
Mais quels que soient les sentiments qu’elle exprime
Elle est blanche de formes et de rimes
Blanche de formes et de rimes
Elle est nègre, bien nègre, dans son cœur
*
Mais quelque soit le sentiment qu’elle exprime
Elle est blanche de formes et de rimes
Blanche de formes et de rimes
Elle est nègre, bien nègre, dans son cœur

Isabel Guerra - La Monja Pintora (Hiperrealismo)

La mirada Interior

Por tu palabra viviré en la claridad
Abierta a tu misterio

Isabel Guerra, Nació en Madrid en 1947 y vive en Zaragoza desde los 23 años, es una monja cisterciense del Monasterio de Santa Lucía en Zaragoza, ha sido nombrada miembro de dos Reales Academias de Bellas Artes: Académica de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Luis y Académica Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, comenzó a pintar a los 12 años emborronando cuartillas hasta que la regalaron una caja de óleos, a partir de ese momento comenzó su carrera como pintora.

viernes, 23 de mayo de 2008

Octavio Paz - Olvido

Cierra los ojos y a oscuras piérdete
bajo el follaje rojo de tus párpados.
Húndete en esas espirales
del sonido que zumba y cae
y suena allí, remoto,
hacia el sitio del tímpano,
como una catarata ensordecida.


Hunde tu ser a oscuras,
anégate la piel,
y más, en tus entrañas;
que te deslumbre y ciegue
el hueso, lívida centella,
y entre simas y golfos de tiniebla
abra su azul penacho al fuego fatuo.


En esa sombra líquida del sueño
moja tu desnudez;
abandona tu forma, espuma
que no sabe quien dejó en la orilla;
piérdete en ti, infinita,
en tu infinito ser,
ser que se pierde en otro mar:
olvídate y olvídame.


En ese olvido sin edad ni fondo,
labios, besos, amor, todo renace:
las estrellas son hijas de la noche.

