martes, 31 de marzo de 2009

Nada - Carmen Laforet

Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces.


domingo, 29 de marzo de 2009

Biografía del Hambre - Amèlie Nothomb

En el Liceo Francés de Nueva York se produjo un fenómeno inquietante: diez chicas se enamoraron de mí. Y yo sólo estaba enamorada de dos de ellas. Se trataba de un problema matemático.

El asunto podría haber quedado en un simple drama de patio de colegio de no haberse producido el acontecimiento cotidiano del cruce de la avenida. Al mediodía, después de la comida conjunta en la cantina, todos los alumnos del Liceo tenían derecho a una hora de recreo en Central Park. Dadas la inmensidad y la belleza de aquel parque, esa hora era el momento más ansiado de la jornada escolar.

Para llegr a aquel sublime lugar, las autoridades exigían que formáramos una larga fila de niños cogidos de la mano, de dos en dos. De ese modo podíamos cruzar la avenida que nos separaba de Central Park sin deshonrar al Liceo.

Así pues, era necesario elegir aalguien a quien coger de la mano mientras cruzabas la avenida. Yo alternaba entre mis dos mejores amigas, la francesa Marie y la suiza Roselyne.

Un día, la caritativa Roselyne me previno de una inminente crisis.
_Hay muchas chicas de la clase a las que les gustaría darte la mano para ir al parque.
_Yo sólo quiero daros la mano a Marie y a tí -respondí yo, implacable.
_Lo están pasando muy mal -objetó Roselyn-. Corinne ha llorado mucho.

Solté una carcajada, ya que las lágrimas derramadas por semejante causa me parecían estúpidas. Roselyne no lo vio con los mismos ojos.
_De cuando en cuando deberías darle la mano a Corinne o a Caroline. Sería un detalle por tu parte.

Así proceden algunas favoritas en los harenes, que se acercan para aconsejarle al sultán que honre a ls esposas desamparadas, podemos suponer que las mueve únicamente la caridad y la prudencia -ya que su elección puede costarles notables enemistades.

En mi bondad, a la mañana siguiente le anuncié a Corinne que le daría la mano para cruzar la avenida. Y para que así constara, después de la comida, en el momento de formar fila, me dirigí hacia ella, a disgusto, no sin antes lanzar desesperadas miradas hacia Marie y Roselyne que, ellas sí, no sólo gozaban de mi favor, sino que tenían unas manos suaves y finas, y no esa enorme pezuña de Corinne que me tocaba rellenar.

¡Ojalá todo se hubiera reducido a eso! Fue necesario soportar sobre todo los gritos de alegría de Corinne, que vivió aquel apretón manual como un triunfo y presumió durante todo el día de lo que presentaba como un acontecimiento planetario.

Ya que, durante toda la mañana, no había dejado de anunciar a voz en grito:
_¡Va a darme la mano!
Y se pasó la tarde repitiendo:
_¡Va a darme la mano!

Creí que aquel rídiculo episodio no tendría consecuencias.
A la mañana siguiente, al llegar al Liceo antes de que empezaran las clases, presencié una escena lucinante: Corinne, Caroline, Denise, Nicole, Nathalie, Annick, Patricia, Véronique e incluso mis dos favoritas estaban pegandose a tortazo limpio y con insensata violencia. Los chicos disfrutaban de lo lindo con el espectáculo y opinaban sobre quién iba ganando. (pág. 107-109)

miércoles, 25 de marzo de 2009

After Dark - Haruki Murakami

1:56 a.m.

Skylark. Un gran letrero de neón. A través del cristal se ve una zona luminosa donde se encuentran las mesas. Es una mesa grande, un grupo de chicos y chicas, al parecer estudiantes universitarios, ríe a carcajadas. El local está mucho más animado que el Denny's hace un rato. Las densas tinieblas de la calle, de madrugada, no han logrado llegar hasta aqui.

