En el autobús había caras conocidas; a veces, algunos pasajeros compartían el taxi desde la terminal de Mira o, si hacía buen tiempo, iban andando en grupo hasta el sanatorio, sin hablar casi nunca de algo que no fuera el tiempo. En la estación de autobuses se apearon seis personas, dos de las cuales eran mujeres a las que él conocía de otros viajes, y los tres acordaron rápidamente compartir el taxi. Como el vehículo no tenía aire acondicionado, el tiempo les dio motivo de conversación para rato, y todos se alegraron de la distracción.
Al llegar a la casa di reposo, cada uno sacó cinco mil libras. El coche no tenía taxímetro; pero todo el que hacía aquel trayecto conocía la tarifa.
Brunetti y las dos mujeres entraron juntos, todavía manifestando la esperanza de que pronto cambiara el viento o que viniera lluvia, comentando que hacía muchos años que no era tan riguroso el verano y preguntando qué pasaría con las cosechas si no llovía pronto.
Él conocía el camino, tenía que subir al tercer piso. Las dos mujeres se quedaron en el segundo, donde estaban los hombres, aunque se fueron en direcciones distintas. En lo alto de la escalera, vio a suor' Immacolata, su monja favorita.
- Buon giorno, dottore -dijo ella con una sonrisa acercándose por el pasillo.
- Buon giorno, hermana- respondió. La veo muy fresca, como si no sintiera el calor.
Ella sonrió, como siempre que él bromeaba sobre la temperatura.
- Ah, ustedes, los del norte, no saben lo que es el calor. Esto no es nada, apenas un soplo de primavera.
Suor' Immacolata era de un pueblo de las montañas de Sicilia y su comunidad la había destinado aquí hacía dos años. En medio de la angustia, la demencia y el sufrimiento que eran su pan de cada día, lo que peor soportaba ella era el frío, pero sus quejas eran siempre irónicas y displicentes, dando a entender que era absurdo hablar de aquellas pequeña mortificación, frente a tanto dolor verdadero. Al verla sonreír, él volvió a reparar en lo bonita que era, con sus ojos castaños almendrados, sus labios suaves y su nariz fina y elegante. Ésta era una de las cosas que Brunetti no comprendía. Él se consideraba un hombre realista y sensual, y en la vocación religiosa sólo podía ver el renunciamiento, no el amor que la inspiraba.
-¿Cómo está?
- Ha pasado buena semana, dottore.
Brunetti sabía que la semana sólo podía haber sido buena por omisión: su madre no había atacado a nadie, no había roto nada ni se había hecho daño a sí misma.
- ¿Come?
- Sí, dottore. El miércoles hasta almorzó con las otras señoras.
Él esperaba que ahora le contara el desastre que ello había provocado, pero suor' Immacolata no dijo nada más.
- ¿Puedo entrar a verla? -preguntó.
- Desde luego. ¿Quiere que entre con usted?
Qué delicia, el tacto de la mujer, qué dulce su caridad.
- Gracias, hermana. Quizá ella se sienta más cómoda si la ve a usted conmigo, por lo menos, al entrar.
- Sí, eso podría mitigar la sorpresa. Una vez se acostumbra a cada persona, todo va bien. Y una vez intuye quién es usted, dottore, está contenta.
Era mentira, Brunetti lo sabía y suor' Immacolata también. Su religión le decía que mentir es pecado y, no obstante, cada semana, ella decía esta mentira a Brunetti o a su hermano. Después, de rodillas, pedía perdón por un pecado que no podía evitar y que sabía que volvería a cometer. En invierno, al acostarse, después de las oraciones, abría la ventana de su celda y quitaba de la cama la única manta con la que se le permitía abrigarse. Pero semana tras semana reincidía en la mentira.
[...] Le parecía que, cada vez que venía a esta casa, hacía lo que suele hacer el que sabe que va a experimentar una brusca impresión física, un pinchazo o una ducha de agua fría: tensar los músculos y concentrarse por completo en resistir el dolor, excluyendo cualquier otra sensación. Sólo que, en lugar de tensar loa músculos del cuerpo, a él le parecía estar tensando los del alma.
Se pararon delante de la puerta de la habitación de su madre, y entonces llegaron los recuerdos, golpeando como furias: comidas alegres, risas, canciones, con la clara voz de soprano de la madre dominando a las demás; su madre, prorrumpiendo en un llanto histérico cuando él le dijo que se casaba con Paola, y luego, la misma noche, entrando en su cuarto a darle la pulsera de oro, el único regalo que le quedaba de su marido, y diciendo que se la diera a Paola, que siempre había sido para la esposa del primogénito.
Con un esfuerzo, Brunetti ahunyentó los recuerdos y sólo vio la puerta blanca y el hábito blanco de suor' Immacolata que habría la puerta y entraba delante de él dejándola abierta.
- Signora -dijo la monja-, signora, su hijo ha venido a verla. -Cruzó la habitación y se inclinó hacia la anciana encorvada que estaba al lado de la ventana-. Qué alegría, ¿verdad? Ha venido su hijo.
Brunetti se había quedado en la puerta. Suor' Immacolatta le hizo una seña con la cabeza y entró, abstiniéndose de cerrar, como era lo obligado.
- Buenos días, dottore -dijo la monja recalcando las sílabas-. Me alegrao de que haya podido venir a ver a su madre. ¿Verdad que tiene buen aspecto?
Él dio unos pasos y se detuvo, manteniendo las manos apartadas del cuerpo.
- Buen di', mamma -dijo-. Soy Guido. Vengo a verte. ¿Cómo estás, mamma? -Le sonreía.
La anciana, sin apartar la mirada de Brunetti, asió el brazo de la monja obligándola a agacharse y cuchicheó al oído. (págs. 137-140)
Éstas que aqui destaco son algunas de las pompas que conforman la espuma de mi bitácora. Es posible que algunas coincidan con las tuyas. Déjate salpicar y enjabonemos el agua de la vida.
miércoles, 8 de octubre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
Kdada Q´ Leer & Q´Charlar - Octubre '08 (Mallorca)
miércoles, 1 de octubre de 2008
Veranillo de San Miguel (I)
La mañana de este lunes de veranillo de San Miguel ha resultado un tanto peculiar.Mientras hablaba por móvil alardeando de mi buena forma física por poderme agachar para arrancar unas pocas malas hierbas, he descubierto una planta que como ave fénix ha renacido en estos últimos meses de sus cenizas. Y no es que sea planta de temporada, no, es que cuando se tronchó, por accidente, el minúsculo tronco, en vez de arrancarla, me limité a tirar el resto vegetal que yacía inerte sobre la tierra.
Hoy al despejar unos pocos centímetros cuadrados de hojas de otoño ví, entre ocres y marrones, un atractivo verde que me llamó poderosamente la atención. La fina línea roja que perfila sus largas y afiladas hojas me hizo reconocerla en el acto y recordar al mismo tiempo su trágico origen. No pude si no alegrarme de mi inmensa fortuna por encontrar tantas ganas de vida en esta época del año en la que lo propio es morir o aletargarse.
Ante su pequeñez y fragilidad, y en previsión a otro posible accidente, la rodee de piedras para que quedara visiblemente señalada, en ese mar de hojas que volverá a haber mañana, y potencialmente protegida de otra posible pisada.
lunes, 29 de septiembre de 2008
29 de septiembre
sábado, 27 de septiembre de 2008
Riverside - In Two Minds
I finally realised
I know you'll never really
get inside of me
But I don't mean to hurt you
Just let me disappear
We used to like it
Used to be
In the sunset time
of our dream
For all these things
we cannot change
We cannot be
We cannot stay
But if you lose your faith
Know that
I am still your friend
And if the sky falls down
Know that
I will still support you.
I know you'll never really
get inside of me
But I don't mean to hurt you
Just let me disappear
We used to like it
Used to be
In the sunset time
of our dream
For all these things
we cannot change
We cannot be
We cannot stay
But if you lose your faith
Know that
I am still your friend
And if the sky falls down
Know that
I will still support you.
jueves, 25 de septiembre de 2008
25 de Sep '08 - Carliño's day
Cada vez que celebramos algún cumpleaños, me llego a la City, a la Pasteleria Rivoli, y allí compro siempre la misma tarta. Tarta de "gatò", trufa, nata y crema. En ese mismo momento, pido al pastelero que me ponga unas palabras de felicitación con el nombre correspondiente (resulta gracioso cuando me felicito a mí mísma, je!) y compro las velitas que necesite.El pastelero, generalmente, termina por adornar la tarta con una filigrana de caramelo en forma floral.
A la hora de repatir las porciones, el homenajeado se lleva la mejor parte (cómo no) y se incluye en su plato la susodicha flor. Flor de la que intentamos conseguir, previo peloteo, alguna hoja de caramelo, como quien no tiene suficiente y ansía lo que no tiene, cuando en realidad siempre sobra un buen trozo de tarta sobre la mesa. Es la tradición de mi casa.
El plato que ves arriba le tocó hace apenas diez días a mi hijo, hoy te toca a ti.