jueves, 22 de mayo de 2008

Un Trabajo Muy Sucio - Christopher Moore

En cierto modo, Charlie empezaba a disfrutar de la notoriedad que le otorgaba ser el tipo de la niña guapa y los dos perros gigantes. Cuando uno se ve obligado a manetener una identidad secreta, no puede evitar que le agrade recibir un poco de atención pública. Y a Charlie le agradaba hasta un día en que, yendo con Sophie, en una bocacalle de Russian Hill, le paró un barbudo vestido con un largo caftán de algodón y un gorro de punto. Sophie era lo bastante mayor como para andar sola, pero Charlie iba siempre equipado con una mochila para llevarla cuando se cansaba de caminar (aunque con más frecuencia se limitaba a sostenerla en equilibrio mientras ella montaba a lomos de Alvin o Mohamed).
El tipo de la barba pasó demasiado cerca de Sophie y Mohamed soltó un gruñido y se interpuso entre el hombre y la niña.
-Mohamed, ven aquí -dijo Charlie. Resultó que a los carcerberos se les podía adiestrar, particularmente si solo se les decían cosas que iban a hacer de todos modos. (''Come, Alvin. Buen chico. Ahora, haz caca. Excelente'').
-¿Por qué ha llamado Mohamed a ese perro? -preguntó el de la barba.
-Porque se llama así.
-No debería haberle puesto Mohamed.
-Yo no le puse Mohamed -repuso Charlie-. Ya se llamaba así cuando lo compré. Lo ponía en su collar.
-Es una blasfemia llamar a un perro Mohamed.
-Intenté ponerle otro nombre, pero no me hacía caso. Mire, Steve, muérdele la pierna a este señor. ¿Lo ve?, nada. Spot, arráncale la pierna a este hombre. Ni caso. Es como si le hablara en farsi. ¿Ve usted adónde quiero ir a parar?
-Pues yo le he puesto Jesús a mi perro. ¿Qué le parece?
-Pues que lo siento mucho. No sabía que hubiera perdido usted a su perro.
-Yo no he perdido a mi perro.
-¿En serio? He visto un montón de anuncios por toda la ciudad en los que ponía:''¿Has encontrado a Jesús?''. Será otro perro que se llama Jesús. ¿Ha ofrecido recompensa? Una recompensa ayuda, ¿sabe usted? -Charlie había notado que últimamente cada vez le costaba más resistirse a la tentación de pitorrearse de los demás, sobre todo cuando insistían en comportarse como idiotas.
-Yo no tengo ningún perro llamado Jesús y a usted no le molesta porque es un infiel descreido de Dios.
- No, de veras, no puede usted ponerle a su perro el nombre que quiera y que a mí me dé igual. Pero tiene usted razón, soy un infiel descreído de Dios. Al menos, así voté en las últimas elecciones. -Charlie le sonrió.
- ¡Muerte al infiel! ¡Muerte al infiel! -gritó el de la barba en respuesta al irresistible encanto de Charlie. Luego se puso a danzar agitando el puño adelante de la cara del Mercader de la Muerte, cosa que asustó a Sophie, que se tapó los ojos y empezó a llorar.
- Pare de una vezz, está asustando a mi hija.
-¡Muerte al infiel! ¡Muerte al infiel!
Mohamed y Alvin se cansaron pronto de contemplar la danza y se sentaron a esperar que alguien les dijera que se comieran al tipo del camisón.
- Lo digo en serio -dijo Charlie-. Tiene que parar. -Miró alrededor, avergonzado, pero no había nadie más en la calle.
- Muerte al infiel. Muerte al infiel -canturreaba el barbudo.
-¿Ha reparado usted en el tamaño de estos perros, Mohamed?
- Muerte al... Oiga, ¿cómo sabe que me llamo Mohamed? No importa. Da igual. Muerte al infiel. Muerte al...
-Vaya, sí que es usted valiente -dijo Charlie-, pero la niña es muy pequeña y la está asustando, así que haga el favor de parar de una vez.
-¡Muerte al infiel! ¡Muerte al infiel!
-¡Gatito! -gritó Sophie al tiempo que se destapaba los ojos y señalaba al hombre.
- Ay, cariño -dijo Charlie-. Creía que habíamos quedado en que no ibas a hacer eso.
Charlie montó a Sophie a hombros y echó a andar para alejar a los cancerberos del muerto barbudo que yacía formando un apacible montón sobre la acera. Se había guardado el gorrito del hombre en el bolsillo. Desprendía un fulgor rojo y mortecino. Curiosamente, el nombre del barbudo no aparecería en su agenda hasta el día siguiente.
- ¿Lo ves?, es importante tener sentido del humor -dijo mientras le hacía a su hija una mueca bobalicona por encima del hombro.
-Papi tonto -dijo Sophie. (págs. 149-151)

lunes, 19 de mayo de 2008

La falsa moneda - Concha Buika


Gitana que tu seras
Como la farsa monea, que de mano en mano va
Y ninguno se la que'a

Que de mano en mano va
Y ninguno se la queda

Cruza los brazos, Pa' no matarla
Cerra los ojos, para no llorar
Temio ser debil, y perdonarla
Y abrio la puerta de par en par

Vete mujer mala, vete de mi vera
Rueda lo mismito que la maldicion

Que un debil permita
Que el gache que quieras
Tus quereres pague
Pague tus quereres
Con mala traicion

Gitana que tu seras
Como la farsa monea, que de mano en mano va
Y ninguno se la que'a

Que de mano en mano va
Y ninguno se la queda

Beso los negros, zarcillos finos
Que alli dejara cuando se fue
Y aquellas trenzas, de pelo endrino
Que en otros tiempos corto pa' el

Cuando se marchaba
No intento mirarla
Ni lanzo un quejido
Ni le dijo adios

Entorno la puerta y pa' no llamarla
Se clavo las uñas en el corazon
Se clavo las uñas en el corazon

Gitana que tu seras
Como la farsa mone'a, que de mano en mano va
Y ninguno se la que'a
Que de mano en mano va
Y ninguno se la que'a