En el lavabo del Skylark está Mari lavándose las manos. Ahora no lleva puesta la gorra. Ni tampoco las gafas. Por los altavoces del techo suena a bajo volumen un viejo éxito de los Pet Shop Boys. Jealousy. El gran bolso bandolera descansa a un lado del lavabo. Ella se está lavando meticulosamente las manos con el jabón líquido dels dispensador sujeto a la pared. Parece que intente desprenderse de algo pegajoso que se le ha adherido entre los dedos. De vez en cuando alza la mirada y observa su rostro reflejado en el espejo. Cierra el grifo, se inspecciona los diez dedos de las manos bajo la luz, se los seca frotándoselos con una toalla de papel. Luego aproxima su rostro al espejo. Estudia su imagen como si esperara que ocurriese algo. Como si no quisiera que se le pasase por alto el menor cambio. Pero no ocurre nada. Con ambas manos apoyadas en el lavabo cierra los ojos, empieza a contar, vuelve a abrirlos. De nuevo estudia su cara con detenimiento. Pero sigue sin notar ningún cambio, por supuesto.

Se pasa una mano por el flequillo. Se coloca bien la capucha de la sudadera que lleva debajo de la cazadora. Luego, como si se alentara a sí misma, se mordisquea los labios y asiente repetidas veces. De modo simultáneo, la Mari del espejo tambrién se mordisquea los labios y asiente repetidas veces. Se cuelga el bolso al hombro, sale del lavabo. La puerta se cierra.

Nuestra mirada convertida en cámara permanece unos instantes en el lavabo, sigue barriendo el interior del cuarto. Mari ya no está allí. Ya no hay nadie. Sólo la música sonando por los altavoces del techo. Una melodía de Hall & Oates. I Can't Go for That. Al mirar con atención, descubrimos que en el espejo todavía se refleja la imagen de Mari. Y la Mari del espejo está mirando hacia nosotros desde el otro lado. Con expresión seria, como si estuviera esperando a que ocurriera algo. Pero a este lado no hay nadie. Sólo la imagen de Mari que permanece en el espejo del Skylark.

Todo va sumiéndose en la oscuridad. En las tinieblas, cada vez más densas, suena I Can't Go for That.
(pág. 84-86)