Con todo mi cariño, muchísimas felicidades, sin olvidar los buenos tirones de orejas. : )
domingo, 21 de septiembre de 2008
Stomp - September '08
(Mediodía de domingo, entre la cocina y el porche, el portátil va y viene)
- Oye! Mira este video, a ver qué te parece.
(Después de ver lo de las pelotitas de basquet contesto)
- Pues que estos norteamericanos se aburren mucho. (Luego he sabido que son ingleses)
- Te iba a proponer que los vieramos esta tarde en el Auditorium y llevaramos a F.
- ¿Sí?... ¡Sí!
- ¿Crees que le gustará?
- Creo que sí, pero irá a regañadientes.
- Ya...
(Unas horas después, ya sentados en las butacas, platea, fila R, asientos centrales, F. aún no sabe que tipo de espectáculo va a ver, sólo le hemos dicho que no se trata de una representación de ballet).
- Bueno F., en una escala del uno al diez, ¿Cuánto crees que te gustará?
- Con los dedos y enfurruñado levanta tres.
- ¿Tan poca confianza tienes en tus padres? ¿Ni siquiera nos das un cuatro de confianza?
- Nop! Tres.
(Se apagan las luces y sale "un barrendero", luego "dos", luego "tres", hasta "siete" a la vez. Miro a F. de reojo. Está sumergido en el espectáculo. Esto si que no se lo esperaba. Música y danza, ritmo y armonía, y unas ganas de llevar el compás con el cuerpo espectacular. Resultan sorprendentes, contagiosos y admirables. Cada "puesta en escena" dura apenas unos minutos, son breves pero muy intensas. Se aplaude, se ríe, se jalea, se vitorea, incluso se participa!. Hasta yo vitoreo!!! Noventa minutos de espectáculo, sin parar, con buenas vibraciones, y algo en la memoria para recordar. Escobas, cubos, arena, bolsas, periodicos, cajas de cerillas, bidones; todo sirve, todo vale. Acaba la "representación" y con todo el público puesto en pie, nos regalan un pequeño Bis. Han estado sensacional.)
(Ya en el Paseo Marítimo, camino del coche)
- ¿Sigues con el tres? (Mala que es una.)
(Sonríe picarón y contesta)
- No, no. Ha estado bien...
(Lo que les cuesta a los adolescentes darnos la razón. En el fondo le entusiasmó)
- Oye! Mira este video, a ver qué te parece.
(Después de ver lo de las pelotitas de basquet contesto)
- Pues que estos norteamericanos se aburren mucho. (Luego he sabido que son ingleses)
- Te iba a proponer que los vieramos esta tarde en el Auditorium y llevaramos a F.
- ¿Sí?... ¡Sí!
- ¿Crees que le gustará?
- Creo que sí, pero irá a regañadientes.
- Ya...
(Unas horas después, ya sentados en las butacas, platea, fila R, asientos centrales, F. aún no sabe que tipo de espectáculo va a ver, sólo le hemos dicho que no se trata de una representación de ballet).
- Bueno F., en una escala del uno al diez, ¿Cuánto crees que te gustará?
- Con los dedos y enfurruñado levanta tres.
- ¿Tan poca confianza tienes en tus padres? ¿Ni siquiera nos das un cuatro de confianza?
- Nop! Tres.
(Se apagan las luces y sale "un barrendero", luego "dos", luego "tres", hasta "siete" a la vez. Miro a F. de reojo. Está sumergido en el espectáculo. Esto si que no se lo esperaba. Música y danza, ritmo y armonía, y unas ganas de llevar el compás con el cuerpo espectacular. Resultan sorprendentes, contagiosos y admirables. Cada "puesta en escena" dura apenas unos minutos, son breves pero muy intensas. Se aplaude, se ríe, se jalea, se vitorea, incluso se participa!. Hasta yo vitoreo!!! Noventa minutos de espectáculo, sin parar, con buenas vibraciones, y algo en la memoria para recordar. Escobas, cubos, arena, bolsas, periodicos, cajas de cerillas, bidones; todo sirve, todo vale. Acaba la "representación" y con todo el público puesto en pie, nos regalan un pequeño Bis. Han estado sensacional.)
(Ya en el Paseo Marítimo, camino del coche)
- ¿Sigues con el tres? (Mala que es una.)
(Sonríe picarón y contesta)
- No, no. Ha estado bien...
(Lo que les cuesta a los adolescentes darnos la razón. En el fondo le entusiasmó)
sábado, 20 de septiembre de 2008
viernes, 19 de septiembre de 2008
El Beso de la Sirena - Andrea Camilleri
Por la tarde, mientras comía bajo el olivo, Gnazio Manisco pensó que tenía cuarenta y siete años y que al fin ya podía casarse.
Decidió hablar de ello con la señora Pina, en cuanto la viera pasar por el camino.
La señora Pina, setentona, amarilla como la muerte, enjuta, llevaba siempre el mismo vestido que antaño había sido negro y ahora tiraba a verdoso, un chal grande que le llegaba de los pies a la cabeza, cubriéndole el pelo blnaco, y un pañuelito de color cagada de perro enfermo. A la espalda, llevaba siempre un saco lleno de hierbas. Salía a pie de Gallotta, que estaba en la cima de una montaña, por la mañana, cuando el sol aún no había despuntado, y se encaminaba hacia Vigàta, donde iba a atender a parroquianos viejos y nuevos porque la señora Pina conocía las hierbas necesarias para cualquier trastorno que hombre o mujer pudiera padecer.
¿Dolor de cabeza? ¿Mal de ojo? ¿Dolor de barriga? ¿Dolor de pecho? ¿Problemas de vista? ¿Falta de apetito? ¿Falta de fuerza en el rabo del hombre? ¿Abundancia de sangre femenina en la fase de luna? ¿Hijos que no venían? ¿Constipados que no pasaban? ¿Estreñimiento? ¿Catarro? ¿Amores contrariados? ¿Traición por parte del hombre o la mujer? ¿Disputas familiares? ¿Jovencitas preñadas que no querían el hijo? ¿Dolor de muelas? ¿Mareos?
Esto y otras cosas curaban las hierbas de la señora Pina, Pero la vieja, si era necesario, practicaba otro oficio. De tanto caminar por pueblos y pueblos, campos y campos, conocía la vida, la muerte y los milagros de todos y, por tanto, en el tiempo libre y por demanda, hacía también de alcahueta, combinaba matrimonios.
Una tarde en que la señora Pina se había detenido ante la casita para pedir un poco de agua, antes de comenzar la subida hacia Gallotta, Gnazio le dirigió la palabra.
- ¿Qué se cuenta, señora Pina?
La vieja lo miró, extrañada, ya que nunca antes Gnazio le había hablado; le daba el agua y basta.
- ¿Qué voy a contar? Nada
Pero dado que había entendido que el hombre le quería preguntar algo, se quedó quieta a medio vaso. Gnazio decidió hacerse de rogar.
- Señora Pina, ¿cuánto hace que pasa por este camino?
- Desde hace más de sesenta años. Pasé por primera vez con mi madre, cuando no tenía ni diez años.
- ¿Por tanto conoció a Cicco Alletto?
- Claro que lo conocí, desdichado.
- ¿Sabía que acabó loco?
- No. Dijeron que oyó un lamento.
- Pero un lamento no basta para que alguien pierda el juicio.
- Sí. Pero hay que ver el lugar donde uno oye el lamento. Oírlo aquí es distinto de oírlo en la comarca de Noce o en la comarca de Cannatello.
- ¿Por qué?
- Porque la comarca de Ninfa es distinta, no es ni tierra ni mar.
Gnazio se puso a reír.
- ¿Cómo que no es ni tierra ni mar? ¿No ve estos árboles?
- Claro. Pero ¿qué quiere decir?
- Quiero decir que nunca nadie ha visto crecer árboles en medio del mar.
- Gnazio, ¿sabía que debajo de su tierra está el mar? Los pescadores y los marineros dicen que la comarca de Ninfa flota sobre el mar y que debajo del suelo hay agua.
Gnazio palideció.
- ¿De verdad?
- Eso dicen. Por eso este lugar, no pertenece ni a la tierra ni al mar, es el lugar donde pueden ocurrir tanto cosas que ocurren en la tierra como las que ocurren en el mar. Quizá el pobre Cicco Alletto, despertado por el lamento, cuando abrió los ojos se encontró a su alrededor una decena de delfines dentro del pajar.
- ¿Bromea? -preguntó Gnazio, sudando ante el pensamiento de que su tierra flotaba.
- Sí y no -dijo la señora Pina, mientras le tendía el vaso.
Dos tardes después, cuando la señora Pina se había detenido para tomar el vaso de agua habitual, Gnazio se decidió a decirle que quería una mujer.
- ¿Cuántos años tiene? -preguntó la vieja.
- Cuarenta y siete.
- ¿Y cómo le funciona?
Gnazio no entendió.
- ¿Qué me tiene que funcionar?
- La verga.
Gnazio lo entendió y se ruborizó.
- ¡Bah! -exclamó.
- ¿Cuánto hace que no la usa?
Gnazio hizo el cálculo.