Tiziano Vecellio (1485-1576) - Emperatriz Isabel de Portugal

1548, Óleo sobre lienzo (Escuela Veneciana)

sábado, 17 de mayo de 2008

Áncora afín

Pesado lastre que le recuerda que no se puede mover, que no se debe mover. Un ancla engarzada a una cadena. En la profundidad del mar, en la superficie del agua, y en medio ese tendón metálico que les une y les ata. Cuando la tormenta marina arrecia, ella, pesadamente, se arrastra llevando consigo lodo, arena, algas; él baila desacompasado, temblando al aire, macabra danza. Poseidón duerme, ella está quieta y él, sin poder izar el ancla, a su alrededor navega. Es un espejo de libertad del que no consigue despertar. El catalejo le muestra lo que a simple vista no alcanza a ver, y este amigo de la distancia le promete lo que, si se moviera, podría llegar a tener. Visión de un futuro que con sólo no cogerlo ¿se libra de él?

miércoles, 14 de mayo de 2008

Dan Simmons - El Terror

Los hombres lo sabían. Crozier sabía lo que ellos sabían. Ellos sabían que era el diablo lo que estaba ahí fuera en el hielo, y no un oso polar especialmente grande.
El capitán no estaba en desacuerdo con la afirmación de los hombres, a pesar de su absurda cháchara antes, aquella misma noche, tomando brandy con el capitán Fitzjames, pero sabía algo que los hombres no sabían, y era que el diablo que intentaba matarlos a todos en aquel Reino Diabólico no era sólo la cosa blanca y peluda que los asesinaba y se los comía a uno en uno, sino ''todo'' lo que les rodeaba: el frío que no cejaba, el hielo tenso, las tormentas eléctricas, la extraña ausencia de focas y ballenas y aves y morsas y animales terrestres, el incesante encogimiento de la banquisa, los icebergs que se habían abierto camino a través del mar de hielo sólido sin dejar ni un solo fragmento de agua abierta tras ellos, la súbita erupción como un terremoto blanco de crestas de presión, las estrellas danzarinas, las latas de comida mal selladas y ahora convertidas en veneno, los veranos que no llegaban, los pasos que no se abrían..., todo. El monstruo de hielo no era otra cosa que una manifestación más de un diablo que los quería muertos. Y que deseaba que sufrieran.
Crozier tomó otro trago.
Comprendía la motivación del Ártico mejor que la suya propia. Los antiguos griegos tenían razón, pensó Crozier, cuando decían que el clima formaba cinco bandas que rodeaban el disco de la Tierra; cuatro de ellas eran iguales, opuestas y simétricas como tantas cosas griegas, envueltas en torno al mundo como los anillos de una serpiente. Dos eran templadas y hechas para los seres humanos. La banda central, la región ecuatorial, no era adecuada para la vida inteligente..., aunque los griegos estaban equivocados al asumir que no podían vivir allí seres humanos. Sólo que no son humanos civilizados, pensó Crozier, que había visto un poco de África y de las demás zonas ecuatoriales y estaba seguro de que nada de valor podría proceder jamás de ellas. Las dos regiones polares, razonaban los griegos mucho antes de que llegasen a las extensiones árticas y antárticas los exploradores, eran inhumanas en todos los sentidos: inadecuadas incluso para viajar por ellas, y también para residir cualquier período de tiempo.
De modo que ¿por qué, se preguntaba Crozier, una nación como Inglaterra, colocada por la gracia de Dios en una de las dos bandas templadas más amables y verdeantes en las que residía la humanidad, seguía arrojando a sus hombres y sus buques hacia los hielos de los extremos polares norte y sur, adonde hasta los salvajes que vestían de pieles se negaban a ir?
Y más pertinente para la cuestión fundamental: ¿por qué un tal Francis Crozier seguía volviendo a esos terribles lugares una y otra vez, sirviendo a una nación y unos oficiales que nunca habían reconocido sus habilidades y valía como hombre, aunque sabía en lo más hondo de su corazón que algún día moriría en el frío y la oscuridad del Ártico?
(págs. 195-197)