martes, 24 de marzo de 2009

La Llave del Abismo - José Carlos Somoza

El Gran Tren. Poderoso, inmenso, hecho de cristal y acero. Dos niveles por sección -superior e inferior-, catorce grandes secciones, más de cincuenta pasajeros en cada una. Los engranajes de las ruedas soltando bufidos bajo el peso descomunal, azotando con chorros de centellas los costados de la vía. Olor a vidrio y metal calientes. Hermoso y pavoroso. Caminar por su interior, con su techo alto, sus lámparas araña y sus molduras, los gruesos y ornamentados marcos de los espejos y las paredes forradas de piel o cristal pintado, era pensar que el mundo aún guardaba ciertos tesoros, espectáculos colosales realizados por la mano del hombre. Pero también, de algún modo extraño que Daniel kean no acertaba a comprender, uno se sentía en sus manos cuando recorría sus pasillos. Esa vibración en el centro del pecho y ese golpe de mazo bajo los pies hacían saber que a partir de ese momento se pertenecía a él. No se podía evitar, se fuera pasajero o empleado, aquella sensación de pequeñez, de percibirse como un simple átomo de carne y sangre en el vientre de la suprema tecnología.
A Daniel le gustaba sentirse así, y sospechaba que al resto de sus compañeros también. Si se trabajaba en el Gran Tren, el Gran Tren protegía, y eso era bueno.
Su tarea consistía en ayudar al subalterno primero de la sección cuarta. Por comodiad, se habían repartido el trabajo y a Daniel solo le correspondía el nivel superior. Pero el vestuario con los uniformes se hallaba en la última sección, la número catorce, de modo que Daniel se dirigió allí nada más entrar, se desnudó, se puso la doble pieza gris fruncida en los los bordes y estampada con el símbolo de la compañía (una flor oscura), calzó las altas sandalias reglamentarias, conectó a su oído izquierdo el auricular por donde recibiría las órdenes de su jefa de sección y volvió a peinarse de manera que su largo cabello cayera por ambos hombros, tanto para cubrir el auricular como para parecer "elegante" según los cánones de la compañía. Cuando el tren salió de la estación, Daniel, ya vestido con el traje de subalterno, empezó a avanzar por los niveles superiores en dirección a la sección cuarta, saludando a los compañeros ya incorporados y sonriendo a los pasajeros que lo miraban.
Entonces, al llegar a la sección séptima, se fijó en klaus Siegel.
Había unos treinta pasajeros en el nivel superior de aquella sección; el asiento de Klaus quedaba a la derecha de Daniel, junto a la puerta, de modo que fue el primero que Daniel vio al entrar. Pero Daniel nunca se hubiese fijado en Klaus de no haber sido por las señas que éste hacía al subalterno de la sección. En vez de pulsar el botón de aviso de su asiento o llamarlo en voz alta, klaus se limitaba a alzar la mano; al hallarse de espaldas, el subalterno no se había percatado.
Daniel hubiese podido optar por llamar él mismo a su compañero (o compañera, no podía estar seguro: ni los uniformes ni, por supuesto, los cuerpos diferenciaban a las personas por detrás), pero decidió que no perdería el tiempo en saber lo que deseaba aquel pasajero. Siempre era posible pasar el encargo a otro en cualquier momento.
Mostró su mejor sonrisa de subalterno y se inclinó con delicadeza.
_ Buenos días, me llamo Daniel kean y pertenezco a la sección cuarta. ¿Puedo ayudarle en algo?
El joven lo miró. Se hallaba junto al cristal de la ventana. Tras él, el remolino de lluvia se retorcía sobre el cristal cada vez que el tren pasaba junto a las luces de la vía. En el interior todo era calma y silencio: afuera, todo estallaba entre el vértigo y el clamor.
_ Sí, tú mismo servirás -dijo el joven asintiendo lentamente. (págs. 18-20)

jueves, 19 de marzo de 2009

Pablo Tusset - Sakamura, Corrales y los Muertos Rientes

El tercer cadáver apareció en la cubierta de su propio yate y resultó ser bastante feo.
No sólo por el bigote, adherido a una de esas caras redondas y dentonas que no admiten ornamentos pilosos. Ni tampoco el voluminoso cuerpo desnudo, que habría podido confundirse con el de un cetáceo de no ser por el champiñón que le remataba el abdomen a modo de genital externo -exactamente como el pitorro de un flotador en forma de manatí-. El tercer cadáver era feo, sobre todo, porque parecía respirar; ése era el efecto que causaba el movimiento de la marea al mecerle la panza en un vaivén gelatinoso. Sin embargo, a cambio de esa turbadora apariencia de jadeo post mortem, no se percibía rastro de sangre o heridas y la expresión de la cara bigotuda era sonriente, placentera, diríase que de una felicidad emparentada con la estulticia.
El inspector y Maestro Sakamura se había detenido a unos metros de la tumbona de teca en la que yacía aquel muerto feo y feliz. Permaneció inmóvil unos segundos: los diminutos pies ligeramente separados las manos a la espalda, escudriñando con sus ojillos rasgados que destellaban en la penumbra de la cubierta entoldada como dos cabezas de alfiler. Cualquiera de sus colegas de la Brigada de Investigaciones Especiales con sede permanente en Lyon, Francia, habría sabido que el inspector estaba fotografiando mentalmente la escena. Ciertamente, el fotógrafo de los Mossos d'Esquadra ya había tomado varias docenas de instántaneas desde todos los ángulos imaginables, pero ni las más avanzadas cámaras digitales de la policía autonómica catalana podían competir con los retratos en 3D que registraba la memoria visual del venerable Maestro Zen enviado por la Interpol.
A su lado en la cubierta del yate, el cabo de la Guardia Civil Rafael Corrales aseguró en un gesto inconsciente la banderita española adhesiva que adornaba el broche de su reloj del Real Madriz. Mientras tanto, aventuró una explicación para aquella inaudita proliferación de cadáveres risueños:
-Esto va a ser de las medusas, lo que yo le diga.
Pero el inspector Sakamura pidió silencio moviendo los brazos en un lento y elástico giro, que parecía haber sido perfeccionado durante años y, a fin de completar su análisis organoléptico, olfateó el aire con leves movimientos de sus aletas nasales.( Pág. 9-10)