- Digamos, seis años.
- ¿Se casa para tener hijos?
- ¡Claro!
- Entonces, veamos la mercancía.
Gnazio lo entendió y se bajó los pantalones.
- A simple vista, parece que todo está en su sitio -dijo la mujer y adelantó el brazo.
A pesar de que la piel de la mano de la vieja parecía hecha de corteza de árbol, Gnazio, al sentir el toque ajeno, se estremeció.
Bien, bien -dijo la vieja, riendo-. Le encontraré una mujer. Joven y guapa.
- ¿Joven?
- Por fuerza, si quiere tener hijos.
- ¿Pero una joven guapa me querrá? Soy viejo y cojo.
- No se nota que cojea, es poca cosa. Pero tiene dieciocho hectáreas de tierra y una verga que ni un joven de veinte años. Le encontraré enseguida un buena mujer, no lo dude.
Entonces Gnazio empezó a prepararse para el casamiento. (págs. 28-32)
Decidió hablar de ello con la señora Pina, en cuanto la viera pasar por el camino.
La señora Pina, setentona, amarilla como la muerte, enjuta, llevaba siempre el mismo vestido que antaño había sido negro y ahora tiraba a verdoso, un chal grande que le llegaba de los pies a la cabeza, cubriéndole el pelo blnaco, y un pañuelito de color cagada de perro enfermo. A la espalda, llevaba siempre un saco lleno de hierbas. Salía a pie de Gallotta, que estaba en la cima de una montaña, por la mañana, cuando el sol aún no había despuntado, y se encaminaba hacia Vigàta, donde iba a atender a parroquianos viejos y nuevos porque la señora Pina conocía las hierbas necesarias para cualquier trastorno que hombre o mujer pudiera padecer.
¿Dolor de cabeza? ¿Mal de ojo? ¿Dolor de barriga? ¿Dolor de pecho? ¿Problemas de vista? ¿Falta de apetito? ¿Falta de fuerza en el rabo del hombre? ¿Abundancia de sangre femenina en la fase de luna? ¿Hijos que no venían? ¿Constipados que no pasaban? ¿Estreñimiento? ¿Catarro? ¿Amores contrariados? ¿Traición por parte del hombre o la mujer? ¿Disputas familiares? ¿Jovencitas preñadas que no querían el hijo? ¿Dolor de muelas? ¿Mareos?
Esto y otras cosas curaban las hierbas de la señora Pina, Pero la vieja, si era necesario, practicaba otro oficio. De tanto caminar por pueblos y pueblos, campos y campos, conocía la vida, la muerte y los milagros de todos y, por tanto, en el tiempo libre y por demanda, hacía también de alcahueta, combinaba matrimonios.
Una tarde en que la señora Pina se había detenido ante la casita para pedir un poco de agua, antes de comenzar la subida hacia Gallotta, Gnazio le dirigió la palabra.
- ¿Qué se cuenta, señora Pina?
La vieja lo miró, extrañada, ya que nunca antes Gnazio le había hablado; le daba el agua y basta.
- ¿Qué voy a contar? Nada
Pero dado que había entendido que el hombre le quería preguntar algo, se quedó quieta a medio vaso. Gnazio decidió hacerse de rogar.
- Señora Pina, ¿cuánto hace que pasa por este camino?
- Desde hace más de sesenta años. Pasé por primera vez con mi madre, cuando no tenía ni diez años.
- ¿Por tanto conoció a Cicco Alletto?
- Claro que lo conocí, desdichado.
- ¿Sabía que acabó loco?
- No. Dijeron que oyó un lamento.
- Pero un lamento no basta para que alguien pierda el juicio.
- Sí. Pero hay que ver el lugar donde uno oye el lamento. Oírlo aquí es distinto de oírlo en la comarca de Noce o en la comarca de Cannatello.
- ¿Por qué?
- Porque la comarca de Ninfa es distinta, no es ni tierra ni mar.
Gnazio se puso a reír.
- ¿Cómo que no es ni tierra ni mar? ¿No ve estos árboles?
- Claro. Pero ¿qué quiere decir?
- Quiero decir que nunca nadie ha visto crecer árboles en medio del mar.
- Gnazio, ¿sabía que debajo de su tierra está el mar? Los pescadores y los marineros dicen que la comarca de Ninfa flota sobre el mar y que debajo del suelo hay agua.
Gnazio palideció.
- ¿De verdad?
- Eso dicen. Por eso este lugar, no pertenece ni a la tierra ni al mar, es el lugar donde pueden ocurrir tanto cosas que ocurren en la tierra como las que ocurren en el mar. Quizá el pobre Cicco Alletto, despertado por el lamento, cuando abrió los ojos se encontró a su alrededor una decena de delfines dentro del pajar.
- ¿Bromea? -preguntó Gnazio, sudando ante el pensamiento de que su tierra flotaba.
- Sí y no -dijo la señora Pina, mientras le tendía el vaso.
Dos tardes después, cuando la señora Pina se había detenido para tomar el vaso de agua habitual, Gnazio se decidió a decirle que quería una mujer.
- ¿Cuántos años tiene? -preguntó la vieja.
- Cuarenta y siete.
- ¿Y cómo le funciona?
Gnazio no entendió.
- ¿Qué me tiene que funcionar?
- La verga.
Gnazio lo entendió y se ruborizó.
- ¡Bah! -exclamó.
- ¿Cuánto hace que no la usa?
Gnazio hizo el cálculo.
- Digamos, seis años.
- ¿Se casa para tener hijos?
- ¡Claro!
- Entonces, veamos la mercancía.
Gnazio lo entendió y se bajó los pantalones.
- A simple vista, parece que todo está en su sitio -dijo la mujer y adelantó el brazo.
A pesar de que la piel de la mano de la vieja parecía hecha de corteza de árbol, Gnazio, al sentir el toque ajeno, se estremeció.
Bien, bien -dijo la vieja, riendo-. Le encontraré una mujer. Joven y guapa.
- ¿Joven?
- Por fuerza, si quiere tener hijos.
- ¿Pero una joven guapa me querrá? Soy viejo y cojo.
- No se nota que cojea, es poca cosa. Pero tiene dieciocho hectáreas de tierra y una verga que ni un joven de veinte años. Le encontraré enseguida un buena mujer, no lo dude.
Entonces Gnazio empezó a prepararse para el casamiento. (págs. 28-32)
martes, 16 de septiembre de 2008
Lajos Zilahy - La Ciudad Vagabunda
La vida interior de los vagones lo reunía todo: dormitorio, comedor, cocina, aves de corral, montones de leña, retretes, cama de los enfermos y sobretodo cuando se trataba de familias numerosas, toda esta vida recluída se desarrollaba en aquel diminuto espacio vital, en continuo movimiento desde la mañana hasta la noche. En aquellos lugares, no podía anidar el amor, que gusta siempre de la soledad. No favorece el amor el tintineo de la vajilla, el llanto de los niños, la nerviosa disputa de terceras personas. El amor fue expulsado al aire libre de aquellas zahurdas humanas, representando al "aire libre" los campos de carriles amplios que se extendían más allá de la estación; los alaridos de los trenes y la atmósfera cargada con el estrépito de las maniobras de los vagones de carga, el vaho que expelían los silbidos de las locomotoras y el fino polvillo de carbón que caía del cielo. Sin embargo, todo ello no podía impedir la feliz soledad compartida de los enamorados, que se paseaban interminablemente a lo largo de la vía, donde, por lo menos, las palabras podían abrazarse y enlazarse íntimamente.
Un hombre y una mujer, al salir de paseo, parecía que llevasen en la espalda un rótulo con esta inscripción: "Nosotros somos una pareja de enamorados. ¡Hagan el favor de no estorbarnos!".
Y las parejas que se paseaban por allí, respetaban tácita y mutuamente la advertencia de aquellos rótulos invisibles. Saludaban a los conocidos sólo con unos mudos signos de cabeza al pasar a su lado, como si se estuvieran paseando por unos jardines encantados. Aquellas sombras dobles se multiplicaban sobre todo hacia la caída de la noche, apareciendo y sumergiéndose en el aura luminosa de los faroles lejanos, aunque lloviese o soplase el viento, pues el tiempo no les estorbaba para nada. Parecía que el corazón humano fuese una planta extraña, capaz de arraigar hasta entre las piedras, agarrando y enlazándose fuertemente a otro corazón. (págs. 151-152)
domingo, 14 de septiembre de 2008
miércoles, 10 de septiembre de 2008
Saint-Jacques... La Mecque (Peregrinos)
La película arranca con la necesidad que tienen tres hermanos de hacer juntos "El Camino de Santiago" si quieren tomar posesión de la sustanciosa herencia que su madre les legaría, tal y como lo especifica el testamento, en caso de completarlo juntos. Un guía (el del pañuelillo al cuello en la foto) daría fe de ello ante el notario.Este es el "leitmotiv" de esta cinta francesa dirigida por Coline Serreau que se ha estrenado en España este pasado mes de agosto aunque sea del año 2005. Una historia que se completa, a su vez, por las propias de los nueve protagonistas (los peregrinos y el guía) más aquellas que van surgiendo de las múltiples interrelaciones.
