jueves, 29 de noviembre de 2007

Vida de Pi - Yann Martel

CAPÍTULO 37

El buque se hundió. Hizo una especie de eructo gigantesco y metálico. Algunos objetos flotaron hasta la superficie y volvieron a desvanecerse. Todo aullaba: el mar, el viento, mi corazón. Desde el bote salvavidas vi algo en el agua.
Chillé:
- Richard Parker, ¿eres tú? No veo nada. ¡Por favor, que pare de llover de una vez! ¿Richard Parker? ¿Richard Parker? ¡Sí, eres tú!
Solamente le veía la cabeza. Estaba luchando para mantenerse a flote.
- ¡Jesús, María, Mahoma y Vishnu! ¡Cuánto me alegro de verte, Richard Parker! No te rindas ahora, por favor. Ven al bote salvavidas. ¿Oyes este pito? ¡Priiiiiiiii! ¡Priiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiiiiii! Sí, lo has oído. ¡Sigue nadando! ¡Sigue nadando!Sé que sabes nadar bien. Venga, que sólo te quedan treinta metros.
Me había visto. Estaba aterrorizado. Empezó a nadar hacia mí. El agua bullía a su alrededor. Parecía pequeño e indefenso.
- Richard Parker, ¿cómo nos puede estar pasando esto? Dime que es una pesadilla. Dime que no es verdad. Dime que estoy dormido en mi litera en el Tsimtsum, que estoy dando vueltas y que ahora me despertaré. Dime que sigo siendo feliz. Mamá, mi dulce y sabia ángel de la guarda, ¿dónde estás? ¿Y tú, papá, mi querido don angustias? ¿Y tú, Ravi, héroe deslumbrante de mi infancia? ¡Vishnu me ampare, Alá me proteja, Jesús me salve! ¡No puedo más! ¡Priiiiiiiiiiii!¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiiiii!
No tenía ni un rasguño en todo el cuerpo, pero jamás había experimentado un dolor tan intenso. Tenía los nervios desgarrados y el corazón malherido.
No iba a llegar. Iba a ahogarse. Apenas avanzaba y sus brazadas eran débiles. La nariz y la boca se le estaban hundiendo, pero no me quitaba los ojos de encima.
- ¿Qué haces Richard Parker? ¿No amas la vida? ¡Pues sigue nadando! ¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiii! ¡Patalea fuerte! ¡Más fuerte!
Se movió en el agua e hizo ademán de nadar.
¿Y qué ha sido del resto de mi familia, las aves, las bestias y los reptiles? Han muerto ahogados también. Me han arrebatado todo lo que quería en esta vida. ¿Y no me merezco una explicación? ¿Tengo que sufrir este infierno sin una justificación del cielo? En ese caso, ¿de qué nos sirve la razón, Richard Parker? ¿Sólo para que destaquemos por nuestras habilidades prácticas: obetener comida, vestimenta y cobijo? ¿Por qué la razón no nos proporciona respuestas más satisfactorias? ¿Por qué somos capaces de echar una pregunta más lejos de lo que somos capaces de recoger una respuesta? ¿Por qué es tan enorme la red si hay tan pocos peces por pescar?
Apenas podía mantener la cabeza en la superfície del agua. Estaba mirando hacia arriba, contemplando el cielo por última vez. En el bote había un aro salvavidas atado con una cuerda. Lo cogí y lo levanté encima de la cabeza.
- ¿Ves este salvavidas, Richard Parker? ¿Lo ves? ¡Agárralo! ¡Umpf! Voy a probar otra vez. ¡Umpf!
Estaba demasiado lejos. Pero el hecho de ver un salvavidas volando hacia él le dió nuevas esperanzas. Se reanimó y empezó a batir el agua con brazadas enérgicas y desesperadas.
- ¡Así, así! Un, dos. Un, dos. Un, dos. Respira cuanto puedas. Vigila las olas. ¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiii!
Tenía el corazón helado. Estaba enfermo de aflición. Pero no había tiempo para pensar en mi estado de shock congelado. Era un shock frenético. Conservaba algo en mí que no quería renunciar a la vida, que no estaba dispuesto a rendirse, que quería luchar hasta el final. De dónde sacó fuerzas ese algo, no lo sé.
- ¿No te parece irónico Richard Parker? Estamos en el infierno y, sin embargo, tememos la inmortalidad. ¡Mira qué poco falta! ¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiii! ¡Priiiiiiiiii! ¡Por fín! ¡Por fín! Has llegado, Richard Parker, ya has llegado. Agárrate al salvavidas. ¡Umpf!
Le tiré el salvavidas con todas mis fuerzas. Cayó justo delante de él en el agua. Con las pocas energías que le quedaban se lanzó hacia él y lo agarró.
- Aguanta. Voy a tirar de la cuerda para acercarte, ¿vale? No te sueltes. Tú tira con los ojos y yo tiraré con las manos. En pocos segundos estarás a salvo y estaremos juntos. Un momento. ¿Juntos? ¿Que estaremos juntos? ¿Me habré vuelto loco?
De repente me di cuenta de lo que estaba haciendo. Tiré de la cuerda con fuerza.
- ¡Suelta el salvavidas, Richard Parker! ¡Maldito sea! ¡He dicho que sueltes! No te quiero aquí conmigo, ¿entiendes? Vete a otro sitio. Quiero estar solo. Vete. ¡Ahógate! ¡Ahógate!
Estaba pateando con furia. Cogí un remo. Intenté darle un empujón para que se alejara de mí. No lo alcancé y el remo se cayó al agua.
Cogí otro remo. Lo inserté en el tolete y remé como pude para alejar el bote salvavidas de Richard Parker. Lo único que conseguí fue girarlo un poco y acercar uno de los extremos al aro salvavidas.
¡Claro! ¡Tenía que darle un golpe en la cabeza! Levanté el remo.
Se me adelantó. Alcanzó el bote y subió a bordo.
-¡Dios mío!
Ravi tenía razón. Iba a ser la próxima cabra. En mi bote salvavidas acababa de meterse nada menos que un tigre de Bengala de tres años de edad, completamente empapado, tembloroso, medio ahogado y con un acceso de tos compulsiva. Richard Parker se puso encima de la lona, las patas trémulas. Me miró con ojos centelleantes, las orejas aplastadas contra la cabeza, con todas sus armas a punto. La cabeza era del mismo tamaño y color que el salvavidas, excepto que tenía dientes.
Me giré, salté por encima de la cebra y me tiré al agua.

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