lunes, 12 de mayo de 2008

María Zambrano - La Pensadora del Aura

Nacer sin pasado, sin nada previo a que referirse, y poder entonces verlo todo, sentirlo, como deben sentir la aurora las hojas que reciben el rocío; abrir los ojos a la luz sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la vida recibida, la vida ¡qué hermosura! No siendo nada o apenas nada por qué no sonreír al universo, al día que avanza, aceptar el tiempo como un regalo espléndido, un regalo de un Dios que nos sabe, que nuestro secreto, nuestra inanidad y no le importa, que no nos guarda rencor por no ser...
...Y como estoy libre de ese ser, que creía tener, viviré simplemente, soltaré esa imagen que tenía de mí misma, puesto que a nada corresponde y todas, cualquier obligación, de las que vienen de ser yo, o del querer serlo.

Zambrano, M.: "Adsum", En Delirio y Destino, Madrid,Ed. Mondadori, 1989, pp. 21-22

Los Diez Años o la Relatividad de las Cosas

Acaba de cumplir ocho años, y debería llegar a los diez. Esa es mi pretensión con la que él parece no estar muy de acuerdo. Últimamente le venía mimando, que si alimentación de mejor calidad, que si revisión puntual, que si higiene puntual... Pero empiezo a pensar que no está tan a gusto conmigo, como yo con él.

En estas últimas semanas me ha dejado tirada dos días consecutivos (no quería obedecerme). Cuando contaba con él, de manera ciega, tuve que pedir los servicios extraordinarios de un segundo para satisfacer mis necesidades y deseos. Le llevé con carácter de urgencia, pidiendo encarecidamente que a la menor tardanza, le hicieran cambiar de opinión, a fín de contar con él, como siempre hago, que me resultaba imprescindible. Me aseguraron, en pocas horas, que lo habían conseguido, que ya estaba listo para que, juntos. siguieramos compartiendo nuestro destino.

Poco duró la alegría pues, a los pocos días, las protestas se reanudaron y esta vez eran diferentes. Esas divergencias de día en día resultaban cada vez más evidentes y reiteradas. Hasta que el viernes, viendo peligrar mi seguridad, cogí el teléfono con carácter de urgencia y confirmé una nueva exploración técnica.

_ ¿Frenos? Eso son palabras mayores. Lo de la correa de transmisión no me preocupa tanto, pero los frenos tienen prioridad absoluta. Traemelo el lunes a primera hora.

_ A las nueve lo tendrás.

Yo quisiera que llegara a los diez pero, a este ritmo, de los nueve no va a pasar.

domingo, 11 de mayo de 2008

viernes, 9 de mayo de 2008

F. un sibarita de las meriendas



Taza de Chocolate Casero con Crema de Leche

Ojalá - Silvio Rodriguez

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabé la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve.
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.

1969
Cuenta Silvio: «Ojalá yo la compuse a una mujer que fue, podríamos decir, mi primer amor. Fue un amor que tuve cuando estuve en el ejército, haciendo mi servicio militar. La conocí cuando tenía 18 años, fue mi primer amor importante en el sentido de que fue el primer amor que me enseñó cosas. Era una muchacha mucho más evolucionada que yo, mucho más inteligente, más culta. Me enseñó, por ejemplo, a César Vallejo. Después nos tuvimos que separar, estaba estudiando medicina y en fin, no le cuadró. No sé por qué estudió medicina, cosa loca de ella, en realidad siempre fue de letras. Después estudió letras, se fue a su pueblo Camagüey, a estudiar eso y yo me quedé solo aquí en la La Habana, totalmente desolado. Pasaron los años y el recuerdo de aquel amor tan bonito, tan productivo, tan útil (ojo, no confundir con utilitario), enriquecedor, de aporte a uno... pues, estaba obsesionado yo con esa idea. Y porque fue un amor frustrado, tronchado por las circunstancias, por la vida, no fue una cosa que se agotara, pues se me quedó un poco como un fantasma y por eso compuse esta canción en un momento quizás de delirio, de arrebato, de sentimiento un poco desmesurado: ojalá esto, ojalá lo otro...»

