viernes, 18 de septiembre de 2009

Alexander Supertramp: Into The Wild - Hacia rutas salvajes


Película dirigida por Sean Penn e interpretada por Emile Hirsch. Basada en el bestseller del mismo nombre escrito por John Krauer narra la historia de Christopher McCandless.
Christopher McCandless nació en 1968 en Virginia y murió en agosto de 1992 en Alaska. Ya desde su niñez destacó por tener una voluntad férrea, a la que sumó un intenso idealismo y una gran resistencia física. En 1990 se graduó en la Universidad de Emory con la especialidad de Historia y Antropología. Influenciado por Jack London, Leon Tolstói y Henry David Thoreau soñó con abandonar la sociedad por un período de solitaria contemplación que le permitiera buscarse a sí mismo. Así pues tras graduarse donó sus ahorros $24,000 a la caridad y empezó a viajar por el país bajo el seudónimo de Alexander Supertramp. Recorrió Arizona, California y Dakota del Sur. Alternando períodos de soledad con otros de gran contacto con la gente, se dedicó a labores agrícolas de carácter fijo e itinerante. Pasó apuros económicos. Siempre se enorgullecía de sobrevivir con un mínimo de elementos y una preparación bastante básica. Se obsesionó con lo que él llamaba "Odisea de Alaska" que consistía en vivir lejos de la civilización enfrentado a las fuerzas de la naturaleza reflejando su progreso, físico y espiritual, en un diario. En abril de 1992 hizo autostop a Fairbanks, Alaska. Fue visto con vida por última vez en Stampede, Alaska, con un equipamiento compuesto por: un par de botas de caucho, dos latas de atún y una bolsa de maíz. Su diario de vida contienen entradas que cubren un total de 113 días. El 12 de agosto de 1992 están registradas las que serían sus últimas palabras: “he tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos”. El seis de septiembre un grupo de excursionistas encontró su cuerpo en un autobús abandonado. Pesaba apenas 30 kilos y llevaba muerto más de dos semanas. La causa oficial de su muerte fue inanición. El libro que se escribió sobre él reflejaba a un héroe, ésto que supuso que en 2002 el autobús abandonado donde vivió fuera un destino turístico para muchos jóvenes. El "Fenómeno McCandless" había nacido, muchos jóvenes llegan desde entonces hasta Alaska para desafiarse a sí mismos contra el paisaje desierto y de difícil acceso.
Alex Supertramp



http://es.wikipedia.org/wiki/Into_the_Wild
http://es.wikipedia.org/wiki/Christopher_McCandless

domingo, 13 de septiembre de 2009

jueves, 10 de septiembre de 2009

La isla


De unos años a esta parte (diez) me propongo todos los veranos un objetivo: llegar a nado a la isla que se ve en la foto. Para conseguirlo tomo como referencia el llegar con cierta holgura a la línea de boyas (puntitos blancos en la toma), ya que la distancia hasta el islote supone más o menos el doble de esfuerzo.
Éste, sea por la crisis, sea por el chiringuito que han montado en una pequeña explanada situada en un extremo de la playa, el trasiego de yates entre la zona de boyas y la isla se ha cuatriplicado, de tal modo que era ciertamente arriesgado lanzarse a por esa meta nadando entre fuerabordas, llauts y motos acuáticas . En estas circunstancias el sentido de la prudencia no ha dado su visto bueno hasta llegado el mes de septiembre.
Reconozcamos también que este estío, por primera vez, me he impuesto la premisa de realizar esta mini travesía en compañía. Desde que cierta enfermedad se ha cebado en mí, o yo en ella, mi estado físico se ha deteriorado a Kilos vista; así pues, no es difícil oirme resoplar al menor esfuerzo. Al escuchar este sonoro y agónico fuelle aéreo una se dice que habrá que hacer algo para remediarlo, como apuntarse a la piscina municipal este invierno, pero claro, además de apuntarse hay que ir...
Retomando la isla, quiso mi amiga Caterina una espléndida mañana acompañarme en esta travesía y, entre braceos y palabras, poseidonias y "embat", alcanzar por fin esta pequeña meta marítima. Una especie de conquista que supone para mí el íntimo placer de encontrarse con la naturaleza o, pensándolo bien, reconocer mi propia naturaleza.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Enemigos Públicos BSO - Billie's Arrest - Elliot Goldenthal

San Jerónimo, el móvil, la teta y el niño

Después de tomar un café me fui a dar un corto paseo mientras mataba el tiempo de espera que me quedaba. Llegué hasta la plaza de San Jerónimo presidida por una recoleta fuente enfrentada a la fachada principal de la iglesia que da nombre al lugar.