viernes, 13 de marzo de 2009

Gran Torino

Amy MacDonald -This is the life

Pitigrilli - Lecciones de Amor

Y la llamó en voz baja, como si su sombra estuviese allí; como se habla a una mujer cuando duerme, para no despertarla, para no ofrecer toda el alma:
_F. , pequeña F. , dulce F.; F. amor mío...

Sentía que existe otro lenguaje que nunca había usado, porque como decía F. , él había hecho de su inteligencia un artículo de lujo, sin advertir que la inteligencia, el corazón, los sentidos, deben ser tenidos como objetos de uso corriente para que uno pueda ser feliz. Y aún dijo:
_ F., vuelve, te perdono, viviremos nuevamente tranquilos, vendrán aún días hermosos.

Usó las palabras que ni siquiera hubiera adoptado el mediocre poeta provinciano ni el maestro de escuela expulsado por sus novelas. Hubiera querido hablar como el soldado que confía a una tarjeta de oro y de anilina, bordeada de estrelllas y margaritas, todo el amor que él no sabe expresar. Acaso a F., como él, enferma de intelectualismo, habría que hablarle el lenguaje sencillo de los pastores que tallan un corazón en la corteza de los árboles. Le había hablado a F., del amor, pero no le hablado nunca de amor. Y como el más tonto de sus clientes, pensó que su caso era único. Ningún cliente, él inclusive, hubiera creído jamás
que su propio caso pudiera imprimirse jamás en quinientos ejemplares de ciclostilo. (pág.135)

martes, 10 de marzo de 2009

Punto de Encuentro - Foro Qué Leer y Qué Charlar

1er. Aniversario (Elizq)

El Lector - Bernard Schink

A veces pienso que el verdadero motor del movimiento estudiantil era un conflicto generacional, y la revisión crítica del pasado nazi una mera pose que adopataba el movimiento. Toda generación tiene el deber de rechazar lo que sus padres esperan de ella. En este caso resultaba más fácil, ya que esos mismos padres quedaban desautorizados por el hecho de no haber sabido plantar cara al Tercer Reich, ni siquiera a posteriori. La generación que había cometido los crímenes del nazismo, o los había contemplado, o había hecho oídos sordos ante ellos, o que, después de 1945, había tolerado o incluso aceptado en su seno a los criminales, no tenía ningún derecho a leerles la cartilla a sus hijos. Pero los hijos que no podían o no querían reprocharles nada a sus padres también se veían confrontados con el pasado nazi. Para ellos, la revisión crítica del pasado no era la forma que adoptaba exteriormente el conflicto generacional, sino el problema en sí mismo.

La culpabilidad colectiva, se la acepte o no desde el punto de vista moral y jurídico, fue de hecho una realidad para mi generación de estudiantes. No sólo se alimentaba de la historia del Tercer Reich. Había otras cosas que también nos llenaban de vergüenza, por más que pudiéramos señalar con el dedo a los culpables: las pintadas esvásticas en cementerios judíos; la multitud de antiguos nazis apoltronada en los puestos más altos de la judicatura, la Administración y las universidades; la negativa de la República Federal Alemana a reconocer el Estado de Israel; la evidencia de que, durante el nazismo, el exilio y la resistencia habían sido puramente testimoniales, en comparación con el conformismo al que se había entregado la nación entera. Señalar a otros con el dedo no nos eximía de nuestra vergüenza. Pero sí la hacía más soportable, ya que permitía transformar el sufrimiento pasivo en descargas de energía, acción y agresividad. Y el enfrentamiento con la generación de los culpables estaba preñado de energía.