http://www.patriagrande.net/cuba/silvio.rodriguez/canciones/ojala.htm

Paul Signac (1863 -1935) - Peinado

Neoimpresionismo o Puntillismo

miércoles, 7 de mayo de 2008

Mes de Mayo - Mes de María

Yo, desde luego, me consideraba muy afortunada de ir al colegio que iba. Un colegio femenino, religioso, sin muchas pretensiones, con un bonito jardín, unos cuantos patios de recreo y una fabulosa pista de ¡minibasket! (entonces era un auténtico privilegio).

Recuerdo con gran cariño que había una acequia, para regar un huerto anexo, que tuvieron que terminar tapando porque en cuanto llegaba el calor de la primavera, las niñas "más traviesas" se salpicaban y mojaban, con la consiguiente regañina de las Hermanas. No jugaba mucho, y si lo hacía evitaba que me pillaran, porque si no avisaban a nuestros padres... Fueron buenos años.

También se daban clases de piano, a mi no me las podían pagar, y no era raro encontrarme medio embobada en aquel jardín, que entonces me parecía grande, escuchando las dulces notas que llegaban amortiguadas tras las persianas cerradas, .


De aquella época florece, cada mes de mayo, el recuerdo del "Mes de María". Y es que en el discurrir de los años, los dolores de rodillas por estar reclinada en la capilla durante mucho tiempo, han pasado a un segundo plano, y queda impresa en la retina de la memoria, las flores, el aroma y las clases que nos saltábamos por tener que ir a la capilla a adorar a la Virgen (ya no recuerdo si una vez a la semana o si era cada día).

Bajábamos todos los cursos del cole, y ofrecíamos, en pequeña procesión, las flores.

Aquellas afortunadas, cuyas madres nos habían preparado un ramo, esperábamos arremolinadas y burbujeantes en la antesala de la Capilla el momento en que íbamos a ofrendarlo, para luego entrar en ella en ordenada procesión.

Cuando ya todas las demás estaban colocadas en sus correspondientes bancos. Al sonido del "Venid y vamos todos con flores a María..." nos acercábamos a la Virgen, y depositábamos nuestras flores con "fervorosa humildad" a los pies del altar.

Algunas llevaban ramos hechos con flores de sus jardínes, otras (cómo yo) llevábamos sencillos ramos compuestos por mucha Nebulosa, rosa a poder ser, y unos pocos Claveles blancos, que nuestras madres nos habían comprado (con el consiguiente sacrificio económico) en el mercado en la mañana del sábado. Eran tiempos de estrecheces. Las más desahogadas llevaban ramos más eleborados y costosos y de ¡floristería! Qué feliz y afortunada me sentía por tener un ramo que ofrecer y desfilar ante las demas, presumiendo de ramo y encima ¡comprado!

Y es que en aquella infancia había, entre otras muchas cosas, una gran ingenuidad.

miércoles, 30 de abril de 2008

Fosforescencia en la noche

Eran casi las diez de la noche. Llegabamos a casa cansadas.
-¿Anda mamá, díme qué es eso?
Me dijo mientras señalaba a la pared de la entrada. En la noche oscura un punto verde fosfi nos iluminaba.
-¡Pero si es una luciérnaga!
Le contesté extasiada. Hacía al menos un par de años que no veía ninguna.
-¡Espera que saco el móvil y le hago una foto con la cámara!
Al subir a casa, se lo digo a F. como se parece un poco a su madre, también quiere verlo.
-¡Díme dónde está!
Ya bajamos la escalera y le señalo el lugar. La mira, sonríe y subimos a cenar.
Al revelar la foto, el diminuto punto se convierte en un gusano particular. Y es que lo que tal vez en otro tiempo fuera ordinario, hoy es rareza contemplar.

Me iluminó la noche.