La edificación, del siglo XVII, necesita un buen lavado de cara que deje bien visible el estilo barroco que se esconde tras la degradación ocasionada por el tiempo y la dejadez. La ciudad, que alberga innumerables muestras de arquitecturas reseñables, bien merecería una rigurosa e importante inversión presupuestaria que descubra los tesoros que tenemos y que años de erosión y abandono han ido mermando su antiguo esplendor.

Andaba yo en estas profundas disquisiciones cuando una teta ambulante se cruzó conmigo. Si alguien me hubiera fotografiado en ese momento me habría retratado con la boca caida y los ojos quintuplicados por el asombro que me producía la estampa viva que tenía lugar justo en frente de mí.

Una muchacha joven, andando con mucho desparpajo, llevaba en brazos un bebé de unos pocos meses al que le iba dándo el pecho mientras conversaba tranquilamente por el móvil. Completaba esta imagen un niño de unos tres-cuatro añitos que mantenía su trote atado al cuerpo de la madre por un sutil hilo de inconsciente responsabilidad. Uno se preguntaría cómo la mujer podía atender tantos frentes a la vez: caminar, dar de mamar, hablar por teléfono y vigilar al pequeñín que, en la parte exterior de una acera de menos de un metro de ancho, de la medianamente concurrida y céntrica calle, se acoplaba a su paso.


¿Dónde quedaban aquellos consejos que leía yo primorosamente de buscar un lugar soleado, apacible y tranquilo para amamantar a mi nuevo bebé? En ese sentido, ¿habrán cambiado los consejos de los manuales de entonces para adaptarse a los movilizados tiempos que corren? o es que simplemente como diría nuestro gran Quevedo: ¿"Érase un bebé a una teta pegado"?