Sin embargo, yo no podía señalar con el dedo a nadie.(págs. 158-159)

viernes, 27 de febrero de 2009

Un hombre en la oscuridad - Paul Auster

Después del instituto, volvió al Norte y empezó a estudiar en la Universidad de Nueva York, pero como andaba corto de dinero, se vio obligado a trabajar aquí y allá a tiempo parcial para salir a flote. Una vez, rememorando lo difíciles que fueron aquellos tiempos, me contó que solía ir a Ratner's, la antigua cafetería judía del Lower East Side, donde tras sentarse a una mesa decía al camarero que esperaría a su novia, que no tardaría en llegar. Uno de los principales atractivos de aquel local eran sus famosos panecillos. En cuanto uno tomaba asiento, aparecía un camarero y ponía sobre la mesa una cesta de panecillos, acompañada de una amplia provisión de mantequilla. Uno a uno, bien untados de mantequilla, Gil se comía hasta el último panecillo de la cesta, echando miradas al reloj de cuando en cuando, haciendo somo si estuviera preocupado por la tardanza de su inexistente novia. Cuando la cesta se quedaba vacía, era automáticamente sustituida por otra llena, y luego la segunda por una tercera. Finalmente, la novia no aparecía, y Gil se marchaba de la cafetería con una expresión desengañada en las facciones. Al cabo de un tiempo, los camareros le pillaron el truco, pero no antes de que Gil alcanzara una marca personal de veintisiete panecillos gratis consumidos de una sola sentada. (pág. 100)