Con una fotografía maravillosa, una actuación convincente y ciertas pinceladas oníricas, la historia resulta muy novedosa y fresca. El título francés también tiene su miga, miga que pierde al traducirlo al castellano. Aunque tiene peros: los paisajes desolados y áridos que muestra de la parte española de "El Camino de Santiago", no creo que se correspondan con los reales (en todo caso de unapequeñísima parte): pueblos de mala-muerte y cantinas sacadas de un western... No sé, tampoco he hecho El Camino, se podría justificar con el tópico-típico chauvinismo de nuestros vecinos, pero en todo caso, disfrutar de la cinta bien lo merece.
En resumen y en conclusión, me dejó un plácido buen sabor de boca.
domingo, 7 de septiembre de 2008
viernes, 5 de septiembre de 2008
Esther Tusquets - Habíamos Ganado la Guerra
Lo cierto es que fui una niña angustiada por multitud de miedos, y que no sabía que algún día se me iban a pasar. Miedo a la muerte, desde muy pequeña. Estaba en la cama y pensaba ''algún día vas a morir'', y no servía de nada decirme que faltaba seguramente mucho tiempo, un montón de años, porque lo horrible era que aquello tuviera que llegar, y, si tenía que llegar, lo mismo daba que tardara siglos en hacerlo, porque aquel momento tan lejano sería en algún momento el presente. Y que existiera un dios y otra vida -entonces todavía creía en ambas cosas- no me ayudaba demasiado.
Tenía pavor a los médicos. Nunca me habían hecho el menor daño, mi propio padre era médico, pero me aterrorizaban[...] Y me pasaba el año obsesionada con la vacuna contra el tifus que me ponían cada primavera. Tenía miedo al cáncer, del que todo el mundo a mi alrededor contaba atrocidades. Era un tema recurrente y morboso de conversación, sobre todo en la zona de servicio, donde se describía, con lujo de detalles, espantosos dolores para los que no existían analgésicos ni paliativos. Yo le pedía a dios lo mismo que le había pedido Oscar Wilde -aunque todavía no supiera quién era Oscar Wilde-, que todo el dolor físico que me tocara en la vida me lo sustituyera por dolor moral.
Tenía miedo a un montón de cosas que aparecían en las películas y en las truculentas historias que oía en el cuarto de costura: los fantasmas, los muertos vivientes, los vampiros, los hombres lobo. Sabía que no existían, pero les tenía miedo. Tenía miedo a la oscuridad. Tenía miedo a los juegos violentos. Tenía miedo a los otros niños.
Y tenía miedo al infierno, un miedo mezclado con incredulidad. Que los pueblos paganos, la gente de otras religiones, que a lo mejor ni siquiera habían tenido opotunidad de oír hablar del verdadero dios, que creían en cosas distintas y obraban quizá de buena fe, pero que no habían sido bautizados y habrían cometido, seguro, un pecado mortal en su vida, tuvieran que pasarse una eternidad en el infierno, no me cabía en la cabeza. Ahora me parece increíble que millones de personas, no totalmente oligofrénicas ni perversas, puedan creer tamaño desatino.
Recuerdo que, en el cuarto de costura, alguien leyó en un libro de piedad una historia supuestamente real. Era así. Muere una niña de cinco años y aquella misma noche, cuando su madre, deshecha en llanto y de rodillas, está rezando por su pequeña, ésta se le aparece y le dice: ''No merece la pena que reces por mí mamá, porque unos minutos antes de morir tuve un pensamiento impuro, del que no me dió tiempo a hacer acto de contricción, y estoy en el infierno.'' Había, creo recordar, una ilustración: la madre con los ojos desorbitados y la boca abierta en un alarido de horror y la niña envuelta en llamas. Casos como éste hacen que, pese a mi liberalismo, crea que sí debe existir una censura para los libros infantiles. Cuando recurrí aterrada a mi madre, dijo que aquello eran paparruchas, puros disparates, y riñó a la persona que me había leído la historia, pero a mí me estaban preparando para la primera comunión y en las clases oía cosas igualmente extrañas e inquietantes. ¿Cómo era posible que los niños que morían al nacer, antes de ser bautizados, quedaran relegados en el limbo por toda la eternidad? ¿Era posible que te fueras al infierno por haber faltado un domingo a misa? Los curas aseguraban que sí, la mirada dirigida hacia lo alto, las manos unidas y alargando mucho la segunda ''e'' de eternidad. Todos afirmaban que sí. Salvo mis padres. Pero ellos eludían el meollo de la cuestión. Se limitaban a intentar tranquilizar mis miedos, pretendían que no me preocupara [...]
De modo que crecí con el temor de que, si fantaseaba, por ejemplo, que un niño me daba un beso en la boca, o bebía un sorbo de agua antes de comulgar, o veía una película prohibida (no ya como la abominable 'Gilda', sino como 'El tercer hombre', que tenía, no sé por qué razón, al clero soliviantado, hasta el punto de que cada vez que te confesabas te preguntaban si la habías visto), me iría de cabeza a los infiernos por toda una tenebrosa eternidad, y de que mis padres, de ser verdad mis sospechas -cada vez más fundadas, porque los domingos no les veía salir de su habitación hasta la hora del almuerzo- de que se saltaban la misa, vivían en permanente pecado mortal. (págs. 43-46)
Tenía pavor a los médicos. Nunca me habían hecho el menor daño, mi propio padre era médico, pero me aterrorizaban[...] Y me pasaba el año obsesionada con la vacuna contra el tifus que me ponían cada primavera. Tenía miedo al cáncer, del que todo el mundo a mi alrededor contaba atrocidades. Era un tema recurrente y morboso de conversación, sobre todo en la zona de servicio, donde se describía, con lujo de detalles, espantosos dolores para los que no existían analgésicos ni paliativos. Yo le pedía a dios lo mismo que le había pedido Oscar Wilde -aunque todavía no supiera quién era Oscar Wilde-, que todo el dolor físico que me tocara en la vida me lo sustituyera por dolor moral.
Tenía miedo a un montón de cosas que aparecían en las películas y en las truculentas historias que oía en el cuarto de costura: los fantasmas, los muertos vivientes, los vampiros, los hombres lobo. Sabía que no existían, pero les tenía miedo. Tenía miedo a la oscuridad. Tenía miedo a los juegos violentos. Tenía miedo a los otros niños.
Y tenía miedo al infierno, un miedo mezclado con incredulidad. Que los pueblos paganos, la gente de otras religiones, que a lo mejor ni siquiera habían tenido opotunidad de oír hablar del verdadero dios, que creían en cosas distintas y obraban quizá de buena fe, pero que no habían sido bautizados y habrían cometido, seguro, un pecado mortal en su vida, tuvieran que pasarse una eternidad en el infierno, no me cabía en la cabeza. Ahora me parece increíble que millones de personas, no totalmente oligofrénicas ni perversas, puedan creer tamaño desatino.
Recuerdo que, en el cuarto de costura, alguien leyó en un libro de piedad una historia supuestamente real. Era así. Muere una niña de cinco años y aquella misma noche, cuando su madre, deshecha en llanto y de rodillas, está rezando por su pequeña, ésta se le aparece y le dice: ''No merece la pena que reces por mí mamá, porque unos minutos antes de morir tuve un pensamiento impuro, del que no me dió tiempo a hacer acto de contricción, y estoy en el infierno.'' Había, creo recordar, una ilustración: la madre con los ojos desorbitados y la boca abierta en un alarido de horror y la niña envuelta en llamas. Casos como éste hacen que, pese a mi liberalismo, crea que sí debe existir una censura para los libros infantiles. Cuando recurrí aterrada a mi madre, dijo que aquello eran paparruchas, puros disparates, y riñó a la persona que me había leído la historia, pero a mí me estaban preparando para la primera comunión y en las clases oía cosas igualmente extrañas e inquietantes. ¿Cómo era posible que los niños que morían al nacer, antes de ser bautizados, quedaran relegados en el limbo por toda la eternidad? ¿Era posible que te fueras al infierno por haber faltado un domingo a misa? Los curas aseguraban que sí, la mirada dirigida hacia lo alto, las manos unidas y alargando mucho la segunda ''e'' de eternidad. Todos afirmaban que sí. Salvo mis padres. Pero ellos eludían el meollo de la cuestión. Se limitaban a intentar tranquilizar mis miedos, pretendían que no me preocupara [...]