lunes, 31 de agosto de 2009

Wilkie Collins - Piedra Lunar

Se produjo una pausa en nuestra conversación... y Gabriel Betteredge se acercó entonces a nosotros desde su retiro junto a la ventana.
-¿Puedo pedirle que me preste atención, señor? -preguntó, dirigiéndose a mí.
-Estoy a su entera disposición -le respondí.
Betteredge cogió entonces su silla y se sentó junto a la mesa. A continuación, sacó su enorme y antigua libreta de cuero y un lápiz semejantes dimensiones. Después de colocarse las lentes, abrió su libreta por una página en blanco y se dirigió una vez más a mí.
-He vivido -me dijo Betteredge mirándome severamente- cerca de cincuenta años al servicio del viejo lord, su padre. Actualmente puedo tener entre los setenta y los ochenta años de edad... no importa exactamente cuántos. Se me reconoce tanta experiencia y conocimiento de la vida como a muchos otros hombres. ¿Y en qué termina todo esto? Termina, señor Ezra Jennings, en un truco de ilusionistas a cargo del señor Franklin Blake y el ayudante de un médico, junto a una botella de láudano y ... ¡ea!, a mi edad, se me concede un cargo importante: ¡el muchacho que tiene que ayudar al mago!
El señor Blake estalló en una carcajada. Yo intenté hablar. Betteredge levantó su mano para indicarnos que no había concluido.
-¡Ni una sola palabra, señor Jennings! -me dijo-. No quiero que me diga usted ni una palabra. Gracias a Dios, aún tengo principios. Si usted ordenase hacer algo que podría haberlo imaginado perfectamente un inquilino del Bedlam,* lo acataría... siempre que la orden partiera de mi señor o mi señora, dependiendo de las circunstancias, y no me importaría mucho. Yo tengo mi propia opinión, la cual, en este caso, coincide con el señor Bruff... ¡del gran señor Bruff! Les ruego recuerden ese detalle -dijo Betteredge elevando la voz y sacudiendo su cabeza ante mí, de manera solemne-. Pero no importa: aparto mi opinión, a pesar de todo. Mi joven señora me dice, por ejemplo, "Haga esto". Y yo le respondo: "Señorita, se hará como usted mande". Aquí estoy, con mi libro y mi lápiz... el lápiz no está tan afilado como yo desearía, pero cuando los cristianos pierden los principios, ¿quién podría esperar que los lápices conservasen las puntas? Ordene usted, señor Jennings. Escribiré sus órdenes en el papel, señor. Pero no estoy dispuesto a responsabilizarme de ellas en absoluto. No soy más que un agente ciego... ¡Un agente ciego! -replicó Betteredge, sintiendo un infinito alivio ante el retrato que acababa de hacer de sí mismo.
-Lamento mucho que no estemos de acuerdo... -comencé a decir.
-¡No me venga con ésas! -interrumpió Betteredge-. No es una cuestión de acuerdos, sino de obediencia. Promulgue usted sus instrucciones, señor... ¡Promulgue usted sus instrucciones!
El señor Blake me hizo una señal para que aprovechara la oportunidad que se me ofrecía. Entonces, yo "promulgué mis instrucciones" tan simple y seriamente como pude.
-Deseo que se reabran ciertas dependencias de la casa -le dije-, y que se amueblen exactamente como estaban amuebladas el año pasado.
Betteredge le dio un preliminar lamido a la imperfecta punta de su lápiz.
-¡Nombre las dependencias, señor Jennings! -dijo altivamente.
-En primer lugar, el vestíbulo interior que conduce a la escalera principal.
-"En primer lugar, el vestíbulo interior" -escribió Betteredge-. Imposible amueblarlo como el año anterior, señor... para comenzar.
-¿Por qué?
-Porque había allí un búho disecado, señor Jennings. Cuando la familia abandonó la casa el año pasado, el búho fue colocado con las demás cosas. y al colocarse con las demás cosas, el búho... reventó.
-Prescindiremos del búho, entonces.
Betteredge tomó nota de la excepción:
-"El vestíbulo interior deberá ser amueblado como el año anterior. Sólo debe excluirse el búho que reventó". Tenga la bondad de continuar, señor Jennings.
-La alfombra deberá colocarse en la escalera tal y como se encontraba entonces.
-"La alfombra deberá colocarse en la escalera tal y como se encontraba entonces". Lamento tener que disgustarle, señor. Pero esto tampoco podrá ser.
-¿Por qué no?
-Porque el hombre que la colocó ha muerto, señor Jennings, y, por más que lo busque, no hay en toda Inglaterra una persona que encaje tan bien los rincones y las esquinas de las alfombras.
-Muy bien. Tendremos que encontrar al mejor que haya en Inglaterra, después de él.