Jai Ho - Slumdog Millionaire Soundtrack

viernes, 13 de febrero de 2009

Margaret Atwood - Asesinato en la Oscuridad

El Pan
Imagina una pieza de pan. No hace falta que la imagines, está aquí mismo en la cocina, en la tabla del pan, en su bolsa de plástico al lado del cuchillo de cortar el pan. El cuchillo de cortar el pan es un viejo cuchillo que compraste en una subasta; tiene la palabra PAN grabada en el mango de madera.
Abres la bolsa, empujas hacia atrás el papel que la envuelve y cortas una rebanada. La untas con mantequilla de cacahuete y miel y la doblas. Parte de la miel te resbala por los dedos y tú la lames. Tardas aproximadamente un minuto en comerte una rebanada. Resulta que este pan es moreno, pero también hay pan blanco en el frigorífico y un resto de pan de centeno que compraste la semana pasada, entonces era redondo como un estómago lleno pero ahora está empezando a criar moho. A veces horneas pan. Crees que prepararlo con tus propias manos resulta relajante.
*
Imagínate una hambruna. Ahora imagínate una pieza de pan. Ambas cosas son reales, pero resulta que tú estñas en la misma habitación con una sola de ellas. Sitúate en otra habitación, para eso sirve la mente. Ahora te encuentras tumbada sobre un colchón muy delgado en una estancia calurosa. Las paredes son de adobe y tu hermana, que es más joven que tú, se halla en la habitación contigo. Se está muriendo de hambre, tiene el vientre hinchado y las moscas se posan sobre sus ojos; tú las apartas con la mano. Tienes también un trapo, sucio pero mojado, y lo acercas a sus labios y a su frente. La pieza de pan es el pan que por lo visto guardas desde hace días. Estás tan hambrienta como ella, pero no tan débil todavías. ¿Cuánto va a durar todo eso? ¿Cuándo se presentará alguien con más pan? Piensas en la pisibilidad de salir para ver si encuentras algo que comer, pero las calles están infestadas de gente que rebusca entre los escombros y el hedor de los cadáveres se percibe por todas partes.
¿Debes compartir el pan o darle toda la pieza a tu hermana? A ín de cuentass, tus posibilidades de vivir son mayores, eres más fuerte. ¿Cuánto se tarda en tomar una decisión?
*
Imagina una prisión. Sabes algo que áun no has dicho. Los que mandan en la prisión saben que sabes. También lo saben los que no mandan. Si lo dices, treinta o cuarenta o cien de tus amigos, de tus compañeros, serán atrapados y morirán. Si te niegas a decirlo, esta noche será como anoche. Siempre eligen la noche. Pero tú no piensas en la noche sino en la pieza de pan que te ofrecieron. La pieza de pan era morena y recien hecha y te recordaba la luz del sol que ilumina un suelo de madera. Te recordaba un cuenco, un cuenco amarillo que antaño había en tu casa. Contenía peras y manzanas; estaba en una sola mesa que también recuerdas. No es el hambre o el dolor lo que te mata, sino la ausencia del cuenco amarillo. Si pudieras sostenerlo en tus manos, aquí mismo, serías capaz de resistir cualquier cosa, te dices. El pan que te ofrecieron es subversivo, es traicionero, ni significa vida.
*
Érase una vez dos hermanas, una rica y sin hijos, la otra viuda, con cinco hijos y tan pobre que ya no le quedaba nada de comida. Acudió a su hermana y le pidió un trozo de pan.
_Mis hijos se están muriendo _le dijo.
_No tengo suficiente para mí _le contestó la hermana rica, y la alejó de su puerta.
Después el marido de la hermana rica regresó a casa y quiso cortarse un trozo de pan, pero en cuanto hundió el cuchillo, brotó sangre roja.
Todo el mundo comprendió lo que esto significaba.
Es un tradicional cuento de hadas alemán.
*
La barra de pan que he evocado para ti flota aproximadamente a unos treinta centímetros por encima de la mesa de tu cocina. La mesa es normal, no tiene ninguna trampilla. Una servilleta de té de color azul flota por debajo del pan y no hay ningún cordel que una el lienzo con el pan o el pan con el techo o la mesa con el lienzo, lo has comprobado pasando la mano por encima y por debajo. Pero no has tocado el pan. ¿Qué te lo ha impedido? No quieres saber si el pan es auténtico o si se trata de una simple alucinación que he conseguido hacerte ver. No cabe duda de que puedes ver el pan e incluso olerlo. Huele a levadura y parece muy sólido, tan sólido como tu brazo; pero ¿puedes fiarte de que sea real? ¿Puedes comerlo? No quieres saberlo, imagínate. (págs.69-72)

lunes, 26 de enero de 2009

En la tierra de las picas

En la tierra de las picas, en la tierra de las lanzas, a cada paso que doy, la historia me acompaña. Es una ciudad pequeña, está en tierra lejana, lejana para lo que yo quisiera, de mil maneras, en mil mañanas.
*
Cuándo de mi Málaga vengo, de mi manzanilla harta, con su pescaito frito, con su camarón de guardia, y me enfrento a esta niebla, a este pollo con arroz, suena a guasa, que una lágrima me baste para calmar mi añoranza.
*
Subida en mi bicicleta, con el frío entre las nalgas, llega al calor de mi oído canciones de allí grabadas. El pedaleo acelero cuando los sones que siento me calan aún más que el tiempo. Y es al tatarearlos o al cantarlos al viento, cuando mi pecho se ensancha,
olvidando mi destierro.



jueves, 22 de enero de 2009

Gacela de un amor imprevisto- Mayte Martín Vs García Lorca



GACELA DEL AMOR IMPREVISTO

Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.

Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.

Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre.

Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.

miércoles, 21 de enero de 2009

Casi al final del camino

Dejas atrás la autopista mediante una curva de casi trescientos sesenta grados que te obliga a ir en tercera. Emprendes una pequeña recta empinada que transcurre bajo un túnel y cuya desembocadura alumbra en un bosquecillo a la izquierda y un amplio panorama sobre la Bahía de Palma de frente y a la derecha. A lo lejos, en días claros, se puede vislumbrar la silueta de Cura, montaña mágica de Ramon Llull por excelencia. A unos pocos metros y en bajada te encuentras con una amplia rotonda, plantada con tres pinos jóvenes y alfombrada de verde césped. Tomas la desviación a la derecha y llegas a la antigua carretera de Andraitx, a unos pocos metros te encuentras dos urbanizaciones, entre las cuales discurre ya la tranquila calle que te lleva hasta el antiguo hotel Bendinat. Una vez allí, debes girar a la derecha para emprender la bajada hasta la calita, pero antes de llegar, hay que zizaguear unas cuantas veces entre chalets y hoteles. Una pequeña porción de agua turquesa e imbatibles rocas te esperan en el nacimiento de la rúa.
Hoy al llegar a ese lugar, casi al final del camino, ante un mar siempre esplendoroso y sorprendente, me he detenido con el coche brevemente para recrearme en él. A la izquierda, algo inquietante, ajeno y reciente ha llamado poderosamente mi atención. Una soga de unos tres metros que atada a la rama de un pino caía deshilachada directamente sobre la superficie marina, unos metros por debajo de ella. Un negro pensamiento me alcanzó provocándome un frío temblor. El resto de la ruta terminó con una insana sensación.

viernes, 16 de enero de 2009

El Chino - Henning Mankell

Después , ambas fueron miembros del grupo de izquierda radical conocido como Los Rebeldes y, durante varios meses de actividad febril, vivieron en una secta cuyos pilares eran una autocrítica brutal y el dogmatismo de la confianza en las interpretaciones que Mao Zedong hacía de las teorías de la revolución, Se distinguieron de todas las demas alternativas de izquierda, a las que miraban con desprecio. Destruyeron sus discos de música clásica, limpiaron sus estanterías y llevaron una vida que emulaba la de la guardia roja que Mao había movilizado en China.

Karin le preguntó si recordaba el famoso viaje a Tylösand, adonde fueron a bañarse. Sí, claro que lo recordaba. Habían celebrado una reunión con la célula a la que pertenecían. El camarada Moses Holm, que estudió medicina, aunque perdió la licencia por abuso y prescripción de narcóticos, presentó la propuesta de ''infiltrarse en el nido de serpientes burgués que se pasaba el verano bañándose y tomando el sol en Tylösand''. Tras una larga discusión se aceptó la propuesta y se diseñó una estrategia. Al domingo siguiente, un día de primeros de julio, diecinueve camaradas partieron en autobús en dirección a Halmstad, hacia Tylösand. Encabezado por un retrato de Mao y rodeado de banderas rojas, el grupo inició la marcha hasta la playa, ante el asombro de los veraneantes. Recitando divisas y blandiendo el pequeño libro rojo, se adentraron en el agua con la fotografía de Mao. Después se congregaron en la orilla cantando El este es rojo, condenaron la Suecia fascista en un breve discurso y exhortaron a los trabajadores que tomaban el sol a tomar las armas y prepararse para la revolución que no tardaría en llegar. Finalmente regresaron a casa, donde dedicaron varios días a valorar ''el ataque'' en la playa de Tylösand.
-¿Qué es lo que mejor recuerdas tú? -quiso saber Karin.
- A Moses. Aseguraba que nuestra entrada en Tylösand quedaría escrita en la futura historia de la revolución.
-Yo recuerdo lo fría que estaba el agua. (pág.241)

lunes, 12 de enero de 2009

Vecinas

En actitud recogida y silenciosa, abierta a mil pensamientos miro a la persona que hay delante de mí. Pelo blanco y escaso, peinado de peluquería, deja traslucir una nuca sonrosada y desprotegida. Viste de riguroso gris un abrigo impecable que encaja a la perfección en su menuda figura: se la ve elegante. La muleta, cuidadosamente apoyada en el suelo, incrementa la sensación de fragilidad que pudiera tener de ella. Sin embargo solo un pequeño bolso negro, dejado a un palmo de ella, le acompaña en esta hora funesta. Sigue el rito de la misa y los demás con ella.