De modo que crecí con el temor de que, si fantaseaba, por ejemplo, que un niño me daba un beso en la boca, o bebía un sorbo de agua antes de comulgar, o veía una película prohibida (no ya como la abominable 'Gilda', sino como 'El tercer hombre', que tenía, no sé por qué razón, al clero soliviantado, hasta el punto de que cada vez que te confesabas te preguntaban si la habías visto), me iría de cabeza a los infiernos por toda una tenebrosa eternidad, y de que mis padres, de ser verdad mis sospechas -cada vez más fundadas, porque los domingos no les veía salir de su habitación hasta la hora del almuerzo- de que se saltaban la misa, vivían en permanente pecado mortal. (págs. 43-46)
lunes, 1 de septiembre de 2008
Pío Baroja - Laura o La Soledad Sin Remedio
-Discurrimos con fórmulas humanas y limitadas -decía el doctor-, y nos encontramos que cuando creemos que estamos sosteniendo una afirmación, estamos al borde de la negación. El otro día discutía con un colega acerca de las reformas que se podían hacer en beneficio del pueblo, y el compañero me decía: '' Hay que desear que haya pesimistas, porque éstos ven el mal y quieren corregirlo.'' Yo le contesté un poco en broma: ''No; hay que desear que haya optimistas, porque ésos creen que el hombre puede mejorar y ven la obra posible.'' Luego, pensé que nuestra discusión era una chiquillada.
- No veo por qué -dijo Irene.
- Porque parece que estamos de acuerdo cuando decimos: un árbol, una planta, una flor, el mundo, pero no lo estamos; hay hombres para quien uno de estos conceptos es algo mágico y vago, para otro es una palabra, es decir, un sonido, para otro una imagen, para un último es una defición escolar. No hay unanimidad en nuestras ideas, así que cuando queremos hacer con ellas operaciones lógicas y matemáticas, saltan discrepancias. En el fondo no hay verdad, ¿qué es la verdad?, ¿dónde está la verdad? No está en ninguna parte. Hemos sumado manzanas con botones y castañas con monedas y hemos obtenido un producto. ¿Pero qué es ese producto? Pues no lo sabemos.
- Pero con un escepticismo así no queda nada -le decía Irene.
- ¿Y es que queda algo? No queda nada, por lo menos racional. Lo más racional era, creo yo, el naturalismo optimista del siglo XIX, que culminó en literatura con Anatole France, que podía llamarse la madurez del lugar común. Imitemos a la naturaleza, se comenzó a decir desde el siglo XVIII. ¿Pero a cuál naturaleza? Porque tan naturaleza es la vaca bonachona para el hombre como la víbora o el escorpión. Son igualmente naturales. Es evidente.
- Entonces, ¿qué glorificaremos? -preguntó Irene.
- Yo no lo sé. No nos queda más que lo arbitrario. Y ahora estamos tocando las consecuencias. Se descompone el lugar común con más rapidez que nunca. El lenguaje no expresa más que relaciones entre unas imágenes con otras, pero la esencia de las cosas no las expresa ni las puede expresar. Así toda palabra tiene su antagonista a su antónima; pero esto no quiere decir que este antagonismo sea una contradicción verdadera, igual y paralela en la realidad. En la filosofía, en la matemática, que no son ciencias naturales, sino artificios de la inteligencia, las ideas son contrarias; más, en lo contrario de menos, y grande de pequeño, y aumentar de disminuir, pero cuando interviene la vida ya no hay estos antagonismos aunque lo pretenda la retórica. El santo no es absolutamente contrario al vicioso, ni la mujer perdida a la mujer honrada, ni el loco del cuerdo, ni el cobarde del valiente, porque hay entre estos extremos muchos puntos de contacto.
Irene creía que contra toda esta anarquía ideológica reaccionaba el hombre superior dando nuevos valores a los conceptos.
- ¿Dónde está el hombre superior? -preguntaba el doctor Maas-. ¿Usted ha encontrado el grande hombre?
- Yo supongo que hoy no creemos en los grandes hombres -decía Golowin-, quizá por eso ya no los hay o por lo menos no los vemos. Yo supongo también que un grande hombre es un fenómeno de síntesis popular; si no se produce ese fenómeno de síntesis no hay grande hombre.
- Me parece que tiene usted razón.
Irene no quería creer que la época actual fuera peor que las demás.
- Es de menos ilusiones, de menos esperanzas -contestaba el médico-. Eran quizá mentira las antiguas, pero mentiras confortadoras. (págs. 311-313)
- No veo por qué -dijo Irene.
- Porque parece que estamos de acuerdo cuando decimos: un árbol, una planta, una flor, el mundo, pero no lo estamos; hay hombres para quien uno de estos conceptos es algo mágico y vago, para otro es una palabra, es decir, un sonido, para otro una imagen, para un último es una defición escolar. No hay unanimidad en nuestras ideas, así que cuando queremos hacer con ellas operaciones lógicas y matemáticas, saltan discrepancias. En el fondo no hay verdad, ¿qué es la verdad?, ¿dónde está la verdad? No está en ninguna parte. Hemos sumado manzanas con botones y castañas con monedas y hemos obtenido un producto. ¿Pero qué es ese producto? Pues no lo sabemos.
- Pero con un escepticismo así no queda nada -le decía Irene.
- ¿Y es que queda algo? No queda nada, por lo menos racional. Lo más racional era, creo yo, el naturalismo optimista del siglo XIX, que culminó en literatura con Anatole France, que podía llamarse la madurez del lugar común. Imitemos a la naturaleza, se comenzó a decir desde el siglo XVIII. ¿Pero a cuál naturaleza? Porque tan naturaleza es la vaca bonachona para el hombre como la víbora o el escorpión. Son igualmente naturales. Es evidente.
- Entonces, ¿qué glorificaremos? -preguntó Irene.
- Yo no lo sé. No nos queda más que lo arbitrario. Y ahora estamos tocando las consecuencias. Se descompone el lugar común con más rapidez que nunca. El lenguaje no expresa más que relaciones entre unas imágenes con otras, pero la esencia de las cosas no las expresa ni las puede expresar. Así toda palabra tiene su antagonista a su antónima; pero esto no quiere decir que este antagonismo sea una contradicción verdadera, igual y paralela en la realidad. En la filosofía, en la matemática, que no son ciencias naturales, sino artificios de la inteligencia, las ideas son contrarias; más, en lo contrario de menos, y grande de pequeño, y aumentar de disminuir, pero cuando interviene la vida ya no hay estos antagonismos aunque lo pretenda la retórica. El santo no es absolutamente contrario al vicioso, ni la mujer perdida a la mujer honrada, ni el loco del cuerdo, ni el cobarde del valiente, porque hay entre estos extremos muchos puntos de contacto.
Irene creía que contra toda esta anarquía ideológica reaccionaba el hombre superior dando nuevos valores a los conceptos.
- ¿Dónde está el hombre superior? -preguntaba el doctor Maas-. ¿Usted ha encontrado el grande hombre?
- Yo supongo que hoy no creemos en los grandes hombres -decía Golowin-, quizá por eso ya no los hay o por lo menos no los vemos. Yo supongo también que un grande hombre es un fenómeno de síntesis popular; si no se produce ese fenómeno de síntesis no hay grande hombre.
- Me parece que tiene usted razón.
Irene no quería creer que la época actual fuera peor que las demás.
- Es de menos ilusiones, de menos esperanzas -contestaba el médico-. Eran quizá mentira las antiguas, pero mentiras confortadoras. (págs. 311-313)
domingo, 27 de julio de 2008
Una Noche de Perros - Hugh Laurie
Soñé muchas cosas que no te contaré para no hacerte sentir incómodo, y lo último que soñé fue que pasaba el aspirador por mi alfombra. Lo pasaba una y otra vez, pero lo que manchaba la alfombra se negaba a desaparecer.
Entonces me percaté de que estaba despierto, y que la mancha en la alfombra era el sol, porque alguien acababa de abrir las cortinas de par en par. En una fracción de segundo, mi cuerpo adoptó una impecable posición de combate, con el cable en una mano y la voluntad de matar en mi corazón.
Pero entonces me dí cuenta de que eso también lo había soñado, y lo que hacía en realidad era estar tendido en la cama con la mirada puesta en una mano peluda muy cerca de mi cara. La mano desapareció, y atrás quedó una taza que humeaba y el aroma de una popular infusión que se comercializa con el nombre de PG Tips. Quizá en aquella fracción de segundo fui capaz de deducir que si unos intrusos quieren degollarte, no abren las cortinas y te sirven té.
-¿Qué hora es?
-Pasan treinta y cinco minutos de las ocho. Es la hora de sus ejercicios, señor Bond.
Me senté en la cama y miré a Solomon. Se lo veía bajo y alegre como siempre, con la misma horrible gabardina marrón que había comprado en las rebajas.
-Debo suponer que has venido a investigar un robo, ¿no es así? -dije mientras me frotaba los ojos hasta que comencé a ver unos puntos blancos.
-¿Cuál sería ese robo, señor?
Solomon llamaba a todo el mundo "señor", excepto a sus superiores.
-El robo de mi timbre.
-Si lo que pretende, a su manera sarcástica, es referirse a mi silenciosa entrada en su morada, entonces debo recordarle que soy un practicante de la magia negra, y que los practicantes, para merecer ese término, deben practicar. Ahora compórtese como un buen chico y vístase. Se nos hace tarde.
Desapareció en la cocina y oí los chasquidos y los zumbidos de mi tostadora del siglo XIV.
Me levanté de la cama, me dolió el brazo izquierdo al apoyarlo, me puse una camisa y un pantalón y me llevé la afeitadora eléctrica a la cocina.