Betteredge volvió a tomar nota y yo continué con mis instrucciones.
-La pequeña sala de la señorita Verinder deberá recolocarse hasta que tenga exactamente el mismo aspecto que tenía el año pasado. También debe hacerse lo mismo en el pasillo que va desde el gabinete hasta el primer rellano, y el segundo pasillo, que va desde el segundo rellano hasta las habitaciones principales. Y otro tanto debe hacerse en el dormitorio que ocupó el señor Franklin Blake durante el mes de junio del año pasado.
El lápiz romo de Betteredge me seguía concienzudamente, palabra por palabra.
-Continúe, señor -me dijo con sardónica gravedad-. Mi lápiz aún puede escribir mucho...
Yo le dije que ya no tenía más instrucciones que darle.
-Señor -me dijo Betteredge-; en ese caso, yo tengo que hacer notar uno o dos detalles.
Abrió su libreta por una nueva página y le aplicó a su inagotable lápiz un nuevo lamido preliminar.
-Quisiera saber -comenzó a decir- si puedo o no lavarme las manos...
-¡Por supuesto que sí! -dijo el señor Blake-. Llamaré al camarero...
-... respecto a ciertas responsabilidades -continuó Betteredge, imperturbablemente dispuesto a no ver en el cuarto a nadie más que a sí mismo y a mí-. Para comenzar, me referiré al gabinete de la señorita Verinder. El año pasado, cuando levantamos la alfombra, señor Jennings, descubrimos allí una sorprendente cantidad de alfileres. ¿Debo hacerme responsable de la operación de volver a colocar los alfileres en su mismo lugar?
-No, desde luego.
Betteredge tomó nota inmediatamente de aquella concesión.
-En cuanto al primer pasillo -añadió-, cuando quitamos los ornamentos de esa parte, sacamos de allí la estatua de un niño desnudo y rollizo... a quien se designaba en el catálogo de la casa con el nombre profano de "Cupido, dios del Amor". El año anterior tenía dos alas en la parte posterior de sus hombros. Pero lo perdí de vista un instante y él perdió una de las alas. ¿Debo hacerme responsable del ala de Cupido?
Yo le hice una nueva concesión y Betteredge volvió a tomar nota.
-En lo que concierne al segundo pasillo -continuó-, como no había nada el año pasado, salvo las puertas de las habitaciones (respecto a las cuales prestaré juramento, si se me exige), estoy muy tranquilo, lo admito. Pero en lo que se refiere a la habitación del señor Franklin (si debe colarse tal y como estaba antes), quiero saber quién deberá responsabilizarse de mantenerla en constante estado de desorden, por más que se arregle constantemente: los pantalones por aquí, las toallas por allí y sus novelas francesas por todas partes... Insisto: ¿quién es responsable de no desordenar el desorden del señor Franklin: él o yo?
El señor Blake declaró que él asumiría con el mayor placer dicha responsabilidad. Betteredge se empeñó en no asumir ninguna solución que se planteara para sus dificultades, a no ser que contara con mi sanción y aprobación. Yo aprobé la proposición del señor Blake y Betteredge registró esta última anotación en su libreta.
-Puede usted visitar la casa cuando lo desee, señor Jennings, a partir de mañana -me dijo, poniéndose de pie-. Me encontrará usted trabajando con las personas que sean necesarias para ayudarme en mi labor. Con el mayor respeto, señor, le ruego que me permita haber pasado por alto el asunto del búho disecado y el del ala de Cupido... y también por haberme permitido lavarme las manos respecto de ciertas responsabilidades, como los alfileres de la alfombra y el desorden del cuarto del señor Franklin. En mi condición de criado, reconozco que le debo a usted estos favores. En mi condición de hombre, considero que tiene usted la cabeza agusanada, y quiero dejar constancia de mi oposición a su experimento, que considero una locura y una trampa. ¡No tema usted, sin embargo, que mis sentimientos de hombre se impongan sobre los deberes del criado! Será usted obedecido, señor... a pesar de los gusanos que tiene usted en la cabeza, será usted obedecido. Y si todo esto concluye con el incendio de la casa, no seré yo quien vaya a buscar a los malditos bomberos, ¡a menos que usted me haga llamar haciendo sonar la campanilla y me lo ordene expresamente!
Con esta afirmación de despedida, me hizo una reverencia y abandonó la habitación.
-¿Cree usted que podemos confiar en él? -le pregunté al señor Blake.
-Por supuesto -me respondió-. Cuando vayamos a la casa, verá usted que no se ha descuidado nada ni se ha olvidado nada. (Págs. 562-567)