Miro a mi madre de reojo, está absorta en la misa; guarda silencio, no cuchichea. A saber qué pensamientos se adueñan de ella. Tal vez esté recordando momentos comunes con la sra. María. Las veces que bajaba, en busca de compañía. Las veces que se quedaba a compartir la comida. Las veces que le encargaba la barra de pan del día. Las veces que en la puerta de la finca a charlar se detenían. O aquella otra vez, en que tras aporrear la puerta, mi madre bajó angustiada y deprisa en busca de Antonia, la otra vecina, que tenía a su vez una llave de la casa de la sra. María. Cuando al subir de nuevo y abrir la puerta el grito en el cielo pusieron ante lo que ellas tenían. "Llamemos a una ambulancia"."Rápidamente, enseguida". Y mientras llega, la abrigan, la sangre le limpian, pues esta en el suelo indefensa, caída. Meses tardó en recuperarse, ya no fue la mísma; aún así, en sus posibilidades, siguió frecuentando a sus dos buenas vecinas. Su casa se le antojaba tremendamente enorme, sepulcralmente vacía.

Se acaba la ceremonia, damos el pésame a su hija y al abrazarla mi madre, serena, a la oreja le explica: "Muchas gracias Vicenta, sé lo qué hiciste por ella y lo mucho que te quería". Apretamos un par de manos, y hacia la salida vamos, en fila india. Oigo el sonido quedo del llanto de mi madre, y mientras la abrazo se justifica diciendome, por si no lo sabía, que la quería mucho, a la sra. María, y eran muchos los recuerdos que de ella tenía. En la propia iglesia Antonia nos alcanza, también viene llorando a lágrima viva: "Es que no era sólo una vecina. Con 92 años y lo bien que se conservaba. ¡Ay que ver! un triste resfriado, y en quince días, se la llevó arriba".

Y mientras volvemos andando a casa en la noche fría, pienso no por última vez en la sra. María y en la gran suerte que tuvo de contar con estas dos buenas vecinas.


sábado, 10 de enero de 2009

Telón para la Navidad

Me enfrento a él con pose concentrada, hay que ir descolgando por orden los accesorios que lo conforman. Empezaremos por las figuritas chinas, esas que ya tienen más de veinte años. Qué buen resultado dieron, compradas en una tienda de las que entonces se llamaban "todo a cien" han dado un resultado estupendo, quien lo hubiera dicho. Después vienen las bolas. Hagamoslo con orden, primero las rojas (las más numerosas) luego las blancas. Y ya por último las cien bombillitas de colores. Esas si que se las traen. Díficiles de colocar, difíciles de quitar. Una tarea que requiere paciencia y algunos resoplidos, porque se enredan entre sí muy fácilmente. Y luego viene lo peor: meterlas en la caja con base de corcho blanco, con las cien muescas correspondientes. Primero las dejo estiradas en el suelo, desenredadas, me siento en una silla y con el primer suspiro coloco en su sitio la primera bombilla, ésta es de color verde. Sigo el recorrido serpenteante de la plantilla colocando luces y apretujando cable retorcido. Ya llevo una cara, ahora toca ir a por la segunda mitad. Requiere una concentración suma dar la vuelta a la plantilla con las cincuenta primeras bombillitas ya colocadas. Contengo el aliento. lo conseguí!!!! Ya estan todas en su sitio, ahora solo falta meterlas en la caja. Es la última prueba y mientras la realizo rezo una plegaria. Esa tristeza que poco a poco me ha ido invadiendo mientras desmontaba el árbol, de pronto ha desaparecido, pues vino L. diciendo que ella se encargaba del Belén y F. asomó con una escoba y una pala para recoger las agujas que del pino habían caido. De pronto estabamos los tres desmontando lo que a finales de diciembre con tanta impaciencia habíamos estado adornando. Telón para la Navidad, mucho más alegre con tres que con uno.