Solomon había puesto la mesa para mí y había dejado unas tostadas en una parrilla que yo ni siquiera sabía que tenía en casa. A menos que él la hubiera traido, cosa poco probable.
-¿Más té, monseñor?
-¿Tarde para qué?
-Una reunión, amo, una reunión. Veamos, ¿tiene usted una corbata?
Sus grandes ojos castaños me miraron, expectantes.
-Tengo dos -respondí-. Una es del club Garrick, al que no pertenezco; la otra aguanta la cisterna del váter contra la pared.
Me senté a la mesa y ví que incluso había encontrado en alguna parte un frasco de mermelada Keiller's Dundee. No tenía ni idea de cómo lo hacía, pero Solomon podía rebuscar en una papelera y sacar un coche de ella si era necesario. Un buen tipo para llevarte al desierto.
Quizá era allí adonde iríamos.
-¿Quién le está pagando las facturas estos días, amo? -Aparcó medio culo en la mesa y me miró comer.
-Esperaba que vosotros.
La mermelada estaba deliciosa, y quería hacerla durar, pero advertí que Solomon tenía prisa por marcharse. Consultó su reloj y desapareció de nuevo en el dormitorio. Lo oí trastear en el armario en un intento de encontrar una chaqueta.
-Debajo de la cama -grité. Recogí el magnetófono. La casete seguía allí.
Mientras me bebía el té, entró Solomon con un blazer cruzado al que le faltaban dos botones. Lo sostenía como un ayuda de cámara. No me moví de donde estaba.
-Oh, amo. Por favor, no pongas pegas. No antes de recoger la cosecha y que las mulas estén descansadas.
-Sólo dime adónde vamos.
-Carretera abajo, en una espléndida carroza. Le encantará, y en el camino de regreso podrá comerse un helado.
Me levanté lentamente y me puse la chaqueta.
-David.
-Estoy aquí, amo.
-¿Qué pasa?
Frunció los labios y el entrecejo. No era la manera correcta de hacer preguntas de ese tipo. Me mantuve firme.
-¿Estoy en un lío?
-Eso parece.
-¿Eso parece?
-Hay treinta centímetros de cable en aquel cajón; el arma preferida del joven amo.
-¿Y?
Me obsequió con una fugaz y cortés sonrisa.
-Puede causarle problemas a alguien.
-Corta el rollo, David. Lleva meses en el cajón. Lo compré para unir dos cosas que están muy juntas.
-Sí. La factura es de hace dos días. Todavía está en la bolsa.
Nos miramos el uno al otro durante unos momentos.
- Lo siento, amo. La magia negra. Vámonos. (págs.29-31)
Entonces me percaté de que estaba despierto, y que la mancha en la alfombra era el sol, porque alguien acababa de abrir las cortinas de par en par. En una fracción de segundo, mi cuerpo adoptó una impecable posición de combate, con el cable en una mano y la voluntad de matar en mi corazón.
Pero entonces me dí cuenta de que eso también lo había soñado, y lo que hacía en realidad era estar tendido en la cama con la mirada puesta en una mano peluda muy cerca de mi cara. La mano desapareció, y atrás quedó una taza que humeaba y el aroma de una popular infusión que se comercializa con el nombre de PG Tips. Quizá en aquella fracción de segundo fui capaz de deducir que si unos intrusos quieren degollarte, no abren las cortinas y te sirven té.
-¿Qué hora es?
-Pasan treinta y cinco minutos de las ocho. Es la hora de sus ejercicios, señor Bond.
Me senté en la cama y miré a Solomon. Se lo veía bajo y alegre como siempre, con la misma horrible gabardina marrón que había comprado en las rebajas.
-Debo suponer que has venido a investigar un robo, ¿no es así? -dije mientras me frotaba los ojos hasta que comencé a ver unos puntos blancos.
-¿Cuál sería ese robo, señor?
Solomon llamaba a todo el mundo "señor", excepto a sus superiores.
-El robo de mi timbre.
-Si lo que pretende, a su manera sarcástica, es referirse a mi silenciosa entrada en su morada, entonces debo recordarle que soy un practicante de la magia negra, y que los practicantes, para merecer ese término, deben practicar. Ahora compórtese como un buen chico y vístase. Se nos hace tarde.
Desapareció en la cocina y oí los chasquidos y los zumbidos de mi tostadora del siglo XIV.
Me levanté de la cama, me dolió el brazo izquierdo al apoyarlo, me puse una camisa y un pantalón y me llevé la afeitadora eléctrica a la cocina.
Solomon había puesto la mesa para mí y había dejado unas tostadas en una parrilla que yo ni siquiera sabía que tenía en casa. A menos que él la hubiera traido, cosa poco probable.
-¿Más té, monseñor?
-¿Tarde para qué?
-Una reunión, amo, una reunión. Veamos, ¿tiene usted una corbata?
Sus grandes ojos castaños me miraron, expectantes.
-Tengo dos -respondí-. Una es del club Garrick, al que no pertenezco; la otra aguanta la cisterna del váter contra la pared.
Me senté a la mesa y ví que incluso había encontrado en alguna parte un frasco de mermelada Keiller's Dundee. No tenía ni idea de cómo lo hacía, pero Solomon podía rebuscar en una papelera y sacar un coche de ella si era necesario. Un buen tipo para llevarte al desierto.
Quizá era allí adonde iríamos.
-¿Quién le está pagando las facturas estos días, amo? -Aparcó medio culo en la mesa y me miró comer.
-Esperaba que vosotros.
La mermelada estaba deliciosa, y quería hacerla durar, pero advertí que Solomon tenía prisa por marcharse. Consultó su reloj y desapareció de nuevo en el dormitorio. Lo oí trastear en el armario en un intento de encontrar una chaqueta.
-Debajo de la cama -grité. Recogí el magnetófono. La casete seguía allí.
Mientras me bebía el té, entró Solomon con un blazer cruzado al que le faltaban dos botones. Lo sostenía como un ayuda de cámara. No me moví de donde estaba.
-Oh, amo. Por favor, no pongas pegas. No antes de recoger la cosecha y que las mulas estén descansadas.
-Sólo dime adónde vamos.
-Carretera abajo, en una espléndida carroza. Le encantará, y en el camino de regreso podrá comerse un helado.
Me levanté lentamente y me puse la chaqueta.
-David.
-Estoy aquí, amo.
-¿Qué pasa?
Frunció los labios y el entrecejo. No era la manera correcta de hacer preguntas de ese tipo. Me mantuve firme.
-¿Estoy en un lío?
-Eso parece.
-¿Eso parece?
-Hay treinta centímetros de cable en aquel cajón; el arma preferida del joven amo.
-¿Y?
Me obsequió con una fugaz y cortés sonrisa.
-Puede causarle problemas a alguien.
-Corta el rollo, David. Lleva meses en el cajón. Lo compré para unir dos cosas que están muy juntas.
-Sí. La factura es de hace dos días. Todavía está en la bolsa.
Nos miramos el uno al otro durante unos momentos.
- Lo siento, amo. La magia negra. Vámonos. (págs.29-31)
sábado, 21 de junio de 2008
Bartleby, el Escribiente - Herman Melville
Mientras volvía andando a casa meditabundo, mi vanidad le ganó la batalla a mi piedad. No podía sino vanagloriarme en gran manera por la gestión magistral que había llevado a cabo para deshacerme de Bartleby. Magistralmente, digo; y así le debe parecer a cualquier persona imparcial, Lo maravilloso de mi proceder parecía estribar en su perfecta serenidad. No hubo groseras fanfarronadas, ni ningún tipo de bravuconadas, ni coléricas intimidaciones, ni grandes zancadas por la habitación de allá para acá, soltando impetuosas órdenes para que Bartleby se largase rápidamente con sus trastos de mendigo. Nada parecido. Sin pedirle a Bartleby a voz engrito que se marchara -tal y como hubiera hecho un talento inferior-, di por hecho que iba a marcharse; y a partir de esta hipótesis construí todo lo que tenía que decir. Cuanto más pensaba en cómo había actuado, más encantado estaba. Sin embargo, a la mañana siguiente, al despertarme, me surgieron las dudas -de alguna manera, con el sueño, se me habían pasado los humos de la vanidad-. Uno de los momentos más serenos y acertados que tiene un hombre es justo por la mañana, al despertarse. Mi intervención parecía la más sagaz, pero solo en teoría. La dificultad residía en cómo resultaría en la práctica. Haber asumido la marcha de Bartleby fue una idea realmente preciosa; pero, después de todo, esta hipótesis era solo mía y no de Bartleby. El quid era, no si yo había asumido que iba a dejarme, sino más bien si él preferiría hacerlo. Era un hombre de preferencias más que de hipótesis. (págs. 53-54)
jueves, 19 de junio de 2008
Stieg Larsson - Los hombres que no amaban a las mujeres
- Sí, pero estoy convencido de que no me habrás hecho venir hasta aquí para hablarme de viejos recuerdos familiares.