Pablo Neruda - Veinte poemas de amor y una canción desesperada

Poema 04: Es la mañana llena de tempestad...

Es la mañana llena de tempestad
en el corazón del verano.


Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes,
el viento las sacude con sus viajeras manos.


Innumerable corazón del viento
latiendo sobre nuestro silencio enamorado.


Zumbando entre los árboles, orquestal y divino,
como una lengua llena de guerras y de cantos.


Viento que lleva en rápido robo la hojarasca
y desvía las flechas latientes de los pájaros.


Viento que la derriba en ola sin espuma
y sustancia sin peso, y fuegos inclinado.


Se rompe y se sumerge su volumen de besos
combatido en la puerta del viento del verano.


viernes, 28 de agosto de 2009

Encuentros en la arena

De unos años a esta parte mi amiga Joana Mª y yo nos reunimos varias veces a lo largo del verano. Como somos afortunadas y las dos vivimos en zonas costeras nos turnamos en nuestros encuentros playeros. Hoy me tocó visitarla en sus dominios y a las diez y media, puntual como un clavo, llegaba en coche hasta el aparcamiento donde siempre me espera. Esta vez el encuentro se había demorado un par de semanas más de la cuenta. Su sonrísa amplía y el afectuoso movimiento de brazos reflejaban mi propia alegría. Sombrerito de tela blanco, vestidillo playero blanco y negro y zapatillas de loneta blanca. Ella siempre vestida con elegante sencillez. Nos abrazamos, nos saludamos apresuradamente y recogemos las sillas plegables que siempre le acompañan, una para sí, la otra para la acompañante. Ya listas emprendemos en mi coche la bajada hasta la playa; son unos pocos metros, pero no queremos perder ni un instante del chapuzón compartido. Es una hora temprana para los bañistas de la zona y podemos escoger libremente el asentamiento eventual. Colocamos sillas, sacamos toallas y resguardamos bolsas, mientras nuestra voraz conversación nos va llevando revoloteando de un tema a otro con ansia de ganar tiempo al tiempo. Todo este ajetreo nos hace entrar en calor, más del que de por sí hace, y nos lanzamos al agua con un reposado braceo que nos conduce hasta los límites que las boyas amarillas ponen a los yates allí anclados. La mar está perfecta. Las yemas arrugadas de los dedos nos fijan el tiempo en remojo y acordamos salir en busca, ahora sí, de un sol deseado. Esta vez sí nos esmeramos en el estilo, un poco de braza, un poco de croll y rematamos con algo de espalda; y es que somos sirenas por naturaleza. Ya en la arena, llegadas a nuestras sillas, nos secamos solo la cara al tiempo que un dialogar ininterrumpido, pero ordenado, nos pone al día de nuestras vidas. Y es que una de las cualidades de mi amiga Joana Mª es la discreción de sus palabras, por lo que nunca van nuestras conversaciones de caracter personal más allá de nuestras respectivas familias, o dicho de otra manera, no somos cotillas. Hablamos, como no, de política; hoy fui un poco mala y critiqué lo que en la fotografía parecen dos poderosas razones de silicona de nuestra sexagenaria ministra, con un pie de foto que rezaba entre otras cosas "la arruga es bella" y es que arrugada si está la pobre; el bikini que lleva y poco tapa por sí solo habla. Cosas veredes amigo Sancho. Al poco rato ya nos sentimos un poco quemadas, no por la ministra, si no por Lorenzo que cae de lleno a las doce de la mañana. De común acuerdo y ,como siempre, rematamos el baño con un martini fresquito en una terraza, en mi caso un zumo de rica naranja. Ella paga y allá a la una, cuando la hora manda, nos despedimos con la esperanza de volvernos a encontrar esta próxima semana.

La Soledad de los Números Primos - Paolo Giordano

Fueron los otros quienes primero supieron lo que A. y M. no comprenderían hasta muchos años más tarde. Entraron en el salón cogidos de la mano, sin sonreír, sin mirarse ni mirar al mismo sitio, pero era como si sus cuerpos fluyeran uno en el otro a través del contacto de las manos.
El fuerte contraste que hacía el cabello claro de A., que rodeaba su cara de tez muy pálida, y el pelo moreno de M., que le caía revuelto por la frente y le cubría los ojos negros, desaparecía por obra de aquella corriente sutil que los unía. Entre ellos había un espacio compartido de confines imprecisos en el que nada parecía faltar, en el que flotaba un aire puro y sereno.
A. iba un paso por delante y tiraba débilmente de M., lo que equilibraba su paso y corregía las imperfecciones de su pierna lisiada. Él se dejaba llevar; sus pies no resonaban en el suelo, sus cicatrices quedaban ocultas y seguras dentro de la mano de ella.
Se detuvieron en el umbral de la cocina, a cierta distancia del grupo que formaban las chicas y D.; daban la impresión de no saber dónde estaban, tenían un aire ausente, como si llegaran de un lugar lejano que sólo ellos conocieran. (Pág. 93)