- Tienes razón. Llevo varios días preparando lo que voy a decirte, pero ahora que, por fín, te tengo delante, no sé muy bien por dónde empezar. Supongo que has leído algo sobre mí antes de aceptar la invitación. Si es así, ya sabrás, sin duda, que en su día ejercí una gran influencia sobre la industria y el mercado del país. Hoy no soy más que un viejo que va a morir dentro de poco; mira, la muerte tal vez sea un excelente punto de partida para esta conversación.
Mikel le dio un sorbo al café -¡de puchero!- mientras se preguntaba dónde desembocaría la historia.
- Me duelen las caderas y me cuesta dar largos paseos. Algún día tú mismo también comprobarás cómo los viejos se van quedando sin fuerzas. Yo no tengo demencia senil ni estoy obsesionado con la muerte, pero me encuentro ya en esa edad en la que debo aceptar que mi tiempo se está acabando. Llega una hora en la que uno quiere hacer balance de su vida y concluir las cosas que estan a medio terminar. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Mikel asintió. La voz de Henrik Vanger era firme y clara; a Mikel ya le había quedado claro que el anciano hablaba con cordura y no estaba senil.
- Lo que no acabo de entender es qué pinto yo en todo esto -insistió.
- Te he pedido que vengas porque quiero que me ayudes con ese balance final. Me quedan algunas cosas por aclarar.
- ¿Por qué yo? Quiero decir... ¿qué te hace pensar que yo puedo ayudarte?
- Porque cuando empecé a pensar en encontrar a alguien, tu nombre salió en el caso Wennerström. Sabía quién eras. Y quizá también porque te tuve en mis rodillas siendo tú un chavalín. -Hizo un gesto de rechazo con la mano-. No, no me malinterpretes. No cuento con que me ayudes por razones sentimentales. Sólo te estoy explicando por qué tuve el impulso de contactar precisamente contigo.
Mikel se rió amablemente.
- Bueno, me temo que son unas rodillas de las que no me acuerdo muy bien. Pero ¿cómo sabías que era yo? Eso fue a principio de los años sesenta...
-Perdona, no lo has entendido. Os mudasteis a Estocolmo cuando tu padre consiguió un trabajo como jefe de taller de Zarinders Mekaniska, una de las muchas empresas que formaban parte del Grupo Vanger. Fuí yo quién le recomendó para el puesto. No tenía formación, pero yo sabía que valía mucho. Me encontré con él varias veces a lo largo de los años, cuando yo iba a Zarinders por algún asunto. Tal vez no fuéramos íntimos amigos, pero siempre hablábamos. La última vez que le ví fue un año antes de morir; entonces me contó que te habían aceptado en la Escuela Superior de Periodismo. Estaba muy orgulloso. Luego, poco después, te hiciste famoso con lo de aquella banda de atracadores y el apodo Kalle Blomkvist. Durante todos estos años he seguido tu trayectoria profesional y he leído muchos de tus artículos. La verdad es que leo Millenium bastante amenudo.
- Vale, de acuerdo. Pero ¿qué es exactamente lo que quieres que yo haga?
Henrik Vanger bajó la mirada durante un breve momento; luego tomó un sorbo de café, como si necesitara un descanso antes de abordar el verdadero asunto.
- Mikel, ante todo me gustaría hacer un trato contigo. Quiero que hagas dos cosas. Una es el pretexto y la otra el verdadero motivo.
- ¿Qué tipo de trato?
- Te voy a contar una historia en dos partes. La primera parte versa sobre la familia Vanger. Es el pretexto. Es una historia larga y oscura, pero intentaré atenderme a la verdad sin maquillarla. La segunda parte aborda el asunto en sí. Creo que en ciertos momentos mis palabras te parecerán... una locura. Lo que te pido es que me prestes atención hasta el final, que escuches lo que quiero que hagas y lo que te ofrezco a cambio antes de decidir si aceptas el encargo o no. (págs. 103-105)
- Tienes razón. Llevo varios días preparando lo que voy a decirte, pero ahora que, por fín, te tengo delante, no sé muy bien por dónde empezar. Supongo que has leído algo sobre mí antes de aceptar la invitación. Si es así, ya sabrás, sin duda, que en su día ejercí una gran influencia sobre la industria y el mercado del país. Hoy no soy más que un viejo que va a morir dentro de poco; mira, la muerte tal vez sea un excelente punto de partida para esta conversación.
Mikel le dio un sorbo al café -¡de puchero!- mientras se preguntaba dónde desembocaría la historia.
- Me duelen las caderas y me cuesta dar largos paseos. Algún día tú mismo también comprobarás cómo los viejos se van quedando sin fuerzas. Yo no tengo demencia senil ni estoy obsesionado con la muerte, pero me encuentro ya en esa edad en la que debo aceptar que mi tiempo se está acabando. Llega una hora en la que uno quiere hacer balance de su vida y concluir las cosas que estan a medio terminar. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
Mikel asintió. La voz de Henrik Vanger era firme y clara; a Mikel ya le había quedado claro que el anciano hablaba con cordura y no estaba senil.
- Lo que no acabo de entender es qué pinto yo en todo esto -insistió.
- Te he pedido que vengas porque quiero que me ayudes con ese balance final. Me quedan algunas cosas por aclarar.
- ¿Por qué yo? Quiero decir... ¿qué te hace pensar que yo puedo ayudarte?
- Porque cuando empecé a pensar en encontrar a alguien, tu nombre salió en el caso Wennerström. Sabía quién eras. Y quizá también porque te tuve en mis rodillas siendo tú un chavalín. -Hizo un gesto de rechazo con la mano-. No, no me malinterpretes. No cuento con que me ayudes por razones sentimentales. Sólo te estoy explicando por qué tuve el impulso de contactar precisamente contigo.
Mikel se rió amablemente.
- Bueno, me temo que son unas rodillas de las que no me acuerdo muy bien. Pero ¿cómo sabías que era yo? Eso fue a principio de los años sesenta...
-Perdona, no lo has entendido. Os mudasteis a Estocolmo cuando tu padre consiguió un trabajo como jefe de taller de Zarinders Mekaniska, una de las muchas empresas que formaban parte del Grupo Vanger. Fuí yo quién le recomendó para el puesto. No tenía formación, pero yo sabía que valía mucho. Me encontré con él varias veces a lo largo de los años, cuando yo iba a Zarinders por algún asunto. Tal vez no fuéramos íntimos amigos, pero siempre hablábamos. La última vez que le ví fue un año antes de morir; entonces me contó que te habían aceptado en la Escuela Superior de Periodismo. Estaba muy orgulloso. Luego, poco después, te hiciste famoso con lo de aquella banda de atracadores y el apodo Kalle Blomkvist. Durante todos estos años he seguido tu trayectoria profesional y he leído muchos de tus artículos. La verdad es que leo Millenium bastante amenudo.
- Vale, de acuerdo. Pero ¿qué es exactamente lo que quieres que yo haga?
Henrik Vanger bajó la mirada durante un breve momento; luego tomó un sorbo de café, como si necesitara un descanso antes de abordar el verdadero asunto.
- Mikel, ante todo me gustaría hacer un trato contigo. Quiero que hagas dos cosas. Una es el pretexto y la otra el verdadero motivo.
- ¿Qué tipo de trato?
- Te voy a contar una historia en dos partes. La primera parte versa sobre la familia Vanger. Es el pretexto. Es una historia larga y oscura, pero intentaré atenderme a la verdad sin maquillarla. La segunda parte aborda el asunto en sí. Creo que en ciertos momentos mis palabras te parecerán... una locura. Lo que te pido es que me prestes atención hasta el final, que escuches lo que quiero que hagas y lo que te ofrezco a cambio antes de decidir si aceptas el encargo o no. (págs. 103-105)
martes, 17 de junio de 2008
Ceniza Lunar
Escuchaba ayer en la radio que por el módico precio de unos miles de euros (no muchos) una podía aspirar a ser enterrada en la luna.
Si no oí mal había dos modalidades de entierro dependiendo de donde se colocaran las cenizas: bien en la propia luna (el Valle de la Tranquilidad sería un lugar idóneo sin duda), bien en órbita alrededor del satélite terrestre, con imejorables vistas al espacio exterior.
Hay que aclarar que estos restos no se esparcirán al libre albedrío, sino que estarían comodamente instalados en satélites artificiales, en compañía de otros miles de restos por tal de compensar a la empresa funeraria-espacial los costes y molestias que el lanzamiento puede ocasionar.
Bien, no cuesta imaginar futuras misiones lunares en las que además de los cálculos própios del alunizaje deban incluir estrategias de esquive y escape a urnas gigantes en perpétuo movimiento estelar.
El Cementerio Espacial tendrá en pocos años éxito mundial, porque si bien Verne o Cyrano soñaban con Selene, nosotros por casi nada podremos disfrutar de su hospitalidad por toda la eternidad.
Si no oí mal había dos modalidades de entierro dependiendo de donde se colocaran las cenizas: bien en la propia luna (el Valle de la Tranquilidad sería un lugar idóneo sin duda), bien en órbita alrededor del satélite terrestre, con imejorables vistas al espacio exterior.
Hay que aclarar que estos restos no se esparcirán al libre albedrío, sino que estarían comodamente instalados en satélites artificiales, en compañía de otros miles de restos por tal de compensar a la empresa funeraria-espacial los costes y molestias que el lanzamiento puede ocasionar.
Bien, no cuesta imaginar futuras misiones lunares en las que además de los cálculos própios del alunizaje deban incluir estrategias de esquive y escape a urnas gigantes en perpétuo movimiento estelar.
El Cementerio Espacial tendrá en pocos años éxito mundial, porque si bien Verne o Cyrano soñaban con Selene, nosotros por casi nada podremos disfrutar de su hospitalidad por toda la eternidad.
domingo, 15 de junio de 2008
Francisco Pradilla (1848-1921) - Doña Juana la Loca
viernes, 13 de junio de 2008
Fernando Pessoa - Hay dolencias peores que las dolencias
Hay dolencias peores que las dolencias,
hay dolores que no duelen, ni en el alma
pero que son dolorosos más que los otros.
Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae, hay sensaciones
sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la misma vida.
Hay tantas cosas que, sin existir,
existen, existen demoradamente,
y demoradamente son nuestras y nosotros…
Por sobre el verde turbio del ancho río
los circunflejos blancos de las gaviotas…
Por sobre el alma el aleteo inútil
de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.
Dame más vino, porque la vida es nada.
hay dolores que no duelen, ni en el alma
pero que son dolorosos más que los otros.
Hay angustias soñadas más reales
que las que la vida nos trae, hay sensaciones
sentidas sólo con imaginarlas
que son más nuestras que la misma vida.
Hay tantas cosas que, sin existir,
existen, existen demoradamente,
y demoradamente son nuestras y nosotros…
Por sobre el verde turbio del ancho río
los circunflejos blancos de las gaviotas…
Por sobre el alma el aleteo inútil
de lo que no fue, ni puede ser, y es todo.
Dame más vino, porque la vida es nada.
martes, 10 de junio de 2008
En el tanatorio se supo
Nunca quiso decir la edad que tenía, en el tanatorio se supo: se fue de este mundo con 92 años. En mi casa siempre la conocimos como la sra. R. y este pasado viernes, tras una larga enfermedad y repetidas estancias en la clínica, nos abandonó.
Vamos acercándonos a la iglesia a modo de paseo, imposible hacerlo en coche, allí no hay quien aparque. En el camino mi madre se queja de la rodilla pero, mientras va cojeando, reconoce que hace unos años hicieron con la rótula un apaño muy bueno, que en el fondo mucho le está durando. Llegamos a la parroquia con cierta antelación, aún así, como suele ser normal en estos casos, los familiares más directos ya estan esperando la hora de inicio del funeral. Las ocho y media. Damos besos y estrechamos manos al tiempo que las acompañamos de las ya acostumbradas palabras de pésame.
- Ya os dejó la tía.
- Sí, ya ha dejado de sufrir.
Hay poquita gente afuera.
Como mi madre sigue quejándose de la rodilla decidimos entrar en la iglesia a pesar de que se esta oficiando otra misa de funeral. Siempre se dijo de la primavera que era la estación que daba a la par más vida y más defunción. El recinto está abarrotado, aún van por la comunión. Participamos del oficio que queda y al terminar, aprovechamos para adelantar unos bancos para estar más cerca de los familiares a quienes queremos acompañar.
En la espera entre oficio y oficio, veo que dos ancianos al lado del Sagrario, miran el suelo. Uno de ellos con gran esfuerzo se acacha. Aprovecho, me levanto y les pregunto si les puedo ayudar en algo. Me dice que la llave del Sagrario se les ha caido bajo el entarimado y no la encuentran. Me arrodillo mientras meto la mano por una estrecha rendija, tanteo. Bajo la tarima toco alguna porquería, pero el frío tacto de metal no lo encuentro. Me disculpo y digo que no la encuentro, me explican que tienen otra de repuesto, que mañana, con tiempo, correran el entarimado y la cojeran. Vuelvo a mi asiento. En el banco mi madre, sola, mira atenta.
Mientras tanto el cura acaba por convidar a los familiares del primer funeral a abandonar la iglesia. Llevamos de retraso un cuarto de hora. Miró atrás y veo que la iglesia está casi vacía. Y pienso en ella. La sra. R. una vecina venida de Barcelona hará unos sesenta, setenta años, sin descendencia. No, no hay apenas gente en la iglesia. Muchos años de voluntaria reclusión en su casa, sin pisar la calle apenas. En la iglesia solo estamos un ramillete de antiguos vecinos y media docena de familiares. Qué pocos somos.
El funeral se oficia rápido y pronto damos el pésame. Nos vamos retirando. Ya camino de la calle, pero aún en el templo, interpelan a mi madre. Gente que recuerdo de mi niñez y que aún puedo reconocer apesar del paso del tiempo. Son vecinos de antaño, que como nosotras, han querido acompañar en el duelo. Reencuentros efímeros, rescate de viejas memorias, incluso de secretos anhelos. Siempre, sin duda, es lo mejor de este evento. Ya en la calle encontramos a más antiguos vecinos. Se estrechan más manos, se dan más besos. Se sonríe ante lo extraordinario del momento. Después de tanto tiempo. Se presentan hijos, se cuentan paraderos y cuando la conversación se agota, se recurre a la manida frase de:
- A ver si nos vemos pronto...
- Sí, pero que no sea en un entierro.
Volvemos a casa, acompañadas de otra vecina y en el trayecto hablamos de presentes, de hijos, de nietos. De la huelga que hoy empieza, de horarios y despensas. Ya la sra. R. sólo forma parte de nuestros recuerdos.
Descanse en Paz.
Vamos acercándonos a la iglesia a modo de paseo, imposible hacerlo en coche, allí no hay quien aparque. En el camino mi madre se queja de la rodilla pero, mientras va cojeando, reconoce que hace unos años hicieron con la rótula un apaño muy bueno, que en el fondo mucho le está durando. Llegamos a la parroquia con cierta antelación, aún así, como suele ser normal en estos casos, los familiares más directos ya estan esperando la hora de inicio del funeral. Las ocho y media. Damos besos y estrechamos manos al tiempo que las acompañamos de las ya acostumbradas palabras de pésame.
- Ya os dejó la tía.
- Sí, ya ha dejado de sufrir.
Hay poquita gente afuera.
Como mi madre sigue quejándose de la rodilla decidimos entrar en la iglesia a pesar de que se esta oficiando otra misa de funeral. Siempre se dijo de la primavera que era la estación que daba a la par más vida y más defunción. El recinto está abarrotado, aún van por la comunión. Participamos del oficio que queda y al terminar, aprovechamos para adelantar unos bancos para estar más cerca de los familiares a quienes queremos acompañar.
En la espera entre oficio y oficio, veo que dos ancianos al lado del Sagrario, miran el suelo. Uno de ellos con gran esfuerzo se acacha. Aprovecho, me levanto y les pregunto si les puedo ayudar en algo. Me dice que la llave del Sagrario se les ha caido bajo el entarimado y no la encuentran. Me arrodillo mientras meto la mano por una estrecha rendija, tanteo. Bajo la tarima toco alguna porquería, pero el frío tacto de metal no lo encuentro. Me disculpo y digo que no la encuentro, me explican que tienen otra de repuesto, que mañana, con tiempo, correran el entarimado y la cojeran. Vuelvo a mi asiento. En el banco mi madre, sola, mira atenta.
Mientras tanto el cura acaba por convidar a los familiares del primer funeral a abandonar la iglesia. Llevamos de retraso un cuarto de hora. Miró atrás y veo que la iglesia está casi vacía. Y pienso en ella. La sra. R. una vecina venida de Barcelona hará unos sesenta, setenta años, sin descendencia. No, no hay apenas gente en la iglesia. Muchos años de voluntaria reclusión en su casa, sin pisar la calle apenas. En la iglesia solo estamos un ramillete de antiguos vecinos y media docena de familiares. Qué pocos somos.
El funeral se oficia rápido y pronto damos el pésame. Nos vamos retirando. Ya camino de la calle, pero aún en el templo, interpelan a mi madre. Gente que recuerdo de mi niñez y que aún puedo reconocer apesar del paso del tiempo. Son vecinos de antaño, que como nosotras, han querido acompañar en el duelo. Reencuentros efímeros, rescate de viejas memorias, incluso de secretos anhelos. Siempre, sin duda, es lo mejor de este evento. Ya en la calle encontramos a más antiguos vecinos. Se estrechan más manos, se dan más besos. Se sonríe ante lo extraordinario del momento. Después de tanto tiempo. Se presentan hijos, se cuentan paraderos y cuando la conversación se agota, se recurre a la manida frase de:
- A ver si nos vemos pronto...
- Sí, pero que no sea en un entierro.
Volvemos a casa, acompañadas de otra vecina y en el trayecto hablamos de presentes, de hijos, de nietos. De la huelga que hoy empieza, de horarios y despensas. Ya la sra. R. sólo forma parte de nuestros recuerdos.
Descanse en Paz.
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