Home / Sandrine Piau - Cum dederit - Vivaldi


"Home" Original Motion Picture Soundtrack

Nisi Dominus in G Minor, RV 608: IV. Cum Dederit, Vivaldi

sábado, 15 de agosto de 2009

Los Caracoles no Saben que son Caracoles - Nuria Roca



Últimamente me he aficionado a la comida japonesa. Me da la sensación de ser ligera y creo que no engorda mucho. Además, he aprendido a manejar los palillos con cierta soltura, que para comer en un restaurante japonés es imprescindible. No pasa como en los chinos, donde el noventa por ciento de los clientes come con cuchillo y tenedor. Si eso lo haces en un japonés la gente te mira como si hubieras llegado del pueblo. Es una cuestión de imagen y cenar en un japonés tiene mucho más glamour que hacerlo en un chino por muy bueno que sea el arroz tres delicias, que lo está. Este nuevo que han abierto en el centro es muy bonito y lo suficientemente grande para que las mesas estén demasiado pegadas.
Miguel es un experto en comida japonesa, sabe el nombre de los platos y de algunos conoce hasta la traducción al castellano. Sobre ese tema va la primera parte de nuestra conversación durante la cena. Miguel está loco por mí y yo lo voy a aprovechar. Cada mañana tomando nuestro café con máquina, Miguel ha intentado seducirme y conquistarme. No se ha puesto demasiado pesado, ha bromeado con soltura cada vez que le he dicho que no íbamos a quedar y todas las mañanas me ha dicho que cada día estaba más guapa. Hace un par de semanas le dije que no me terminaba de gustar que los hombres llevaran joayas y al dçia siguiente ya no llevaba puesto el cordón de oro que siempre colgaba de su cuello. Me parece que son motivos suficientes como para aceptar por lo menos una invitación a cenar. (Págs. 109-110)

Trepitjant Ciutat

viernes, 14 de agosto de 2009

domingo, 9 de agosto de 2009

El Frío Modifica la Trayectoria de los Peces - Pierre Szalowski


Por la noche, en mi habitación, después de echar a Aqua de mi ordenador, esperé a que dejara de aullar delante de mi puerta para terminar de escribir mi historia.
A medida que crecemos, entendemos mejor los caminos interiores de nuestra infancia, que a veces se convierten en extraños viajes. Conseguimos analizarlos, definir las causas, los motivos o los destinos finales. Sobre todo, en los recuerdos, logramos separar la parte de verdad de la irreal.(Pág.209)

domingo, 2 de agosto de 2009

Soledad Puértolas - Historia de un abrigo

Lo que más le gusta de los paseos es el momento de la pausa. Entra en un bar, se toma un café o una cerveza, según la hora que sea, escucha las conversaciones que se desarrollan a su alrededor y esperaa a que se porduzca el milagro, a ser invadida por un fugaz pero intenso sentimiento de integración, algo que le haga sentir que poder descifrar los enigmas de la vida no es tan importante, que pueden dejarse ahí, envueltos en su halo de misterio. No siempre ocurre. Depende de cosas que escapan a su control, detalles pequeñísimos, la amabilidad del camarero, por ejemplo.
Vagamente se pregunta cómo es en el fondo la gente que anda por la calle y si habrá alguien por ahí con quien poder hablar y entenderse, pero no es fácil adivinar la vida de los otros sólo por el aspecto. Ella misma, vista de lejos, es una mujer vestida con ropa cómoda -además de ir calzada con zapatillas deportivas, lleva pantalones anchos, y un chaleco de plumas-, que anda a paso rápido por la calle. Esto es lo único que la gente puede saber de ella. Las vidas de las personas no se conocen, no se abarcan con un golpe de vista. Indagar puede ser doloroso, puede decepcionar. Pero, si no se indaga, ¿no vivimos demasiado lejos de la vida? Nadar y andar, ésta es la doctrina que imparte el médico, un sistema de protección. Luego está la ley de la gravedad, ¿una clase de protección, también, pero más esencial? Eso es lo que hay que conseguir: estar anclada a la vida de forma natural, sin hacerse tantas preguntas sobre los otros, sobre los enigmas, sobre el vacío. Hay que andar, hay que respirar hasta el fondo de los pulmones el aire del inivierno, esté contaminado o no, hay que fijarse en las copas de los árboles, en su desnudez transitoria, una desnudez que se remediará dentro de unos meses, hay que mirar las fachadas de las casas doradas por el sol que va cayendo. Hay que andar y sentir el peso del cuerpo sobre el asfalto, y no pensar, sino sentirlo todo. (pág. 225/226)